
Cuentos en audio
El erizo que tenía miedo de la oscuridad
Érase una vez un bosque, y junto a él, en un montón enorme de hojas, vivía una familia de erizos. Pero el erizo más pequeño los tenía preocupados. Y es que los erizos salen sobre todo por la noche, cuando está oscuro, y este erizito salía sobre todo a última hora de la tarde, antes de que oscureciera. ¿Y sabéis por qué? Porque le daba miedo la oscuridad. Pero un día se olvidó por completo de la hora y se fue a dar un paseo muy largo.
El sol se estaba poniendo poco a poco cuando el erizito se dio cuenta de que se había alejado hasta la otra punta del bosque. «¡No voy a llegar a casa antes de que se haga de noche!», se asustó. Echó a correr de vuelta tan deprisa como pudo. Pero los erizos no son nada veloces. El sol se escondió detrás del horizonte y el erizito todavía estaba lejos de casa.
El erizito iba pisando despacito entre las hojas; ya casi no veía el camino.
—¡Socorro, tengo miedo!
—Uh, uh, no tengas miedo —le dijo la lechuza desde una rama muy alta—. La noche es preciosa.
—No lo es, es fea, oscura y da miedo —lloraba el erizito.
—Ven conmigo, te enseñaré el camino hasta el claro —se ofreció la lechuza, y bajó volando delante del erizito.
Tal como había prometido, voló muy bajito y le fue mostrando al erizito el camino hasta el claro. Allí ya no estaba tan oscuro.
De hecho, se veía bastante bien. Porque en el cielo brillaba la luna llena y a su alrededor centelleaban las estrellas.
—¡Hala, qué bonito! —se asombró el erizito, mirando al cielo y aquella maravilla—. Pero tengo que volver a casa por el bosque oscuro, y allí ni la lunita ni las estrellitas pasan entre las ramas tan espesas de los abetos.
—¿Y dónde vives? —se oyeron unas vocecitas finitas. El erizito miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Solo unos bichitos que le zumbaban alrededor de las orejas.
—En un montón de hojas, en la otra punta del bosque —dijo el erizito, triste.
—Hasta allí no sabemos llegar, pero en mitad del bosque hay un estanque precioso. Ven con nosotras, te llevaremos hasta allí.
—Pero si no veo a nadie. ¿Dónde estáis? ¿Y quiénes sois?
De pronto, entre los árboles se encendieron unos cuantos puntitos brillantes.
—Estamos aquí, somos luciérnagas.
—¡Anda, qué bonitas sois! —las admiró el erizito, y se dejó guiar por sus lucecitas a través del bosque oscuro.
En el estanque se estaba de maravilla. La luna y las estrellas se reflejaban en el agua, las luciérnagas revoloteaban alrededor de las flores dormidas y las ranas croaban su canción de noche.
—Siempre creí que de noche solo había oscuridad y silencio. Nunca se me ocurrió que la noche pudiera ser tan bonita —suspiró el erizito—. Pero todavía me queda un buen trozo de camino hasta casa.
Por encima de la cabeza del erizito pasó volando un murciélago.
—Yo sé dónde vives. Mi casa está muy cerca de la tuya —susurró el murciélago, y llevó al erizito hasta el borde del bosque.
—¡Gracias, amigos! ¡Ya estoy en casa! Allí veo el montón de hojas donde tenemos nuestra casita —se alegró el erizito, y se fue andando a paso ligero hacia su casa.
Pero antes de meterse entre las hojas, miró por última vez el cielo estrellado, la lunita y las luciérnagas a lo lejos.
—La lechuza tenía razón, la noche es preciosa y mágica de verdad. Mucho más interesante que el día, que ese ya lo conozco muy bien. A partir de hoy saldré como los demás erizos: de noche.
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