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La carrera de los osos – cuento para niños

Cuentos para dormir

La carrera de los osos


Muy lejos, más allá de siete montañas y siete valles, hay un bosque de osos. Por el nombre ya te imaginarás que allí solo viven osos. Pequeños y grandes. Viven en familias muy grandes. Lo hacen todo juntos. Juntos recogen provisiones de comida, juntos se acuestan para el sueño de invierno y se ayudan a construir sus oseras. Y cuando llega la primavera, organizan carreras y concursos de todo tipo, para divertirse y estirar los músculos después del largo descanso de invierno.

Este año no fue diferente. En cuanto los osos se despertaron del largo invierno, se desperezaron, se frotaron los ojos y miraron a su alrededor, ya estaban pensando qué carreras iban a organizar. Al poco rato decidieron que esa primavera se haría una carrera de obstáculos. Se correría desde el primer árbol del bosque, a través de la cueva, junto a la peña de los osos y por debajo de las ramas rotas, hasta volver otra vez al primer árbol. Todos estaban contentos de haberlo decidido tan deprisa y de estar de acuerdo en todo.

Ahora todos los osos corredores tenían tiempo para prepararse. Antes de la carrera de obstáculos tenían que entrenar un poco y ganar fuerzas. Así que todos se pusieron a buscar por el bosque la mejor comida. Un oso comía frutos del bosque y otro buscaba setas y raíces escondidas. Pero entre todos esos osos había uno que tenía su propio método. Encontró unas papeleras y sacaba de ellas solo cosas nada sanas. Restos de pastelitos y galletas y, en fin, todas las sobras que la gente había tirado. Lo juntó todo con mucho cuidado, se sentó debajo de un árbol y no paraba de atiborrarse.

Por allí pasó corriendo un oso negro. Estaba entrenando para la carrera e intentaba correr lo más rápido posible. Pero cuando vio a su amigo oso sentado comiendo solo dulces, se paró y le dijo: —¿Qué haces? Así no vas a terminar la carrera de obstáculos. No puedes. Te va a doler la tripa. Eso no es sano. —A lo mejor no es sano, pero está muy dulce. Y merece la pena —contestó el oso goloso debajo del árbol, y se relamió todo el hocico. El oso negro solo negó con la cabeza y dijo: —Yo te he avisado. Y siguió corriendo.

Al cabo de un tiempo llegó el gran día. El día de la carrera de obstáculos. Todos los osos corredores estaban preparados en la línea de salida, junto al primer árbol. Allí estaban, uno al lado del otro, el oso negro y el goloso, el que se había comido todas las sobras. Todos estaban nerviosos. Esperaban preparados para salir corriendo en cuanto dieran la salida. Los osos echaron a correr y empezó la carrera.

Todos se esforzaban. Saltaban piñas, atravesaban la cueva, tomaban las curvas. Pero al poco rato pasó algo. El oso goloso empezó a ir más despacio. Se sujetaba la tripa y no podía respirar bien. Se encontraba mal. Todas las golosinas y las cosas poco sanas se le habían revuelto en la tripa y ahora le apretaban. El oso goloso se sentó junto a la peña y no podía seguir. Le dolía muchísimo. En ese momento pasó corriendo el oso negro. Primero pasó como un rayo. Pero luego le dio pena y volvió con el oso goloso. Lo ayudó a levantarse. Lo sostuvo y juntos, despacito, llegaron a la meta.

El oso negro, aunque había entrenado como es debido y había comido sano, no ganó la carrera. Pero se sentía bien por no haber dejado a su amigo junto a la peña. Haberlo ayudado era para él el mejor premio. ¿Y el oso goloso? Estaba muy contento de que el oso negro hubiera vuelto a por él y de haber llegado a la meta solo gracias a él. Y nunca olvidó que atiborrarse solo de dulces no sirve para nada.

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