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La ley de los lobos – cuento para niños

Cuentos para dormir

La ley de los lobos

Marita P.1 de junio de 20264 min de lecturapara preescolar

Lejos, en lo más profundo del bosque, vivía una manada de lobos. Se cuidaban, se ayudaban y siempre estaban unidos. Tenían sus leyes de lobos y sus normas, y las cumplían. Nadie podía saltárselas. En la manada había lobos jóvenes y viejos, hembras y machos. Todos se protegían unos a otros y vivían juntos y felices.

Un día, un lobo joven paseaba solo por el bosque cuando de pronto oyó unos ruidos extraños. Venían de algún sitio entre los matorrales. Eran los ruidos de una cría, pero no de una cría de lobo. El lobo se acercó para ver quién los hacía. Cuando lo vio, dio un salto atrás y se agachó. Era una cría humana. Entre los matorrales estaba acurrucada una niña pequeña.

Cuando la niña vio al lobo, se asustó y se escondió más adentro de los matorrales. Pero al rato la pequeña se armó de valor, le tendió la mano al lobo y le dijo con voz tranquila: —No tengas miedo, no te voy a hacer daño. Me he perdido y tengo miedo. ¿Me ayudas a encontrar el pueblo donde vive la gente, para que pueda volver a casa?

El lobo se quedó quieto, mirando a la niña. La miró a los ojos y, en ese momento, fue como si un calorcito le recorriera todo el cuerpo. Una magia cálida que lo empujó hacia su mano. La olfateó con suavidad. ¡Nunca había olido un olor tan dulce! En lo más hondo de su ser sabía que tenía que ayudarla. Así que dejó que se apoyara en su lomo y la fue guiando fuera del bosque.

La llevó hasta el pueblo y entonces la empujó con cariño para que entendiera que ya tenía que seguir sola. Todavía la estuvo mirando desde lejos, para ver si llegaba bien. Cuando vio que otras personas cogían a la niña en brazos, volvió tranquilo con su manada.

Pasaron unos días y el lobo volvía a pasear por el bosque. Pero en el aire olfateó un olor dulce que conocía. Empezó a dar vueltas buscando de dónde venía. Y entonces la vio. Detrás de un árbol estaba la niña a la que había salvado.

Cuando vio al lobo, corrió hacia él y lo abrazó. —¡Sabía que te encontraría! Hoy no me he perdido, he venido a buscarte. Quería darte las gracias por llevarme a casa aquel día. Te he echado mucho de menos —le susurraba la niña al oído. Al lobo volvió a recorrerle aquella magia cálida. Sabía lo que significaba. El lobo aceptó a la niña. Sabía que estaba muy unido a ella. Y que, desde ese momento, la protegería como si fuera de su manada, aunque viviera con las personas. Ese lazo que lo unía a ella no lo rompería nadie jamás.

Con el tiempo, la niña pequeña se hizo mayor. Creció muy deprisa. Durante todo ese tiempo siguió yendo al bosque a ver a su lobo salvador. Y él siempre la esperaba. Ni siquiera los otros lobos le hicieron nunca ningún daño. Sabían que, si uno de ellos estaba unido a ella, ella era parte de la manada. Y esa es la ley de los lobos.

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