
Cuentos para dormir
El príncipe y el dragón
Más allá de siete ríos vivía hace mucho tiempo un príncipe muy valiente. Protegía su ciudad de los bandidos malos y cuidaba de la gente pobre, para que nunca le faltara de nada. Un día se enteró de que en las montañas, cerca de la ciudad, vivía un dragón. La gente le tenía miedo: ¡se podía comer todos sus animales! Por eso el príncipe no lo pensó dos veces y, montado en su valiente caballo, se fue hacia las montañas donde decían que vivía el dragón.
El príncipe fue solo, sin acompañantes. Aunque el dragón era un animal temible, no quería que a nadie le pasara nada. En las montañas, delante de una cueva, bajó del caballo y entró. Pero dentro estaba oscurísimo y el príncipe casi no veía nada.
Solo dos ojos enormes y brillantes que lo estaban mirando.
—¿Qué quieres aquí, príncipe de estas tierras? —tronó la voz del dragón, que estaba claramente enfadado porque alguien lo molestaba.
—Buenos días, señor dragón —hizo una reverencia el príncipe—. Siento molestarle, pero he venido a conocerle. Verá, la gente de mi ciudad le tiene miedo. Es usted grande y fuerte.
—Lo soy —asintió el dragón.
—Y seguro que también valiente, orgulloso e intrépido. —El dragón volvió a asentir con la cabeza—. Todo eso se sabe muy bien de los dragones. Pero, verá, yo sé algo más. Que es usted un dragón bueno. Porque nunca ha atacado nuestra ciudad, ni nos roba los animales ni las princesas.
El dragón se rio al oír aquello. —Ah, sí, eso solo lo hacen los dragones aficionados, que no saben llevarse bien con la gente. Tiene razón, príncipe: soy un dragón bueno.
El príncipe sonrió. —Entonces quería pedirle si sería tan amable de proteger nuestra ciudad. De esos dragones malos y de los bandidos. Se lo agradeceríamos muchísimo.
El dragón se quedó un rato pensando en las palabras del príncipe, pero al final aceptó. Hicieron un trato. El dragón protegería la ciudad de las criaturas malas, y a cambio la gente le llevaría buena comida y, de vez en cuando, charlaría un rato con él. El príncipe estaba encantado, porque todo se había podido resolver con sensatez y, con aquel trato, salían ganando todos.
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