
Cuentos para dormir
La araña a la que todos tenían miedo
Había una vez una araña que se llamaba Toño, y a aquel pobre arañito nadie lo quería. Todos lo perseguían con la escoba o con la sartén, todos lo echaban de casa, fuera adonde fuera. Y eso que Toño solo quería tejer su telaraña en algún rinconcito tranquilo y húmedo de la habitación y cazar unas cuantas moscas ricas para desayunar. Todos sus días eran casi iguales. Se colaba por unas cuantas paredes y tuberías, encontraba un salón o una habitación nueva, intentaba instalarse en algún rincón donde nadie se fijara en él, y al rato ya lo estaban echando otra vez, y apenas le daba tiempo a escapar para que nadie lo pisara.
Y un día llegó hasta fuera de la ciudad, al campo, a un pueblecito de casitas de fin de semana. Había muchísimas casitas y casas de campo, y a Toño se le ocurrió que a lo mejor en alguna de ellas podría encontrar por fin un refugio acogedor. «En el peor de los casos, me esconderé en algún granero», pensó. Así que decidió probar suerte en la primera casita que encontró. Se coló dentro por una rendija pequeñita de la puerta y enseguida se puso a explorar.
—Vaya, vaya, mira por dónde —dijo, moviendo la cabeza, cuando se encontró con otra puerta de madera—. ¿Qué habrá detrás de esta puerta? —Cuando se coló por el hueco entre el umbral y la puerta, apareció ante él una larga escalera de piedra y la vista de un auténtico paraíso de arañas. Era un sótano enorme bajo tierra, con paredes de piedra. El aire era fresquito y húmedo, justo como a él le gustaba, y había un montón de rendijas y rincones donde podría tejer su telaraña perfecta. ¡Y eso no era todo! De pronto, desde cada rincón lo miraban miles de ojos: el sótano estaba lleno de arañas como él. Se quedó un rato quieto, mirándolas a todas muy sorprendido.
—¡Bienvenido, amigo! ¿Cómo te llamas? —le gritó de pronto una de ellas.
—Me llamo Toño —contestó él, un poco vergonzoso.
—¡Bienvenido al paraíso de las arañas, Toño! —le gritó otra.
—¿Cómo es que sois tantas? ¿Nadie os ha echado de aquí? —se extrañó Toño.
—No —dijeron, negando con la cabeza—. A la señora que vive aquí le gustan las arañas. Si te metes en su cocina, te saca al jardín, pero si te quedas aquí, en el sótano, nadie te hará daño.
—¡Qué maravilla! —se alegró Toño. Se frotó las patitas y enseguida se puso a tejer una telaraña preciosa y enorme en el primer rincón bonito que encontró.
Y así vivió en aquel sótano, feliz y contento con su pandilla de arañas, y que yo sepa, allí siguen todos juntos, metiditos en su rincón y muy a gusto, hasta el día de hoy.
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