
Cuentos para dormir
Cómo los niños se hicieron amigos de los osos
Lejos de aquí se extendía un pueblecito precioso. Había tantas casitas que tenían que estar muy pegaditas. Una al lado de la otra. Allí vivía muchísima gente, pero lo que más había era niños. En cada familia había un montón. Casi todos se conocían. Se visitaban, jugaban juntos, iban juntos de excursión y también al cole. En aquel pueblo había, además, un parque infantil precioso. Los niños lo cuidaban muy bien. Cada tarde, antes de irse a casa, lo dejaban todo bien recogido.
Una mañana, los niños llegaron corriendo al parque y no podían creer lo que veían. Mirasen donde mirasen había basura, la arena estaba desparramada por todas partes, la casita del árbol estaba rota y las mantas de dentro, sucias. Los niños se quedaron delante del parque moviendo la cabeza sin dar crédito. No entendían qué podía haber pasado allí por la noche. Tenían muchísimas ganas de averiguarlo. Primero lo recogieron y lo arreglaron todo. Después se pusieron de acuerdo para hacer guardia por la noche.
La primera noche hicieron guardia los dos niños más valientes del pueblo: Miguel y Raúl. Eran muy buenos amigos y estaban decididos a vigilar y defender el parque. Se prepararon bien. Se pusieron ropa oscura, se colocaron en la cabeza unas linternas frontales y se escondieron en el arbusto más cercano al parque. Y esperaron.
Al poco rato se hizo muy de noche. Pero los niños no tenían nada de miedo. Las ganas de descubrir quién les estropeaba el parque eran más fuertes. De pronto, Raúl oyó unos pasos. Los dos sabían que alguien se acercaba, pero no sabían quién. Encendieron las linternas de la frente y alumbraron a los visitantes desconocidos. Bajo la luz apareció delante de ellos una familia de osos.
Cuando los osos descubrieron a Miguel y Raúl con las linternas en la frente, se pusieron de pie sobre las patas de atrás y empezaron a gruñir muy fuerte. Los niños se quedaron sorprendidos. Esperaban a cualquiera, menos a unos osos. Pero Miguel no perdió la calma. Se les acercó despacito y les mostró que no quería hacerles daño. —¿Habéis sido vosotros los que nos habéis sacado la basura de las papeleras? Tenéis hambre, ¿verdad? ¿Estabais buscando comida? —preguntó Miguel con cuidado.
Los osos se pusieron atentos. Dejaron de gruñir y se apoyaron en las cuatro patas. Miraron a su alrededor y vieron que de verdad no corrían ningún peligro. Miraron a los niños y asintieron con la cabeza. Señalaron el bosque cercano. Cuando Miguel y Raúl lo miraron desde lejos, comprendieron por qué los osos venían a su pueblo a buscar comida. Hasta de lejos, el bosque tenía un aspecto feísimo. Había ramas rotas, árboles y arbustos destrozados, y el arroyo donde bebían estaba tapado de piedras. No es de extrañar que los osos ya no encontraran allí nada que comer.
Miguel tuvo una idea: —En el pueblo somos muchos niños. Mañana por la mañana iremos todos al bosque y limpiaremos y arreglaremos todo lo que se pueda. Seguro que los mayores también nos ayudan. Así estaréis a gusto en vuestra casa y no nos estropearéis el parque.
Y dicho y hecho. Al día siguiente, todo el pueblo se puso a arreglar el bosque. El trabajo les salió de maravilla. Y cuando todo estuvo terminado, los osos, para darles las gracias, les trajeron puñados de frambuesas. Así nació una amistad extraordinaria entre las personas y los osos. Todavía hoy los niños van al bosque a ver a los osos y juegan con sus oseznos.
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