Había una vez una zorra astuta que tenía mucha hambre, así que salió de su escondite y se fue en busca de algo para comer. Correteaba por un campo recién arado, olfateando para ver si encontraba algún ratón. De pronto vio a un erizo sentado junto a un nido de ratones, saboreando felizmente una comida deliciosa.
La zorra se enfadó: «¡Eso no es comida para una criatura tan pinchuda como tú! ¡Será mío!», exclamó, le quitó el ratón y se lo comió ella misma. El erizo estaba fuera de sí de rabia: «¡Espero que te atragantes, ladrona!» Pero la zorra solo se reía.

Luego empezó a burlarse de él: «¿Para qué tienes esas púas?» El erizo le respondió tranquilamente que eran su defensa contra los enemigos. La zorra se rió: «Yo no necesito nada de eso. Soy lista, perspicaz, astuta, ingeniosa y lo resuelvo todo.» En resumen, la naturaleza me ha dotado de dones maravillosos.»
Apenas terminó de decir esto, se oyó un aullido y de los arbustos salieron corriendo dos perros. El erizo enseguida se hizo una bola, pero la zorra tuvo que huir. Los perros olfatearon al erizo, pero pronto se cansaron, pues se pincharon con sus púas. Corrieron tras la zorra, que trataba de escapar con todo tipo de artimañas. Pero fue en vano: los perros finalmente la atraparon y la llevaron de vuelta a su señor.
Así, la zorra comprendió que a veces ni la astucia es suficiente y que unos medios humildes y una defensa sencilla pueden ser más fuertes que todos los engaños. Presumir ante el erizo acabó volviéndose en su contra. Y el pequeño erizo siguió caminando tranquilamente por el campo, esperando ver pasar otro ratoncito.