
Cuentos para dormir
Cómo es un dinosaurio de verdad
¿Sabéis qué es un reyezuelo? No es un rey pequeñito de cuento, sino un pajarito. Un pajarito normal y corriente, tan pequeño y discreto que es fácil no verlo cuando va saltando por los árboles. El reyezuelo es de color gris verdoso y lo único que lo distingue es un puñadito de plumas amarillas en lo alto de la cabeza. ¡Pero que no os engañe! Aunque es chiquitín, es un pajarito valiente de verdad. En verano y en invierno picotea las semillas de las piñas de los pinos o rebusca en cualquier rincón para encontrar insectos.
Un pajarito tan pequeño, claro, tiene que andar siempre con cuidado. Para los animalitos pequeños, el bosque es un lugar peligroso, donde a cada paso acechan los cazadores. Grandes y no tan grandes, como las martas. Y el reyezuelo de este cuento les tenía un poco de miedo a las martas. No solo porque se relamían pensando en él, sino porque, como era tan pequeño, se burlaban de él sin piedad cada vez que lo veían. Quizá le habría dolido, pero por suerte tenía tanto trabajo que ni caso les hacía a aquellas bobas peludas.
Pero todo eso iba a cambiar, y todo por culpa de la casa del guarda, en el borde del bosque. Una tarde, las martas andaban husmeando por el alféizar de su ventana, buscando algo de comer. Dentro, un niño pequeño, el hijo del guarda, estaba viendo en la tele un programa sobre dinosaurios. Las martas son curiosísimas, así que no pudieron resistirse y se pusieron a mirar también.
Al ratito, una marta miró a la otra y las dos se estremecieron. ¡Menos mal que en el bosque ya no quedan dinosaurios! Las martas serán muy listas, pero contra ellos no tendrían nada que hacer. Los dinosaurios eran enormes y temibles, y todos los mamíferos, también los tatarabuelos de las martas, les tenían muchísimo miedo.
Pero ¿qué era aquello? De la tele salió algo que dejó a las martas paralizadas de miedo. ¿Que los dinosaurios no se extinguieron del todo? Eso mismo dijo el presentador, y al momento las martas tuvieron también la explicación. Aquellos lagartos gigantes, el terror de los mamíferos, se habían hecho un poco más pequeños y se habían cubierto de plumas, ¡pero sus descendientes siguen entre nosotros! Son los pájaros que vemos cada día volando sobre nuestras cabezas.
Ay, ay, ay, qué rato tan duro pasaron las martas. Duro, pero muy instructivo.
Al día siguiente, las martas no se rieron del reyezuelo chiquitín. No tenían ninguna gana de reírse cuando el pajarito se posó en la rama de al lado y las miró como quien no quiere la cosa. No se les pasó por la cabeza comérselo, ni de lejos. A decir verdad, lo único que se les pasó por la cabeza fue salir corriendo lo más rápido y lo más lejos posible. Y mientras corrían, miraban atrás a cada momento, por si las perseguía aquel dinosaurio terrible.
Desde entonces, el reyezuelo vuela tranquilo por el bosque y se ocupa de sus cosas sin miedo. Las martas no se guardaron para ellas lo que habían aprendido, porque son casi tan charlatanas como curiosas. Y cuando la noticia de que por allí vivía un dinosaurio de verdad corrió por todas partes, ya nadie se atrevió a meterse con el reyezuelo trabajador.
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