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El castillo de Bouzov: tres princesas casaderas – cuento para dormir

Cuentos para dormir

El castillo de Loarre: tres princesas casaderas

Hace muchísimos años, cuando en lugar de coches la gente iba a caballo o a pie, había sobre una roca, cerca del castillo de Loarre, un palacio. La gente se marchó de allí quién sabe por qué y solo se quedó a vivir una anciana con su perro y su gata, pero ella pronto echó una maldición al palacio y ya nadie se atrevió nunca a buscarlo. Hasta que el destino llevó hasta allí a tres muchachos: Tomás, Colás y Blas.

Los tres muchachos salieron a correr mundo para encontrar trabajo. Llegaron hasta el castillo de Loarre y allí pidieron que los contrataran. Pero fue en vano. El señor del castillo mandó echarlos, así que a Tomás, Colás y Blas no les quedó más remedio que volver de noche a través del bosque. Tropezaban con raíces y palos, apenas veían el camino y a cada rato se asustaban por algo.

—¡Por las herraduras de mi caballo! —protestaba Colás—. Está tan oscuro que no me veo ni la punta de la nariz. ¿Y si esperamos aquí hasta que amanezca?

—Si ni siquiera sabemos dónde estamos. Podríamos acabar mal —intentaba quitarle la idea Blas.

—¿Qué pasa, tienes miedo de encontrarte la casita de chocolate?

—¡Qué buena idea, Colás! —se alegró Tomás, y sin dar más explicaciones se subió a un árbol—. ¡Allí veo un palacio que brilla en la noche como una luciérnaga gigante! —anunció al rato Tomás—. Y está cerca. Ya casi hemos llegado. —Los muchachos echaron a andar hacia la luz. Y llegaron de verdad a un palacio precioso, donde los recibió un viejecito muy amable.

—Pasad, muchachos. Será un honor para nosotros que cenéis aquí y aceptéis nuestra hospitalidad.

—¿Para nosotros? —preguntó Colás, mirando a ver con quién más vivía el viejecito.

—Estas son mis hijas. Estarán encantadas de haceros compañía esta noche —dijo el viejecito, señalando a unas princesas preciosas—. La de los ojos azules como el cielo despejado se llama Brujilda, la de los ojos marrones como las castañas es Guaulina, y la tercera, con los ojos verdes como la hierba en primavera, es Miaurina. —Los muchachos se sentaron a la mesa con las princesas y comieron y bebieron, bebieron y comieron, y se divirtieron todos juntos. Antes de que los jóvenes se fueran a dormir, el viejecito les dijo:

—Señores, ¿no querríais casaros con mis hijas? Veo que os habéis gustado. Pero hay una condición. No podréis salir nunca más del palacio.

—¿Podemos consultarlo con la almohada hasta mañana? —preguntó Colás—. Tenemos que hablarlo entre todos. «Por supuesto. Dulces sueños», se despidió el viejecito, y desapareció por algún pasillo. Por la noche alguien llamó a la puerta del cuarto donde dormían los muchachos.

—Soy yo, Brujilda. Sal, Blas. —Mañana, Brujilda —le contestó Blas—. Iremos a veros todos juntos.

Otros golpecitos despertaron a Colás. —Colás, soy yo. Guaulinita. Sal conmigo. —Todavía es muy pronto, quiero dormir un poco más. Mañana será otro día —gruñó Colás medio dormido, se dio la vuelta y enseguida volvió a roncar.

Los terceros golpecitos sonaron al amanecer. —Tomás, sal conmigo. Soy yo, Miaurina. —Ya casi es de día, Miaurina —le contestó Tomás—. Pronto se despertarán también mis amigos y vendremos todos a veros. Quién sabe si les gustaréis tanto como anoche.

Por la mañana los muchachos se despertaron y abrieron la ventana. Pero en lugar de ventana solo había un agujero en la roca, y alrededor, matorrales por todas partes. ¡Pero si se habían dormido en un palacio! ¿Dónde se había metido el palacio? Por todas partes solo había peñascos y árboles. Cuando bajaron a donde la noche anterior había un gran salón, solo encontraron una cueva. En medio estaba sentada una vieja bruja con los ojos azules como el cielo despejado. A sus pies había un perro viejo y pelado, con los ojos marrones como las castañas, y en su regazo acariciaba a una gata negra con los ojos verdes como la hierba en primavera. Los muchachos se quedaron clavados en el sitio. ¿Con ellas habían estado a punto de casarse? En ese momento los tres gritaron de espanto y salieron corriendo. Corrieron todo lo que les daban las piernas y no se pararon hasta salir del bosque.

—Madre mía, qué suerte hemos tenido de librarnos de esas bodas —dijo Tomás. —Pues sí, casi me caso con un chucho —gruñó Colás. —Tú no te quejes, que yo podría haber acabado con la bruja, y Tomás con la gata —contestó Blas. Cuando los muchachos encontraron trabajo en un pueblo cercano, ya se reían de aquella aventura. Aquel palacio no volvieron a encontrarlo nunca. Y si lo hubieran visto, habrían salido corriendo a toda prisa en dirección contraria.

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