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Historias para dormir - Cómo el granjero Guapito consiguió animales

Cuentos para dormir

Cómo el granjero Guapito consiguió animales

Había una vez un granjero que se llamaba Guapito y al que le encantaban los animales. Cada vez que veía un animal nuevo en casa de algún amigo, enseguida quería uno igual. Pero vamos a empezar por el principio.

Al principio, como pasa casi siempre, solo había un perro.

—Mira, Guapito, mira qué dos cachorritos tan bonitos me han nacido —le decía muy orgulloso su amigo.

—Ay, pero qué cosa más bonita. ¿Y qué vas a hacer con ellos? —preguntó Guapito, rascándoles detrás de las orejas.

—Uno me lo quedo, pero el otro no lo quiere nadie. No sé qué hacer con él.

Y no hubo más que hablar. Ese día, Guapito volvió a casa con el perro. La señora Guapetona lo cuidaba, el perro dormía con ella en la cama y todo iba bien. Guapito, como siempre, se pasaba el día con el tractor, secando heno y haciendo otras faenas de la granja. Al perro solo lo veía en casa a la hora de cenar, cuando le dejaba lamer el plato y le rascaba detrás de la oreja. Y ahí se acababan todos sus cuidados.

Después llegaron a la granja las gallinas. Guapito se trajo nada menos que veinte, y cada una era de un color. Y el más bonito de todos era un gallo negro que cuidaba de las gallinas. Pero a Guapito se le había olvidado una cosa.

—¿Y dónde meto yo ahora a las gallinas? No van a dormir en la cama con mi mujer, como el perro —pensó en voz alta.

—Tendrás que construirles un gallinero —dijo la señora Guapetona.

Los dos se pusieron manos a la obra y en un periquete tuvieron el gallinero listo.

—Y ya que tenemos el tractor y el prado, y que se te da tan bien construir cosas —dijo la señora Guapetona—, me haría muchísima ilusión tener un caballo.

—Pues búscate uno —dijo Guapito.

Y así, en la granja vivían ya un caballo, veinte gallinas, un gallo y un perro. Hasta que un día Guapito fue a ver a su amigo Helio.

—¡Qué ovejas tan bonitas tienes! —le dijo, admirando el rebaño.

—Mira, este carnero es un encanto. ¿Lo quieres? —le preguntó Helio.

—¡Claro que sí!

Y ese día Guapito volvió a casa con el carnero.

—¿Y dónde lo metemos? —se le ocurrió de pronto—. ¡Ay, no! ¡Otra vez a construir establos y cercados!

Así que Guapito se apañó un cercado y un cobertizo para el carnero. Es que tenía pensado tener un rebaño entero, como el de su amigo Helio, para que el carnerito no estuviera triste él solo.

A los pocos días ya tenía seis ovejas. Y además se compró treinta conejos y estaba pensando en comprarse un cerdo.

Los días iban pasando, y Guapito estaba feliz de tener tantos animales. ¿Y dónde estaba el problema? Pues en que ya no se ocupaba de ellos. Los miraba, los acariciaba, por la mañana les echaba un poco de heno, pero todo lo demás le tocaba a la señora Guapetona. Y cuidar de tantos animales cansa muchísimo.

Seguramente la señora Guapetona habría acabado reventada de tanto trabajar, si no fuera porque un día se rompió una pierna. Se había subido a los montones de heno, porque allí ponía los huevos una gallina muy traviesa, y se le resbaló el pie y se cayó mal. Y una pierna rota no se cura en dos días, así que todo el trabajo con los animales le tocó a Guapito.

—Tengo que dar de comer a las ovejas. No, espera, que todavía no le he dado agua al caballo. Espera, espera, que primero tengo que echarles grano a las gallinas. No, que todavía no he recogido los huevos. ¡Y a los conejos todavía no les he dado el heno! —refunfuñaba Guapito, corriendo de un animal a otro.

Acabó tan cansado de tanto trabajo que al día siguiente no oyó el despertador.

—¡Madre mía! ¡Me he dormido! No voy a llegar a tiempo al trabajo —se asustó Guapito, y se le olvidó por completo que todavía tenía que dar de comer a los animales.

Cuando volvió por la tarde, los animales balaban, gruñían y protestaban de mil maneras porque tenían hambre. Guapito los atendió de cualquier manera y salió corriendo a arreglar el tractor para poder volver a trabajar al día siguiente. Tenía que segarle el prado a Helio.

A los pocos días se llevó una buena sorpresa. Las gallinas no ponían ni un huevo, los conejos no tenían crías, el caballo había adelgazado y las ovejas se escapaban del cercado para irse a pastar al prado del vecino. Y entonces, por fin, Guapito se dio cuenta de lo mal y de lo poco que cuidaba a sus animales.

—Si quiero que los animales me den algo y que estén a gusto conmigo, creo que tendré que cuidarlos mejor.

Así que Guapito se puso a trabajar desde que salía el sol. Les daba de comer y de beber, cepillaba al caballo, esquilaba a las ovejas y echaba de comer a los conejos y a las gallinas. En pocos días todo iba sobre ruedas. Las gallinas ponían montones de huevos, nacieron conejitos nuevos y también una ovejita, y el caballo volvió a estar en forma. La señora Guapetona se curó y le ayudaba con los animales. Estaba contenta de no tener que hacerlo todo ella sola. Y Guapito también estaba contento de no estar solo.

—¿Todavía quieres los cerditos, cariño? —le preguntó la señora Guapetona. Él negó con la cabeza.

—¡Qué va, qué va! Si ya tenemos trabajo de sobra para poder con todo.

La señora Guapetona sonrió satisfecha.

—¿O sea, que ya tienes bastante con lo que tienes?

—Bastante. No hace falta tener todo lo que tienen los demás. Lo más importante es que podamos con lo que tenemos —dijo Guapito, que por fin lo había entendido.

Tener muchos animalitos es muy bonito, pero también hay que saber cuidarlos bien. Y por eso no siempre podemos tener todo lo que vemos que tienen los demás.

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