
Cuentos para dormir
La cabrita Lony y su vida en la granja
Era un día precioso y soleado, y la primavera llegaba poquito a poco. En una granja rodeada de prados preciosos vivían un montón de animalitos. En la granja vivía también una cabrita pequeña que se llamaba Lony. Le encantaba sentir el sol calentito en el lomo y jugar en la hierba blandita de su cercado. Pero había una cosa que a la pequeña Lony le daba miedo.
Le daban miedo las personas. Aunque las personas de la granja eran simpáticas y cuidaban con cariño a todos los animalitos, a la cabrita le daban miedo. ¡Si no se parecían a los demás animalitos! No tenían pelo, andaban de una forma muy graciosa, a dos patas, y hasta les salían de la boca unas palabras rarísimas. Cada vez que Lony veía al granjero o a su familia, corría a esconderse detrás de su mamá o se iba al granero, donde se sentía a salvo. Pero su mamá siempre le decía:
—Las personas de esta granja son buenas, Lony. Nos dan de comer y nos cuidan, no tienes por qué tenerles miedo —le repetía.
Pero la pequeña Lony les seguía teniendo miedo: al fin y al cabo, eran distintas a los animalitos.
Un día, mientras Lony paseaba por la granja disfrutando de la hierbecita, se dio cuenta de que alguien se le acercaba. Corrió a esconderse detrás de un arbusto pequeño para que nadie la viera. Era una niña pequeña. Llevaba unas trenzas muy graciosas atadas con lazos de colores y una sonrisa alegre en la cara. «Desde luego, no se parece nada a los animales de la granja», pensaba Lony. La niña del vestido rojo y las botas de agua azules venía muy contenta, derechita hacia ella. Era Diana, la hija del granjero.
A Lony el corazón empezó a latirle a toda prisa mientras la niña se acercaba cada vez más, con paso alegre.
Diana se paró a unos pasos del arbusto y habló con voz suave:
—Hola, Lony —dijo bajito—. Soy tu amiga, no tienes que tenerme miedo, no te voy a hacer daño —le sonrió a la cabrita.
Lony se asomó con timidez por detrás del arbusto, pero no se atrevió a dar ni un paso hacia la niña. La niña lo intentó de todas las maneras, pero no hubo forma de que la cabrita saliera de detrás del arbusto.
Pero Diana no se rindió, y al día siguiente volvió a ir a ver a la cabrita. Lony estaba en el prado, pastando. Justo estaba disfrutando de una hierba muy rica y de unas hierbas aromáticas. Pero esta vez Diana llevaba algo en la mano. Era un trocito de manzana muy jugoso. ¡Ay, sí, a la pequeña Lony los trocitos de fruta le encantan!
Lony echó a andar con timidez hacia la niña. Despacito, dio un pasito adelante y luego otro. Cuando estuvo bastante cerca, la niña dejó la manzana en la hierba y Lony se acercó deprisa y le dio un mordisco.
Diana se echó a reír. —¿Ves qué rica está? —decía riendo, y con cuidado le puso la mano encima a la pequeña Lony. La acarició con suavidad en el lomo, y la cabrita se estremeció de miedo y salió corriendo hacia el granero. Se había asustado.
Aunque a la cabrita la niña todavía le daba miedo, ya le había aceptado la manzana. Día tras día, Diana iba a ver a Lony y siempre le llevaba algo rico. Unas veces hierba fresca, otras una zanahoria crujiente, o aquellas manzanas tan jugosas que tanto le gustaban.
Lony seguía teniendo miedo, pero empezó a pensar que, a lo mejor, Diana no era tan terrible como ella creía que eran las personas. Aunque no fuera un animalito como ella y le salieran de la boca palabras graciosas, eso no quería decir que no pudieran ser amigas.
Una mañana muy temprano, cuando Diana llegó al prado donde Lony pastaba con su mamá, pasó algo nunca visto.
Lony miró a su mamá, que le dijo que sí con la cabeza y le susurró algo al oído, y Lony echó a correr muy contenta hacia la niña. A Diana se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¡Por fin has empezado a confiar en mí! No te vamos a hacer daño —dijo, y acarició a la pequeña Lony. Ella se dejó y le tomó de la mano una zanahoria muy rica.
Desde aquel día, Lony ya no le tuvo miedo a la pequeña Diana. Pasaban juntas el tiempo en la granja todos los días y se hicieron amigas inseparables. Poco a poco, Diana se ganó el corazón de Lony. Aunque tardó más de la cuenta, la niña no se rindió. Y aunque antes a Lony también le daban miedo las demás personas, con la ayuda de la niña aprendió a no tenerles miedo tampoco.
Aunque anduvieran a dos patas y hablaran de una forma tan graciosa, de verdad que las personas no eran tan terribles como ella había pensado todo aquel tiempo.
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