
Cuentos en audio
Anita de vacaciones
Cerca de un bosque oscuro había una casita. Allí vivían el abuelo y la abuela. Todas las vacaciones iba a verlos su nieta Anita. Una niña pequeña de pelo castaño y liso como una tabla y con una sonrisa mágica. Pasaba en la casita de los abuelos todos los días libres que tenía. Pero unas vacaciones pasó algo que Anita no olvidará nunca.
Era primavera. La semana de las vacaciones de Semana Santa. Y Anita estaba desde el primer día con los abuelos en la casita junto al bosque. Le encantaba pasear por el bosque y sentarse junto al arroyuelo que lo cruzaba. Miraba las ranitas que saltaban junto al agua, observaba a las salamandras corretear y esconderse detrás de las piedrecitas, y escuchaba el parloteo de los pajaritos. Pero aquellas vacaciones de primavera oyó en el bosque algo raro. Era un ruido que no conocía. Salía de los arbustos que crecían junto al arroyo. Anita sentía mucha curiosidad, así que fue a ver qué o quién era.
Cuando se acercó a los arbustos, vio dentro una cría de nutria chiquitita. Estaba allí tumbada, débil y hambrienta. Anita miró a su alrededor por si veía a los papás de la nutria, pero no había nadie. Así que no se lo pensó: la envolvió con cuidado en su sudadera y corrió con ella a la casita, a buscar a los abuelos. Ellos seguro que sabrían qué hacer. Mientras se acercaba a la casa, ya gritaba desde lejos: —¡Abuela, abuelo, ayudadme!
Cuando los abuelos oyeron que su nieta pedía ayuda, salieron corriendo de la casita. En cuanto vieron lo que Anita llevaba en la sudadera, empezó el rescate. El abuelo llamó al centro de recuperación de animales. En pocos minutos llegó un veterinario que cuida de los animales que la gente encuentra. Se llevó a la nutria al centro y felicitó mucho a Anita por haberle salvado la vida a la cría.
Pasó el tiempo, la nutria fue creciendo y en el centro de recuperación le iba muy bien. Ahora Anita, en vacaciones, no solo iba a ver a los abuelos, sino que también visitaba a menudo a su amiguita la nutria. Pero cuando la nutria ya estaba sana y era lo bastante grande para volver a la naturaleza, no la podían soltar. Porque le daba miedo el agua. Y a las nutrias en la naturaleza les encanta el agua. ¡Si hasta pescan peces en ella! Pero a esta nutria no le gustaba nada. Estaba acostumbrada a que la gente le diera de comer, y no quería mojarse ni una patita. Ni siquiera cuando había unos pececitos tan ricos.
Pero Anita era una niña lista y paciente, así que se puso de acuerdo con los cuidadores: cuando fuera a casa de los abuelos en vacaciones, enseñaría a la nutria a estar en el agua. Si la joven nutria aprendía, por lo menos podrían soltarla en una reserva natural. Eso es algo parecido a la naturaleza libre, pero donde todavía la gente vigila a los animales. Así que, cada vez que Anita iba de vacaciones, iba a ver a la nutria. Y no dejaba de pensar cómo enseñarle a nadar. Hasta que se le ocurrió una idea. Anita se puso un bañador marrón, para no asustar mucho a la nutria. Se metió en el pequeño estanque que tenían en el centro de recuperación y le enseñaba a la nutria los pececitos más ricos. La nutria estiraba el cuello, pero no llegaba a los peces. Pero le olían tan bien que, al final, se metió un poquito en el agua detrás de Anita. Atrapó un pececito de un bocado y enseguida saltó otra vez a la orilla. Anita lo hacía así todos los días. Pero cada vez se metía un poquito más adentro. Para que la nutria tuviera que mojarse cada vez más.
Tardó unas cuantas semanas, pero al final la nutria descubrió que el agua no le hacía nada. Al contrario: era agradable, se podía jugar y nadar en ella y encontrar unas golosinas estupendas. Anita estaba feliz. No solo había salvado a la nutria cuando era una cría, sino que además le había enseñado a vivir en el agua. Hoy Anita ya es mayor. Pero todavía le encanta ir a ver a los abuelos a la casita y también visitar la reserva natural donde vive tan contenta su amiga la nutria.
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