Había una vez una abuela y un abuelito que tenían a su Budulínek. Desde la primavera hasta el otoño, cada día la abuela y el abuelito se iban a trabajar al campo o al bosque y dejaban a Budulínek solo en casa. Pero siempre le insistían en que debía ser obediente y no abrir la puerta a nadie.
Un día, la abuela y el abuelo volvieron a salir a trabajar en sus tierras. Al despedirse, la abuela le dijo aún a Budulínek: «Te he preparado guisantes para hoy, sé que son lo que más te gusta.» Pórtate bien, no abras a nadie y enseguida volveremos con el abuelo.»
Budulínek asintió a todo, y cuando la puerta se cerró tras la abuela, fue a jugar. Pronto le entró hambre y fue a comer los guisantes que le había preparado la abuela. En cuanto empezó, apareció tras la ventana una cabeza de zorra pelirroja. La Zorra enseguida dijo: «Budulín, dame unos guisantes y te llevaré en mi cola.»

Pero Budulín no quería compartir y, además, no podía abrirle a nadie. Pero la Zorra gimoteaba y suplicaba, llamaba a la puerta, hasta que logró convencer a Budulín. Ya se había hartado de los guisantes, así que fue despacio hacia la puerta y pensó en abrirla. La astuta Zorra notó su oportunidad y volvió a prometer dulcemente: «Venga, Budulín, dame unos guisantes, que te llevaré en mi cola.» Viajaremos por el banco, viajaremos por la sala.
Y Budulínek abrió la puerta y dejó entrar a la zorra. Aquí tienes este guisante, cómetelo», le ofreció. La zorra se comió el guisante en un abrir y cerrar de ojos, sentó a Budulínek en su cola y corrió con él por el banco, corrió con él por la sala, y luego salió a la carretera. De la carretera al prado, del prado al bosque y zas, a la madriguera de la zorra. Y allí se quedó Budulínek, atrapado con ella.
Cuando la abuela y el abuelo regresaron a casa, encontraron la puerta abierta de par en par, pero no pudieron encontrar a Budulínek por ningún lado. La abuela sollozaba y sollozaba. El abuelito primero le dio un pañuelo y luego el tambor. —No llores, abuela, y toma este tambor. Yo cogeré el violín y vamos a buscar a Budulínek —dijo el abuelito, que también se llevó el saco, y se pusieron en camino.
Lo buscaron durante mucho tiempo, hasta que la búsqueda los llevó al bosque. Mientras caminaban cerca de la madriguera de los zorros, les pareció oír a Budulínek, que lloraba dentro. Enseguida ambos supieron qué hacer. La abuela comenzó a tocar el tambor y el abuelito el violín, y ambos cantaban: «En casa tenemos un violín y un bonito tambor, en la madriguera hay tres zorritas y nuestro Budulínek.»
La vieja zorra dormitaba después de comer y aquel alboroto la despertó. Toda disgustada se despertó y mandó afuera a la zorra joven: «Ve y dile a esos músicos que dejen de tocar en seguida, que quiero dormir.»
En cuanto la joven zorra asomó el hocico fuera de la madriguera, el abuelito la atrapó y la metió en un saco. Y empezaron de nuevo a tocar con la abuelita y a cantar: «En casa tenemos un violín y un bonito tambor, en la madriguera hay dos zorritas y nuestro Budulínek.»
«¡Pero esto no puede ser verdad, no van a dejar de molestar!», se enfadó aún más la vieja zorra. Luego envió a su segunda joven zorra con un mensaje: «Diles a esos músicos que, por favor, vayan a tocar a otro sitio, para que yo también pueda dormir al fin».
La segunda joven zorra asomó la cabeza fuera de la madriguera y quiso transmitir el mensaje, pero el abuelito no tardó, la agarró y rápidamente la metió en el saco.
Y la abuelita y él siguieron tocando y cantando: «En casa tenemos un violín y un bonito tambor, en la madriguera hay una zorrita y nuestro Budulínek».
«¿Así que hoy tampoco voy a dormir?» se enfadó la zorra y, muy molesta, salió corriendo. Quiso regañar a esos supuestos músicos por molestarle el sueño, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, el abuelito ya la había atrapado y la metió en el saco junto con las otras dos zorras.
El abuelito ató el saco con las tres zorras dentro y luego les sacudió bien los pellejos con una gran rama, para que no lo olvidaran. Solo entonces abrió el saco y dejó salir a las zorras. Salieron corriendo como si los pellejos apaleados les ardieran.
Y ya solo quedaba sacar a Budulínka de la madriguera. Budulínka abrazaba a la abuela y al abuelo mientras prometía: «Por mi alma, nunca más me dejaré engañar por las dulces palabras de ninguna zorra traicionera». Por favor, no os enfadéis conmigo y perdonadme». La abuela y el abuelo estaban tan felices de haberle encontrado, que le perdonaron enseguida. Además, se dieron cuenta de que esta vez podían creerle.
Y desde entonces, la abuela, el abuelito y Budulínek vivieron felices en su casita, y ninguna zorra pelirroja volvió jamás a acercarse a su hogar. De hecho, por toda la comarca se corrió la voz de cómo el abuelito habría sabido arreglárselas con ellas.