
Cuentos en audio
El cigüeño y la urraca
—Ramita a ramita, palito a palito —canturreaba el cigüeño mientras volaba por el cielo. Era primavera y este cigüeño iba y venía sin parar desde una chimenea abandonada hasta el bosque cercano. Traía ramitas una a una y las colocaba en lo alto de la chimenea. Allí estaba construyendo su nido. Estaba deseando terminarlo, porque entonces su querida señora cigüeña se mudaría con él y podrían tener cigüeñitas.
Había que acabar el nido. Y eso no es cosa de un momento. Hay que traerlo todo y colocarlo bien, para que el nido quede fuerte y acogedor. Desde lejos, una urraca miraba al cigüeño. Se acercó volando, se posó en el tejado más cercano y le dijo: —No entiendo por qué te complicas tanto. Es un trabajo que no sirve para nada, cigüeño.
—¿Y cómo lo haría si no? —preguntó el cigüeño, sorprendido. «A lo mejor la urraca conoce una manera más rápida», pensó para sí.
—A ese paso, te agotarás antes de terminar nada. Rama a rama. Eso es demasiado lento. Es mucho mejor buscar un nido abandonado del año pasado. Uno que haya dejado otro. Así lo tienes listo al momento. Sin hacer nada —le explicó la urraca.
El cigüeño se quedó pensando. Pero sentía que aquello no estaba bien. —No, no, urraca. Es mejor hacerse uno su propio nido. Construirlo bien. Solo así sabes que es lo bastante fuerte y que será bueno para tu familia. A mí no me importa trabajar en él. Y además, luego estás muy contento de haberlo hecho tú solo, con tus propias alas y tu pico —contestó el cigüeño, y se fue volando a por más ramas.
—¡Bah, tú sabrás! —dijo la urraca, y se fue a buscar un nido abandonado. Al poco rato encontró uno. Enseguida se instaló en él, muy satisfecha de lo lista que había sido. Y sin trabajar nada.
Pero aquella noche sopló un viento fortísimo. Hacía mucho tiempo que no soplaba uno así por aquellos lugares. El cigüeño se refugió en su nido. Aún no estaba terminado del todo, pero era fuerte. Justo como él quería. Lo había hecho con mucho cuidado. La urraca también se refugió en su nido. En el que había encontrado. Pero cuando el viento le dio de lleno, el viejo nido de la urraca se deshizo y sus ramitas salieron volando por todas partes.
La urraca no sabía dónde esconderse. Miraba a su alrededor. Por fin vio el nido a medio hacer en lo alto de la chimenea, y dentro, al cigüeño. En cuanto el viento amainó un poquito, voló rápido hasta allí arriba y le suplicó: —Por favor, ¿puedo refugiarme contigo? Solo esta noche. No tengo adónde ir. Mi nido se ha deshecho.
El cigüeño tenía buen corazón y le dio pena la urraca. Así que le hizo un sitio a su lado. Por la mañana el viento se había calmado. Cuando el cigüeño abrió los ojos, oyó que alguien canturreaba muy cerca:
—Ramita a ramita, palito a palito.
Era la urraca. Le estaba trayendo más palitos al nido para que pudiera seguir construyéndolo.
—¿Qué haces? —preguntó el cigüeño.
—Te ayudo. Te traigo material para el nido. Por dejarme pasar aquí la noche. Tenías razón, ser perezoso no trae nada bueno. Si me hubiera construido un buen nido yo sola, como tú, ahora tendría dónde vivir.
El cigüeño solo sonrió, contento de que alguien valorara así todo su esfuerzo. Cuando terminaron su nido en la chimenea, construyeron cerca un hogar también para la urraca. Y hasta hoy la urraca y el cigüeño son amigos y, además, vecinos.
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