
Cuentos en audio
La ratita del cartel
A las afueras de la ciudad, en una casita pequeña, vivía un pintor. Pintaba cuadros y carteles de todo tipo. Y siempre pintaba animales. En unos se paseaba muy orgulloso el gato con botas; en otros, erizos con una manzanita, y en otro había pintada una ratita con un trozo de queso. El pintor tenía todos sus cuadros y carteles colgados y expuestos en su jardincito.
Un día, la ratita del queso del cartel decidió salir a dar una vuelta y ver qué había por allí. A lo mejor hasta se encontraba con algún animalito de verdad. Y allá que fue. Saltó del cartel al suelo y se fue a explorar los alrededores. El queso que tenía pintado en el cuadro se lo llevó en la patita.
Al rato, la ratita pintada se encontró con una ratita de verdad. —¡Hola! ¡Qué alegría encontrar a alguien! ¿Cómo te llamas? —preguntó la ratita del cartel.
La ratita de verdad la miró de arriba abajo y luego dijo: —Yo soy la ratita de la casa del pintor. Vivo allí, en el desván. Y a ti te conozco. Eres la ratita del cartel, ¿a que sí? Vi cómo te pintaba el pintor. ¿Todavía llevas tu queso?
—Sí, soy yo. La ratita del queso del cartel. ¿Y tú no tienes queso? ¿Cómo es eso? —preguntó con curiosidad la ratita pintada.
—Es que a las ratitas de verdad no nos gusta el queso. En los cuentos y en los dibujos a todas las ratitas les encanta el queso, pero a nosotras, las ratitas de verdad, nos gustan otras cosas. Cosas más dulces. Un trocito de chocolate, una avellana o unas miguitas de pan. ¡Algunos quesos hasta nos huelen fatal! —le explicó la ratita de verdad.
—Ah, pues no lo sabía. ¿Y podrías venir conmigo a ver a mi pintor y explicarle cómo son las cosas de verdad? Para que, en lugar del queso, me pinte otra cosa. Por ejemplo, esa avellana —le pidió la ratita del cartel a la de verdad.
Y así se fueron las dos a ver al pintor. Al principio, él se preguntaba quién venía a visitarlo. Y se quedó muy sorprendido de que le hablaran una ratita pintada y otra de verdad. Escuchó con atención mientras las dos se lo explicaban todo. Y luego decidió darles ese gusto.
Así que pintó en el cartel una avellana preciosa y un trocito de chocolate. La ratita dibujada volvió muy contenta a su cartel, al lado de las golosinas, y estaba feliz de ser ahora como la ratita de verdad. Con las cosas ricas que también les gustan a las ratitas de verdad. Para que todos los que pasaran junto al jardín del pintor pudieran ver cómo son de verdad las ratitas.
Cuentos cortos Cuentos de animales Cuentos de ratones Cuentos para preescolar




¿Qué te pareció el cuento?