
Cuentos para dormir
Carolina y el caracol
«La verdura es muy sana», dicen casi todos los mayores. Pero ¿y si con la verdura te traes de la tienda un animalito? Eso le pasó hace poco a Carolina. Su mamá fue a hacer la compra. Y, claro, compró sobre todo mucha verdura, para que Carolina creciera sana y fuerte.
Cuando mamá llegó a casa, dejó las bolsas en la mesa y empezó a sacarlo todo. Sacó la leche, las zanahorias y luego muchas clases de lechuga. Pero en una de las lechugas algo se movía. Algo chiquitito.
Carolina cogió con cuidado la hoja de lechuga en la palma de la mano y le preguntó a su mamá: —Mamá, ¿qué has comprado con la lechuga? —¿Qué pasa? —preguntó mamá, y se puso a mirar la hoja que Carolina tenía en la mano. Cuando miró bien, vio un caracolito. Estaba escondido en su concha y no se movía nada.
—¡Ay! ¿Pero qué tenemos aquí, qué cosita tan pequeña? —sonrió mamá. —Mamá, mamá, ¡vamos a quedárnoslo! —empezó a suplicar Carolina. —Pero, cariño, si ni siquiera sabemos cómo cuidarlo —protestó mamá. No le hacía mucha gracia la idea de tener en casa un bichito así.
—Mamá, yo lo buscaré todo en internet. Leeré cómo hay que cuidarlo. Y cuando sea mayor, lo soltaremos. Mamá, porfa —siguió rogando Carolina. Al cabo de un rato, mamá dijo que sí, y Carolina se puso a estudiar. Leyó qué era lo mejor para el caracol, cómo tenía que ser su casita y qué tenía que comer. Cuando lo tuvo todo claro, le preparó una casita en una cajita que usaba para jugar. Le puso hojas y todo lo que necesitaba.
Todos los días lo miraba y lo observaba. Al cabo de un tiempo, el caracolito empezó a ser curioso: salía de la concha y echaba un vistazo a su alrededor. Carolina no podía quitarle los ojos de encima. Miraba cómo curioseaba, cómo se movía y cómo estiraba el cuerpo hacia las hojitas que ella le preparaba cada día.
Unos meses después, Carolina fue a buscar a su mamá y le dijo con tristeza: —Mamá, ha llegado el momento. El caracol ya ha crecido y tenemos que soltarlo para que sea feliz. —Muy bien, cariño. Me alegro mucho de que lo hayas decidido tú y de que entiendas qué es lo mejor para él —la felicitó su mamá.
Y así, un día cogieron la cajita y se fueron al bosque, junto al arroyo, hasta que encontraron un montón de hojas jugosas. Inclinaron la cajita para que el caracol pudiera salir solito. El animalito fue asomando despacio de la concha y empezó a arrastrarse fuera de la caja. A Carolina se le escapó una lágrima al ver que su caracolito se alejaba.
Y entonces pasó algo inesperado. Al poco rato, el caracolito se paró. Se dio la vuelta y se quedó mirando a Carolina. Como si se preguntara por qué estaba tan triste. Miró hacia atrás, a la nueva vida en plena naturaleza que se abría ante él. Y luego volvió a mirar a la niña que lo había cuidado tan bien. Y en ese momento echó a correr. Bueno, él creía que corría, pero en realidad iba arrastrándose despacito. ¿Y adónde iba? ¡De vuelta hacia Carolina! Se le subió a la mano y se acomodó tan a gusto. Quería decirle que no quería dejarla. Mamá y Carolina se lo quedaron mirando sin entender nada. Pero la niña se secaba lágrimas de alegría.
—¡Mamá, mamá, quiere quedarse con nosotras! Eso quiere decir que ha estado a gusto en casa y que le gusta vivir con nosotras —gritó Carolina entusiasmada. —Pues sí, cielo, creo que tienes razón. Es el premio por haberte interesado en lo que era mejor para él y por cuidarlo para que lo tuviera todo. Nos lo quedamos —sonrió mamá. Las dos volvieron a casa felices, con la cajita y el caracolito. Y Carolina estaba muy contenta de haberse tomado la molestia de leerlo todo para que el caracolito estuviera con ellas lo mejor posible. Había merecido la pena.
Cuentos cortos Cuentos de animales Cuentos para preescolar Cuentos sobre niños Fábulas




¿Qué te pareció el cuento?