
Cuentos para dormir
El leoncito al que no le crecía la melena
En la sabana africana vivía una preciosa familia de leones: papá león, mamá leona y un leoncito pequeño llamado Tito. Tito era muy juguetón, pero siempre hacía caso a sus papás. Con sus amigos jugaba muy bien y juntos lo pasaban en grande. A medida que Tito crecía, papá león decidió enseñarle a cazar y a cuidar de la familia. ¡Algún día él sería el rey de los animales!
A Tito todo se le daba de maravilla. Era el mejor en todo y, además, era muy valiente. Justo como debe ser un rey de los animales. Pero le faltaba una cosa: la melena. No había manera de que le creciera.
Cuando Tito se hizo mayor y la melena seguía sin asomar, empezó a ponerse triste. —¿Cómo voy a ser el rey de los animales si no tengo melena? Nadie me respetará y todos se reirán de mí —refunfuñaba Tito. —Tito, no olvides que lo que cuenta son tus actos, y no la melena. Ten paciencia y ya verás —lo tranquilizaba mamá leona.
Pasó el tiempo y Tito empezó a vivir por su cuenta. Ya cazaba como su papá y hasta encontró una leona con la que tuvo unos leoncitos preciosos. Ya era el rey de los animales, pero de melena, nada de nada. Una noche, cuando la familia de leones se preparaba para dormir, Tito oyó un susurro detrás de un arbusto. Escuchó, miró a su alrededor y vigiló, y de pronto vio brillar en la oscuridad cuatro ojos. Eran dos hienas que querían robarle a sus cachorros. —¡Eso sí que no! ¡Fuera de aquí! ¡A mi familia no la tocáis! ¡Largo! —gritó, y se puso a espantarlas. Pero las hienas no se rendían tan fácilmente: ladraban, mordían, arañaban y peleaban con todas sus fuerzas. Tito tampoco se rendía, porque era valiente y muy fuerte. Gruñía, enseñaba los dientes, mordía, pero las hienas no retrocedían. Hasta que, de repente, Tito rugió como un auténtico león: —¡GRAAAAAAAAU! —Y se hizo el silencio. Las hienas se asustaron tanto que salieron corriendo. —¡Ya era hora! ¡No quiero volver a veros por aquí! —les gritó Tito. Luego, muy cansado, antes de irse a dormir comprobó que sus leoncitos y la leona estaban bien, y se quedó dormido tan contento.
Por la mañana, al despertarse, fue a beber agua y vio su reflejo: ¡le había crecido la melena! Tito se quedó sin palabras. Estaba orgulloso y feliz. Y no solo por la melena, sino porque había demostrado su valentía y había salvado a su familia aun sin tener melena. Entonces se acordó de su mamá, que siempre le decía que lo más importante son los actos. Y tenía razón. Lo que importa no es cómo es uno por fuera, sino cómo se porta.
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