
Cuentos para dormir
La bella hechicera Helga
Más allá de montes y valles había una casita de madera, pequeña y vieja, donde vivía la hechicera Helga. Era guapísima: tenía el pelo espeso y negro como las plumas de un cuervo y los ojos azules como el cielo más claro.
Con sus hierbas ayudaba a todos los animalitos del bosque. Vivía sola en su casita, en medio de un pinar, y solo le hacía compañía su gatita negra, Felicia.
Cada vez que la hechicera Helga iba al pueblo de al lado, con su gata en el hombro, a comprar comida o hierbas en el mercado, la gente temblaba de miedo. Era muy guapa, sí, pero a todos les daban mucho miedo su belleza y su magia. Porque se decía que, precisamente por ser tan guapa, había hechizado a su amigo, un muchacho llamado Erik, que había desaparecido y al que nadie había vuelto a ver.
Pero Helga solo curaba con hierbas; no sabía hechizar a nadie de verdad. Sin embargo, nadie creía a la muchacha cuando decía que aquello no era cierto. Y eso que tenía un corazón de oro y quería muchísimo a aquel muchacho. Erik, el chico que había desaparecido, era joven, fuerte y valiente, y Helga y él se habían criado juntos en el pueblecito. Todos se preguntaban cómo podía alguien ser tan guapo como Helga, y le echaban la culpa de cualquier cosa mala que pasaba en el pueblo. Todo el pueblo culpaba a Helga de la desaparición de Erik. La muchacha de pelo negro, muy triste, huyó al bosque, y allí, sola en su casita, lloraba su pena: la gente la había condenado y había perdido a su mejor amigo. Solo la creía su fiel amiga, la gatita Felicia. No tenía a nadie más que creyera de verdad que ella quería a Erik y que nunca le habría hecho daño.
Un día, Helga estaba en su casita mezclando hierbas medicinales para curar a un pajarito herido que había encontrado esa mañana en el bosque, junto a su casa. Mezcló romero, manzanilla y un poquito de otras hierbas, y con eso untó el alita herida del pajarito.
—Gracias por salvarme —dijo de pronto el pajarito. El alita se le iba curando poco a poco. Helga se asustó, se pasó la mano por su espeso pelo negro y miró al pajarito, que seguía en la palma de su mano. —¿Sabes hablar? —le preguntó sorprendida, y le acarició las plumas. —Sí —contestó el pajarito con su vocecita, y empezó a contarles su historia a Helga y a la gata Felicia, que no salían de su asombro—: Es que no soy un pajarito cualquiera. Soy una persona. Hace muchos años salí a buscar un diamante para regalárselo a la chica a la que más quería. Pero el diamante lo vigilaba una bruja malvada, y me convirtió en pájaro —dijo con tristeza. Helga decidió que tenía que ayudarlo.
¿Y qué pasó con el pajarito herido al que intentaba ayudar la bella hechicera Helga? Eso, niños curiosos, lo sabremos en la próxima parte.
Cuentos cortos Cuentos de animales Cuentos de brujas Cuentos de magia Cuentos para primaria




¿Qué te pareció el cuento?