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El osito Dodo y el gran atracón de miel – cuento para dormir

Cuentos para dormir

El osito Dodo y el gran atracón de miel

Julia U.7 de mayo de 20264 min de lecturapara preescolar

Una mañana de sol, en lo alto de una montaña, en lo más hondo del bosque, el osito Dodo se despertó en su guarida con un hambre enorme. Había dormido todo el invierno, y lo único que encontró en su cueva fueron unos restos de miel dulce en una jarra de cristal.

No le apetecía nada salir, porque estaba muy perezoso, pero el hambre pudo más y se fue a dar un paseo por el bosque a buscar algo rico que comer.

Caminaba por el senderito disfrutando del sol, pero comida, lo que se dice comida, había muy poca. La naturaleza se estaba despertando y floreciendo después del largo sueño del invierno, igual que Dodo. No encontró ni moras dulces, ni setas, ni siquiera una colmena con miel. De pronto vio a un viejecito que recogía hierbas junto al camino. Pero en cuanto el viejecito lo vio, se asustó muchísimo y gritó: —¡Oso, por favor, no me comas!

El oso movió su gran zarpa y dijo: —¿Y por qué iba a comerte, abuelito? Solo busco algo para llevarme a la boca, pero de momento no he encontrado nada.

—Yo conozco un sitio donde comerás hasta hartarte. Detrás de esa montaña tan grande hay un valle enorme lleno de colmenas. Hay tanta miel que tardarías una eternidad en comértela toda —le aconsejó el viejecito, y Dodo se puso contentísimo.

—Pues no conocía ese sitio. Gracias, abuelito, voy a ir a verlo. ¡Que tengas un buen día! —se despidió Dodo, y se fue justo hacia donde le había dicho el viejecito. No sabía si lo habría engañado, pero después de caminar mucho rato llegó de verdad a aquel valle, donde había miel a montones.

Dodo, muerto de hambre, se alegró una barbaridad y corrió hacia las colmenas para comer hasta llenarse. Sacaba miel con las dos zarpas, y cuanto más comía, más quería. Comió y comió hasta que ya solo pudo quedarse sentado en la hierba, sin poder moverse.

—¡Ay, qué atracón me he dado! ¿Y ahora cómo vuelvo a casa? ¡Si no me puedo ni mover! —refunfuñaba para sí.

Se quedó sentado junto a las colmenas muchísimo rato, hasta que, arrastrando las patas muy despacito, consiguió llegar a su guarida. Pero allí empezó a dolerle muchísimo la barriga.

Se pasó toda la noche retorciéndose de dolor y quejándose tan fuerte que los animales del bosque no podían pegar ojo. Al final se acercó una liebre pequeñita y le preguntó: —Oso, ¿por qué te quejas tanto? Por tu culpa nadie puede dormir —dijo la liebre, y Dodo se agarró la barriga, llena a reventar.

—He comido demasiada miel. Estaba tan buena y tan dulce… pero ahora me duele la barriga —dijo Dodo con sinceridad, y la liebre volvió al poco rato con algo verde entre las patitas.

—Estas hierbas te sentarán bien. Pero si la próxima vez vuelves a darte semejante atracón, ya no te ayudaré —le advirtió la liebre.

Dodo le dio las gracias y desde aquel día nunca más volvió a atiborrarse de miel. Al fin y al cabo, una barriguita sana valía más que toda la miel del mundo.

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