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Las lucecitas mágicas del bosque
En medio de un bosque muy espeso había un estanque pequeñito. A su lado se alzaba una roca cubierta de helechos tupidos. Y detrás de esos helechos se escondía un secreto enorme.
Bastaría con apartar los helechos con suavidad para ver algo maravilloso. Mariposas de colores nos revolotearían alrededor de la cabeza, flores perfumadas se inclinarían hacia nosotros y unas plantitas trepadoras nos abrazarían despacito y nos llevarían hasta la entrada secreta de una cueva mágica. ¿Quién vivía allí? En aquel escondite vivían las lucecitas del bosque, a las que algunos llaman fuegos fatuos. Eran cinco hermanitas. Vivían juntas y se querían muchísimo. Se trataban con cariño y se ayudaban en todo. Tenían su cueva secreta bien escondida. No querían que ninguna persona la descubriera.
Tenían un trabajo y procuraban hacerlo lo mejor posible. ¿Y qué hacían estas lucecitas? Como tenían poderes mágicos, sabían distinguir a las personas buenas de las malas. A las buenas las ayudaban, pero a las malas las llevaban a lo más profundo del bosque y las dejaban allí dando vueltas perdidas, para que no hicieran daño a nadie nunca más.
Un día pasó junto a su cueva un muchacho. Se llamaba Jaime. Estaba muy triste y tenía muchísima rabia. Por eso rompía todo lo que encontraba a su paso. Daba patadas a las setas, partía las ramas de los arbolitos, tiraba piedras a las ardillas y escupía chicles al suelo. Cuando las lucecitas lo vieron, supieron enseguida que tenían trabajo.
Levantaron el viento, hicieron mover los árboles y empezaron a bailar alrededor de Jaime. Poco a poco lo fueron llevando cada vez más hondo en el bosque. Querían que se perdiera y que aprendiera la lección por cómo había tratado al bosque. Pero una de las lucecitas tenía un don especial. Podía ver hasta el fondo del corazón. Sabía descubrir hasta el último trocito de bondad que le quedara a una persona. Y en Jaime lo encontró. Sabía que se había portado mal, pero su magia le decía que podía cambiar.
Jaime empezaba a tener miedo. Sabía por qué se lo llevaban las lucecitas y temía no poder salir nunca del bosque. Se armó de valor. Con las pocas fuerzas que le quedaban y de todo corazón, les suplicó: —Por favor, no lo volveré a hacer nunca, no soy una mala persona. Lo siento muchísimo y lo arreglaré todo. Hoy mismo recogeré toda la basura del bosque y repararé todo lo que pueda. —Mientras daba vueltas en el corro de las lucecitas pidiéndoles perdón, miró a la más mágica de todas. La lucecita lo miró a los ojos: —Jaime, mírame a los ojos y no apartes la mirada. Quiero ver si tus palabras te salen del corazón y si no me estás mintiendo. —Se quedó mirándolo y le creyó.
Convenció a sus hermanitas para darle otra oportunidad. Jaime prometió que iría al bosque todos los días a ayudar a los animalitos y a las plantas. Y lo que prometió, lo cumplió. Estaba contento de que las lucecitas hubieran encontrado en él un poquito de bondad y le hubieran dado una segunda oportunidad.
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