
Cuentos para dormir
El cuento del erizo Avellanito
Había una vez un erizo pequeñito que se llamaba Avellanito. Vivía en un bosque que justo entonces se estaba convirtiendo en un precioso cuento de otoño. Las hojas de los árboles se volvían amarillas, naranjas o rojas y caían despacito al suelo.
Avellanito era un erizo muy tímido y los demás animales del bosque le tenían miedo a sus púas, por eso no tenía muchos amigos. Le gustaba esconderse en su madriguera y desde allí miraba a las ardillas bailando por los árboles o a los zorros colándose sigilosos entre los arbustos. Avellanito sabía que ya era hora de prepararse para el duro invierno.
El solecito se abría paso entre los árboles y los animalitos se asomaban de sus casitas. Todos tenían muchísimo trabajo. Los animales se preparaban para el invierno que se acercaba: se movían entre las hojas que crujían para recoger comida y construirse refugios seguros. Los osos se preparaban para dormir todo el invierno, los zorros hacían sus madrigueras y las ardillas buscaban por el bosque los frutos secos caídos. El erizo sabía que madriguera sí tenía, pero comida tenía muy poquita. —Con esta manzanita no me va a llegar —se dijo Avellanito con tristeza al ver la única manzana que había sobre su camita de hojas.
Avellanito sacó con cuidado el hocico de la madriguera y se fue de expedición. Tenía que recoger algo para él y prepararse para el invierno. El erizo iba despacito por el bosque y sus patitas diminutas crujían entre las hojas caídas, que habían formado una alfombra preciosa de colores. De repente vio en el suelo unos frutos secos y unas lombrices pequeñas. Ya iba a tomarlos cuando, de pronto, una ardillita pelirroja saltó delante de él y se le adelantó.
—¡Eso es mío! —gritó. Qué se le va a hacer, cada uno luchaba por la comida como podía. Avellanito se asustó, dio un paso atrás y contestó con pena: —Perdona, no quería, es que todavía no tengo nada guardado. —La ardilla se quedó pensando.
—Bueno, a mí las lombrices tampoco me gustan mucho, te las puedes quedar —dijo, y agitó su cola esponjosa. Al erizo le sorprendió que la ardilla no le tuviera miedo a sus púas; hasta le colocó entre ellas las lombrices pequeñas. —¿Me ayudas, por favor, a buscar comida? Yo no tengo muchos amigos, y tú eres rápida y desde arriba seguro que ves más que yo —le preguntó con timidez el pequeño erizo. La ardilla, que le dijo que se llamaba Mica, sonrió. —¡Claro que sí, te ayudo encantada! —contestó Mica muy contenta.
Y así el erizo siguió por el suelo a su nueva amiga la ardilla, que saltaba de rama en rama para ayudarle a encontrar comida. —¡Allí hay unas bayas caídas! —gritó desde un roble, bajó de un salto al suelo y llevó al erizo justo hasta ellas. Con la ayuda de Mica, él se fue colocando las bayas en su lomo lleno de pinchos. Y así los nuevos amigos recogieron bayas, lombrices, una manzanita y caracoles. La noche ya estaba terminando y el erizo volvió a su madriguera, muy agradecido por la ayuda de su nueva amiga. Cuando ya se estaba acostando, alguien llamó a su puertecita.
—También te vendría bien un poco de musgo blandito para estar calentito en invierno —dijo la ardilla Mica, que había aparecido delante de su madriguera.
—Gracias —contestó el erizo de todo corazón, e invitó a su nueva amiga a pasar. Y así el tímido erizo abrió su corazón, aceptó la ayuda de su nueva amiga y no pasó el invierno solo. Estaba contento de que, por fin, alguien no le tuviera miedo a sus púas.
Cuentos cortos Cuentos de animales Cuentos para preescolar




¿Qué te pareció el cuento?