
Cuentos para dormir
El rey y la llave enterrada
Había una vez un rey que era muy desdichado. Su hijo, el príncipe, llevaba ya diez años en la guerra y no volvía nunca. Estaba defendiendo las fronteras del reino. Pero el rey notaba que cada vez le quedaban menos fuerzas. Se estaba haciendo viejo y no tenía a nadie que le ayudara a gobernar.
Además, temía estar rodeado de gente falsa que solo quería hacerle daño. Le parecía que sus consejeros despilfarraban sus bienes y se gastaban su dinero.
Tenía miedo de que, cuando él ya no estuviera, y ese momento se acercaba, le quitaran absolutamente todo y a su hijo no le quedara nada que gobernar. Así que agarró la llave de la sala donde se guardaban los tesoros reales y la enterró.
Después se metió en la cama, escribió una carta y se quedó dormido para siempre. Cuando el príncipe se enteró de que el rey ya no estaba entre los vivos, dejó la guerra y volvió a casa. Estaba preparado para gobernar el reino, pero en lugar de la llave de la sala del tesoro encontró solo una carta con una única frase: «Está donde por primera vez fuiste más fuerte que yo». El príncipe lo comprendió: ¡era una adivinanza! ¡Y solo si la resolvía llegaría hasta el tesoro!
El rey había sido un hombre muy sensato y no quería que el tesoro cayera en otras manos. Por ejemplo, en las de los malos consejeros. El príncipe pensó y pensó días y noches enteros. Recordaba los ratitos que había pasado con su querido padre e intentaba entender de qué hablaba la adivinanza. ¡Y de pronto lo supo!
Tendría unos diez años cuando él y su padre echaron una carrera a caballo para ver quién llegaba antes al gran roble. Aquel día, por primera vez, el príncipe le ganó al rey: ¡fue más rápido! ¡La llave tenía que estar enterrada justo allí! El príncipe desenterró la llave, se convirtió en rey y reinó durante muchos años, y muy bien.
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