
Cuentos para dormir
La amistad trae alegría
Gabriel era un caballero valiente y sabio, fiel a sus reyes, que defendía su querido reino. La gente decía incluso que era el mejor caballero que había vivido nunca en el castillo. Pero Gabriel estaba muy triste. Había perdido a sus padres cuando todavía era joven, no tenía hermanos y se sentía terriblemente solo.
Los cortesanos le decían: —Tienes que encontrar esposa. El amor puede curar hasta el corazón más triste y devolverle la alegría de vivir.
Pero Gabriel no les hacía caso. Pensaba que en ningún sitio había una novia adecuada para él.
De vez en cuando salía de viaje a tierras lejanas. Le encantaban esos viajes, pero siempre le costaban muchas fuerzas. Se cansaba enseguida y, al volver, se pasaba horas durmiendo en sus aposentos hasta recuperarse. En uno de esos viajes decidió separarse un rato de los demás caballeros y quedarse solo. Subió a una montaña enorme y ante él se abrió una vista como no había visto nunca. El bosque de otoño, bañado por los últimos rayos cálidos del sol, y por todas partes, los sonidos de la naturaleza salvaje. «¿Qué más se puede pedir?», pensó.
De repente oyó el grito fuerte y asustado de una mujer. Decidió averiguar de dónde venía. Bajó la ladera y vio a una muchacha enredada en un lazo para cazar jabalíes. Era preciosa. Tenía el pelo largo y negro como el azabache y unos ojos grandes y castaños. Lo miró suplicante y el caballero Gabriel la ayudó enseguida a salir de la trampa.
—¿Qué haces aquí tú sola? En lo más hondo del bosque puede ser peligroso. Te podían haber comido los lobos.
—¿Crees que me dan miedo los lobos? —le soltó la muchacha—. No tenía otro sitio adonde huir. Mi padre, el rey, quiere que sea como todas las demás princesas y que le obedezca en todo. Pero eso no es para mí. Yo quiero ser un caballero de verdad.
—¡Ja, ja, ja! ¿Una chica, caballero? —se echó a reír Gabriel.
—¿Es que crees que soy una cobarde? ¿O que no tengo tanta fuerza como tú?
Gabriel no tuvo tiempo de contestar, porque detrás de él apareció un lobo enorme. Quiso avisar a la muchacha, pero cuando se volvió hacia ella, ya no estaba. Gabriel intentó desenvainar la espada para defenderse, pero en ese momento solo oyó un gemido de lobo y se dio la vuelta rápidamente. El lobo estaba tumbado en el suelo y, de pie a su lado, estaba la muchacha. El lobo se levantó como pudo y salió corriendo hacia el bosque, gimoteando y levantando polvo.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Gabriel, completamente desconcertado.
—Pues he sido rápida y lista, y él no estaba atento.
—Gracias por salvarme la vida —dijo Gabriel—. ¿Cómo te llamas?
—Mariana —contestó la muchacha desconocida.
—Te ofrecería acompañarte al castillo, pero supongo que no quieres volver allí.
—Iré con gusto si le cuentas a mi padre lo valiente y lista que soy. Y además, me vendrá bien tener compañía en el camino.
Mariana y Gabriel se pusieron en camino. Resultó que la valiente princesa vivía en un reino amigo y que su padre había oído hablar muy bien de Gabriel. El rey permitió que Mariana aprendiera a ser caballero con Gabriel como maestro. Desde entonces fueron los mejores amigos y Gabriel volvió a sonreír. Así de grande es el poder de la amistad.
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