
Cuentos para dormir
¿De verdad existen los dinosaurios?
Había una vez un niño pequeño que se llamaba César y al que le encantaban los animales del bosque. Iba a menudo con su mamá a los bosques de alrededor a ver qué animalitos encontraban. Cada huella en el caminito le hacía muchísima ilusión, y enseguida adivinaba qué bicho habría pasado por allí esta vez.
Pero César, como muchos otros niños, no creía que en el mundo todavía vivieran dinosaurios. Con mamá y papá leía libros en los que unas personas muy sabias escribían sobre la época antes de que los dinosaurios se extinguieran.
Un día, César y su mamá salieron a dar un paseo muy largo y, como siempre, buscaban huellas nuevas en los caminitos. Después de unas huellas de ciervo y de jabalí, César vio en la arena una huella que no conocía.
—Mamá, ¿qué animalito habrá sido? —preguntó César. Mamá se agachó junto al caminito y se puso a pensar. Ella tampoco había visto nunca nada parecido, y tenía muchísima curiosidad por saber qué criatura había aparecido en el bosque, tan cerca de casa. De repente, los arbustos empezaron a moverse, a susurrar y a temblar. César se asustó un poco, pero al momento le dio la mano a mamá y decidieron mirar juntos detrás de la ramita. Lo que vieron superaba todo lo que habían podido imaginar.
Entre los arbustos había una criaturita que se parecía muchísimo a los dinosaurios de los libros de César.
—¡Mamá, mamá! ¡Mira, un dinosaurio, como en mis dibujos! —gritaba el niño, feliz con su descubrimiento.
—No puede ser. Ay, madre, si eso no puede ser verdad. Los dinosaurios no existen… —A mamá casi no le salían las palabras del asombro. Rapidísimo, le hizo una foto a la criaturita, para poder buscar en casa qué era.
Cuando César y su mamá volvieron del paseo, ni se quitaron los zapatos: corrieron directamente a la estantería de libros de casa. Enseguida encontraron la página con un dinosaurio igualito a la criaturita del arbusto. Solo se diferenciaba en el tamaño. En el libro ponía que el diplodocus podía medir hasta treinta metros de largo. Eso quería decir que un dinosaurio así era más grande que toda su casa.
Cuando César le pidió a mamá que miraran también la foto del paseo, volvieron a quedarse asombrados. En la foto se veían el caminito, los arbustos y un montón de piñas. Pero la criaturita que habían fotografiado no aparecía por ninguna parte.
Por la noche, mientras mamá dormía a César, pensaron juntos cómo podía ser que se hubieran encontrado con un dinosaurio, que los dos lo hubieran visto y que en la foto no saliera. Desde aquel día, César no empezó a creer que los dinosaurios siguieran vivos. Pero sí empezó a creer con todas sus fuerzas que, dijera, viera o soñara lo que fuera, mamá siempre estaría a su lado y lo apoyaría.
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