
Cuentos para dormir
La expedición hacia un jardín más verde
En un jardín trabajaba un jardinero muy cuidadoso: regaba todos los bancales cada día, quitaba las malas hierbas y, mirases donde mirases, la hierba estaba verde y había flores de colores. Y aun así, las verduras empezaron a estar descontentas.
—Me parece que en otro jardín estaríamos mejor —dijo un día la zanahoria—. Aquí no estoy a gusto.
—A mí tampoco me gusta —dijo el apio—. Ese jardinero nos riega con el agua demasiado fría. Se me pone la piel de gallina. Y el puerro ha estado estornudando antes. Seguro que se ha resfriado.
—Os digo que con otro jardinero estaríamos mejor —insistía la zanahoria.
—¡Uy, sí! —dijeron las manzanas del manzano que crecía junto al bancal—. A nosotras este jardinero no nos gusta. Tiene demasiada barba.
—Y a mí me gustaría un jardinero que me regara con una regadera roja y no con esta verde tan sosa —añadió el apio.
Así que las verduras y las manzanas se pusieron en marcha: se arrancaron del bancal y salieron dando saltos del jardín.
La zanahoria iba saltando delante, buscando un jardín más verde y un jardinero más guapo y más cuidadoso. Y así llegó, salto a salto, a la casita donde vivía la vieja Abuelita. Tenía un huerto chiquitito, como la palma de la mano, pero precioso y muy bien cuidado.
—Aquí estaremos bien —dijo la zanahoria, y se plantó en la tierra junto a la casita.
Las demás verduras hicieron lo mismo. Pero las manzanas solo podían rodar, y su árbol no se lo podían llevar. Así que rodaron hasta la sombra, donde la hierba era más blandita.
—¡Qué bien me está creciendo todo! —decía Abuelita muy contenta. Cogió la regadera roja, que había estado todo el día al sol, y se puso a regar.
—¡Esto sí que es una gozada! —dijo el puerro—. Por fin, agua calentita.
—¡Y el color de la regadera es una preciosidad! —añadió el apio.
—Aquí la hierba es más verde, las flores huelen mejor y Abuelita es muy buena con nosotros —concluyó la zanahoria, y echó raíces muy a gusto.
Cuando cayó la noche, la zanahoria oyó algo que no le gustó nada.
—Me apetece manzana con zanahoria rallada —pensaba Abuelita mientras rebuscaba en el armario—. ¿Dónde habré puesto el rallador, el que corta tan bien?
La zanahoria se asustó.
—¡Socorro! ¡Nos quiere rallar! —gritó la zanahoria. Saltó del huerto y echó a correr. Las demás verduras fueron detrás, y las manzanas detrás de ellas.
La zanahoria siguió saltando en busca de un huerto más verde y más bonito que los dos de antes.
—Este parece bonito —dijo la zanahoria, y se metió de un salto en un bancal grande y mullido. Pero ¿qué pasa aquí?
—¡Ay, ay, ay! ¿Qué me está pinchando las raíces? —se extrañó la zanahoria.
De la tierra asomó una patata que movía sus ojillos.
—¿Qué haces metiéndote en mi cama? —refunfuñó con la boca llena de tierra.
—Es que quería vivir aquí. La hierba es más verde que en mi jardín, la tierra más blandita, el agua más limpia y seguro que tu jardinero también es muy amable.
—¿Jardinero? —se extrañó la patata—. Estás en un campo, zanahoria boba. Aquí solo pasa el tractor con los agricultores.
La zanahoria y las demás verduras se asustaron. ¡Solo faltaba que las aplastara un tractor! La zanahoria salió de la tierra de un salto y echó a correr, y las demás verduras detrás. Las manzanas, en cambio, rodaron cuesta abajo y fueron a parar justo al cercado de los caballos. Los caballitos vieron aquellas manzanas tan buenas y se las comieron enseguida con muchas ganas. Ñam, estaban riquísimas, aunque un poco magulladas.
La zanahoria siguió saltando hasta que encontró otro bancal. Allí se enterró, y el puerro y el apio hicieron lo mismo. Todo era bonito, la hierba estaba verde y ¡cuántos jardineros pequeñitos correteaban por allí con sus regaderas de colores!
—Niños, es hora de poner la comida al fuego. ¿Quién sabe qué verduras vamos a echar a la sopa? —preguntó la jardinera mayor. Y los pequeños jardineros fueron derechitos a por la zanahoria, el apio y el puerro.
Antes de que las verduras pudieran reaccionar, ya estaban bañándose en la olla.
—Ojalá nos hubiéramos quedado en nuestro jardín —refunfuñó la zanahoria—. ¿De quién fue la idea de escaparnos?
—Tuya —respondió el apio—. No te gustaba el jardinero.
—¿Ah, sí? ¿Y a quién no le gustaba el color de la regadera? —le recordó la zanahoria.
—Eso fue el puerro, que no aguantaba el agua fría —se defendió el apio.
La zanahoria y el apio miraron al puerro, que estaba tumbado tan a gusto en el agua de la olla.
—Esta agua me encanta, está calentita —decía muy satisfecho.
—Ay, qué tonto es —dijo la zanahoria—. ¿Por qué no nos dimos cuenta antes de lo bien que estábamos? En vez de eso, nos fuimos a buscar un huerto más bonito y mejor, cuando en realidad ya lo teníamos.
—Calla ya y ablándate —le dijo el puerro a la zanahoria—. Los niños nos están esperando y tienen mucha hambre.
Cuando la sopa estuvo lista, los pequeños jardineros se la comieron con muchas ganas. Por la tarde salieron al huerto a sembrar más verduras ricas. Si las cuidan bien, crecerán y podrán volver a preparar una comida riquísima. Ojalá sus zanahorias sean más sensatas y no se escapen del bancal.
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