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Cómo aprendió Listilla a nadar – cuento para dormir

Cuentos para dormir

Cómo aprendió Listilla a nadar

Francisco F.7 de agosto de 20267 min de lecturapara preescolar

Listilla sabía muy bien que la aventura del helado no podía repetirse. El heladero, el señor Nata, no iba a caer otra vez con los «ojitos de cachorro» de Grisín. Si lo intentaban, a nuestros dos pillines les podía salir muy mal. Pero ¡es que les había gustado tanto! Mmm, al acordarse de aquella delicia, gimoteaban con pena.

—¡Ay, Grisín, cuando me acuerdo de lo bien que olía la vainilla! Mmm, qué rico estaba —se relamía Listilla. —Uy, sí, tienes razón. ¡Y las avellanas, ñam, ñam! —suspiraba Grisín. —¿Y si nos acercamos a ese claro de allí, debajo del pino torcido? —propuso Listilla—. Allí toda la ladera está llena de frambuesas. Bueno, no es un heladito, pero por lo menos nos daremos un gusto con algo dulce. ¿Qué te parece? —¡Sí, tienes razón, vamos a probar! —dijo Grisín.

Y así, nuestros dos golositos salieron disparados hacia el pino torcido. Al llegar, ¡hala!, se lanzaron de un salto a los arbustos y empezaron a atiborrarse de frambuesas. Eran grandes como fresas, rojitas como manzanas maduras y dulces como la miel de las abejitas del bosque. ¡Menudo festín, os lo digo yo! Pero no duró mucho. Claro, nada sale gratis. Mientras nuestros pequeños ladronzuelos se ponían morados, los frambuesos se rebelaron y empezaron a defenderse.

Como los frambuesos eran muy espesos y crecían muy a gusto en la ladera soleada, con sus ramas llenas de espinas les daban latigazos por todo el cuerpo a aquellos dos intrusos. De los arbustos salían gritos y chillidos de dolor de los dos golosos, que se oían por todas partes, a lo ancho y a lo lejos. Ese fue el precio que tuvieron que pagar Listilla y Grisín por ser tan glotones. No es de extrañar que, igual de rápido que habían llegado corriendo al claro, salieran a gatas de entre los frambuesos.

Y al borde de los arbustos se tiraron de golpe sobre la hierba mojada y espesa, y se frotaron en ella sobre todo los hocicos arañados para refrescárselos. Se los frotaban con las patas con tanta fuerza que enseguida les empezaron a doler también las patitas. Sus quejidos se oyeron hasta en la cueva del oso Brumito, que estaba durmiendo la siesta, y claro, lo despertaron. Y eso no le hizo ninguna gracia.

—Brum, brum, brum, ya no duermo, ya no sueño, y me quedo sin saber el final… Soñaba que bebía miel de un jarro, ¡caramba!, ¿qué me ha despertado de un sueño tan bonito? —Y salió gruñón de su cueva y siguió el alboroto hasta llegar a nuestros dos campeones. Cuando vio a aquellos dos pobrecitos tan maltrechos y oyó sus quejas, al viejo bonachón le dieron muchísima pena.

—Ya veis, ya veis… ¿Qué hacéis, qué liais? ¿Es que no tenéis cabeza? Bueno, claro, todavía sois jóvenes y con estas trastadas es como se aprende. Pues como ya no pienso volver a dormirme, os voy a enseñar algo, tontorrones, brum, brum.

Y así, los tres se pusieron en marcha despacito por el camino junto al arroyo, hacia el horizonte, donde empezaba un bosque espeso en el que ni Listilla ni Grisín habían estado nunca. Cruzaron aquel bosque hasta llegar a un pradito con un poco más de luz, en medio del cual había un haya vieja y hueca. Y allí se pararon.

—Bueno, cariños, ya hemos llegado. Si levantáis los hocicos, veréis mi pastelería secreta, donde de vez en cuando me pongo morado de miel dulce.

Cuando Listilla y Grisín levantaron los ojos, se quedaron con la lengua fuera del asombro. Pero no la tuvieron colgando mucho rato, porque enseguida empezaron a lamerse con ella los hocicos arañados por las espinas. Porque allí arriba, en una grieta del tronco, vieron un nido con panales de miel de abejas del bosque. —¡Ooooh…! —suspiraron los dos felices, y gritaron—: ¡Brumito, osote peludo, qué maravilla! ¡Qué sorpresa, qué alegría tan grande nos has dado! —Y empezaron a cantar muy contentos—: ¡Tralarí, tralará, qué pastelería tan rica está, aquí los dos nos vamos a poner las botas, tralarí, tralará! ¡Viva Brumito! —¡Que aproveche! —les contestó Brumito.

Y luego Brumito les dijo: —Bueno, chiquitines, yo me subo ahí arriba al árbol y os parto unos trozos de panal. Luego os los dejo caer. Pero cuidado, chupad la miel deprisa. Las abejas cuidan su miel y pican a los ladrones sin piedad. Yo tengo el pelo muy espeso y estoy muy gordo, pero vosotros corréis peligro de que las abejas se os echen encima, y lo que laméis lo pagaréis caro. Las abejas os picarán en cuanto se os lancen encima.

Y Brumito tenía razón. Las abejas, furiosas, se lanzaron contra Listilla y Grisín con una fuerza nunca vista. De sus cuerpecitos peludos no hacían ni caso. Se les posaban en el hocico y allí les picaban y les picaban, hasta que los dos dejaron toda aquella golosina y salieron huyendo como locos. Junto al arroyo, por el claro y cuesta abajo, hasta llegar al muelle del estanque.

Listilla y Grisín se tumbaron a toda prisa en el muro de piedra. Los dos gemían de dolor, sin moverse, e intentaban refrescar enseguida en el agua del estanque sus hocicos arañados por las espinas de los frambuesos y picados por las abejas del bosque. Pero Listilla, al estirarse para meter más la cabecita en el agua fresquita —quién sabe cómo pasó—, hizo ¡plof!… y se cayó al agua, que allí junto al muro era muy honda.

Nunca había estado en un agua tan honda y no sabía nadar, así que chapoteaba como podía. Tan pronto salía a la superficie como se hundía, cogía un poco de aire y tenía miedo de ahogarse. Ya estaba tragando agua y veía las estrellas, cuando de repente se dio cuenta de que, si estiraba las patas, movía la colita de un lado a otro y respiraba hondo, el agua, creedlo o no, ¡hasta la sostenía!

¡Y así fue como Listilla aprendió también a nadar!

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