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La vaquita que no quiso compartir la hierba más rica – cuento infantil

Cuentos para dormir

La vaquita que no quiso compartir la hierba más rica

En unos prados en lo alto de las colinas vivía una vaquita llamada Josefina. No vivía allí sola. Cada mañana, muy temprano, subía a los prados con su rebaño y con el granjero Tomás. A lo mejor pensáis: ¿y qué puede hacer una vaquita todo el santo día en el prado? Pues para una vaquita, el prado es como su segunda casa. A Josefina le encantaba estar en el prado.

Le gustaba jugar al pilla-pilla con las demás vaquitas. Le encantaba tomar el sol. Le chiflaba beber del arroyo fresquito. Y lo que más le gustaba comer era la hierbita verde y jugosa del pie de la montaña. Gracias a todo eso, la vaquita Josefina, y por supuesto también sus amigas, daban la mejor leche de toda la comarca. Y por eso las vaquitas podían estar muy orgullosas.

Un día, la vaquita Josefina paseaba por el prado buscando algo con lo que entretenerse. Tenía la barriguita llena todavía del desayuno y aún faltaba para la comida. De pronto, la vaquita llegó a un sitio donde crecían tréboles de cuatro hojas. Entre las personas se dice que encontrar un trébol de cuatro hojas da buena suerte. Para las vaquitas no era tanta suerte, porque se los encontraban casi todos los días. Si las personas lo supieran, les pedirían a las vaquitas no solo leche rica, sino también tréboles de cuatro hojas para la suerte.

Pero estos tréboles que acababa de encontrar la vaquita Josefina eran bastante más grandes que los tréboles normales. Y en aquel sitio había muchísimos. La vaquita Josefina era muy buena con los números, pero había tantos tréboles que no hubo manera de contarlos. Así que decidió que a sus amigas no les diría el número exacto… Que les diría solo que había un montón de tréboles. Pero luego se quedó pensando. ¿Debía contárselo a sus amigas? En aquel trocito de prado había muchísimos tréboles. Pero también había muchas vaquitas. Si venían todas, podía pasar que a Josefina no le quedara nada de aquel trébol tan especial. No, no y no. ¡Ella no les diría nada de su descubrimiento! Miró a su alrededor con aire de conspiradora, por si alguien la veía, y luego se alejó del sitio de los tréboles. Eso sí, se lo aprendió muy bien. Volvió a escondidas, sin que nadie la viera, cuando llegó la hora de comer. Y de verdad cumplió lo que se había prometido. Nadie más fue con ella, aunque dos vaquitas le preguntaron adónde iba. La vaquita Josefina siempre conseguía despistarlas.

Por fin llegó al sitio lleno de trébol grande. No esperó ni un momento y se puso a comer. Comía, comía y comía, y no paró ni siquiera cuando ya se sentía llena. «¿Y si la próxima vez las vaquitas la vigilaban y ya no podía mantener el sitio en secreto? Mejor comerse todo el trébol ella sola, ahora mismo». Y así lo hizo. La vaquita se zampó un montón enorme de trébol y luego volvió rodando con su rebaño. Pero allí empezó a encontrarse mal. Le dolía la tripa y no se sentía nada bien. Se pasó todo el día tumbada, hasta que el granjero Tomás se fijó en ella. Y decidió que había que llamar al veterinario para que viera a la vaquita.

El veterinario sabía muy bien lo que había pasado. La vaquita le prometió que nunca más volvería a atiborrarse así y que no sería egoísta. Y él, a cambio, le recetó unas gotas muy fuertes que le quitaron enseguida el dolor de tripa. Desde entonces, la vaquita lo compartía todo, y poco a poco se fue olvidando de su dolor de barriga.

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