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El gato y el ratón – cuento infantil

Cuentos para dormir

El gato y el ratón

Había una vez una ratita muy pequeña que se llamaba Mimi. Esta ratita marrón vivía en la pared, donde tenía su casita, su escondite del mundo. En la casa donde vivía, además de la familia, vivía también un gato muy inquieto que se llamaba Tom. El gato gris pasaba los días no solo jugando con su ovillo, sino también intentando cazar a la pequeña Mimi.

Pero la ratita siempre conseguía escaparse. Y así pasaban sus días, entre persecuciones y escondites. La pequeña Mimi vivía siempre con miedo, pero, gracias a lo pequeña que era, siempre encontraba un buen escondite para que Tom no la pillara.

Era una tarde de lluvia y Mimi se estaba acostando en su camita, hecha con una lata. Se tapó con un paño de cocina y ya casi cerraba los ojos cuando oyó un maullido muy fuerte. «Seguro que Tom quiere hacerme salir otra vez para comerme», pensó la ratita, e intentó cerrar los ojos otra vez. Pero el maullido no paraba, y no había manera de que la pequeña Mimi se durmiera. Abrió la puertecita de su casita en la pared y se asomó. Delante de la chimenea estaba tumbado Tom, llorando de dolor y sujetándose una pata. La pequeña Mimi tenía miedo, sí, pero con cuidado echó a andar hacia el gato. Junto a la chimenea había leña, y por el suelo, astillitas de todo tipo. Y justo allí se retorcía de dolor su enemigo, el gato Tom. La ratita se fijó en su pata hinchada: tenía una astilla clavada muy adentro.

—¡Espera, yo te ayudo! —dijo la pequeña Mimi, con timidez, pero muy decidida. Tom maulló, no muy convencido, pero la pata le dolía mucho y no tenía otra opción. Le acercó, dudando, la pata hinchada.

—¿Por qué me ayudas? —le preguntó Tom, mirándola con mala cara. Pero a Mimi eso no la echó atrás, y con sus patitas le sacó a Tom la astilla que tenía clavada en la pata.

—Porque tenemos que ayudarnos. Al fin y al cabo, vivimos aquí juntos. Mira, se te ha clavado una astilla de esa leña —dijo la ratita, señalando la leña junto a la chimenea. Y tenía razón: a Tom se le había clavado de verdad una astilla de la leña; seguramente no había tenido cuidado.

—¡Gracias por salvarme! —dijo Tom, cuando la ratita consiguió sacarle la astilla y el dolor se le fue pasando poco a poco. Mimi le sonrió con cariño y Tom le devolvió la sonrisa. Al final no era tan terrible como la ratita siempre había pensado. Desde aquel día se hicieron amigos. Tom siempre le dejaba unos trocitos de queso delante de su casita, y Mimi siempre le ayudaba cuando perdía su ovillo por algún sitio. Y así nació entre ellos una amistad inesperada, y el cazador Tom y su presa, la pequeña ratita Mimi, se convirtieron en unos amigos nunca vistos.

7 de junio de 2026

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