Valeria y su jardincito

Érase una vez una casita muy pequeñita en la que vivían un abuelo y una abuela. Vivían allí muy felices y contentos. Delante de la casita tenían un jardín preciosísimo en el que trabajaban los dos. En él crecían muchos árboles frutales y flores de todos los colores.

Y detrás de la casita empezaba un bosque espeso. No había ninguna otra casita ni ninguna otra persona. La única que vivía allí con ellos era una paloma blanca. Así vivieron allí durante cien años enteros, hasta que les llegó la hora.

Cuento para leer - Valeria y su jardincito
Valeria y su jardincito

La casita se quedó vacía. En primavera, cuando todo despertó tras el largo invierno, el jardincito empezó a sentirse triste. No tenía a nadie que la cuidara, a nadie que se alegrara con sus flores. 

Tanto se lamentó el jardincito que de las flores y de los árboles empezaron a caer los pétalos. El viento los amontonó y, de pronto, de aquel montoncito nació una niña. Todos la llamaban Valeria. Los animalitos, las flores y los árboles, todos la querían muchísimo. Y ella los quería y cuidaba de ellos. 

La mejor amiga de Valeria llegó a ser una palomita blanca. Ella le enseñó a hacerse vestiditos, a lavar la ropa, a cuidar de la casita y otras cosas útiles. Para el invierno, Valeria tenía fruta y verduras de la huerta, y se pasó todo el invierno dormida, igual que su huerta. 

Y así vivió Valeria, feliz y contenta, durante siete años enteros. Hasta que, una noche de invierno, recibió una visita muy extraña.

Justo en una noche de mucho frío, Valeria oyó que alguien llamaba a la ventana helada. Fuera había una abuelita. Y como era una niña buena y no sospechaba nada malo, invitó a la abuelita a pasar.

«¿Quién eres, abuelita? Estás helada», se estremeció Valeria.

La abuelita habló con una voz que chirriaba como el hielo: «Yo soy la vieja Escarcha. Hija del cruel invierno. Me echan de todas partes. Así que viviré contigo. Y tú me servirás.»

La vieja se metió en la casa de golpe, sin siquiera cerrar la puerta detrás de ella. Con ella se coló la nieve en la habitación, y el fuego de la estufa se apagó en un instante. La Vieja Escarcha se hizo una cama en un montón de nieve, en medio de la sala, y se quedó dormida. Valeria, tiritando de frío, se acurrucaba bajo el edredón. ¿Qué iba a hacer con la Vieja Escarcha?

La Vieja Escarcha era una dama de lo más peculiar. Incluso abría las ventanas y las puertas para que la helada se metiera en todos los rincones de la casa. Y cuando estaba de buen humor, se ponía a cantar bien alto. Pero entonces Valeria se tapaba los oídos, porque el canto de la Vieja Escarcha sonaba peor que el graznido de los cuervos.

La Vieja Escarcha trataba mal a Valeria. La tenía como si fuera su criada. Tenía que prepararle para la comida bolas de nieve con sus manitas desnudas. Por la tarde tenía que contar copos de nieve o atrapar el viento frío. 

Pero en primavera Valeria se encontraba mejor. El jardincito la llenaba de alegría y el solecito la acariciaba la cara. Por el jardincito soportaba a la vieja doña Invierno en la casita. Si no, quizá ya se habría escapado. Pero ¿adónde podría ir? ¿Y quién cuidaría de sus flores y de sus árboles? 

Mientras en primavera Valeria estaba mejor, la vieja Escarcha lo pasaba mal. Durante la primavera y el verano estaba débil. Y así iba al bosque espeso, hasta la fuente, donde se sentaba al fresco y se refrescaba con agua fría como el hielo.

Valeria solía sentarse en el jardincito.

«Ay, mi querido jardincito, donde más me gusta estar es aquí contigo. Pero aun así sigo apenada», suspiraba Valeria de vez en cuando.

Valeria, capullito nuestro, ¿qué te apena?», preguntaba el jardincito.

«Mi señora me ha vuelto a estropear el día. Cuando sonrío, se enfada. Cuando lloro, se ríe.»

«La Baba Escarcha está enfadada porque hace calor. Va a sentarse al fresco junto a la fuente, mira el agua y ve en ella el sol reflejado entre los árboles. Se cree que es ella y se tiene por una gran belleza. Pero esta noche, en vez de la luna, apareció una nubecita dorada, y en ella tu reflejo se reía de la Vieja Escarcha, que enseguida echó barro al agua para espantar la imagen y salió huyendo. Está enfadada porque no estás en su poder y porque eres más hermosa que ella.»

Eso asustó a Valeria. «Ay, jardincito, qué mal está esto. Seguro que me castigará por esto.»

Aquella noche de mayo hizo un frío nunca visto. Incluso heló. Al amanecer, el jardincito de Valeria estaba cubierto de nieve. No era un frío cualquiera. Era la vieja Escarcha. El jardincito entero tiritaba bajo la helada. Cuando por fin asomó el solecito y acarició las florecillas, el jardincito se despertó y empezó a buscar a Valeria. 

«¿Dónde estará nuestra Valeria?», llamaba el jardincito.

Del bosque llegó volando una palomita blanca.

«Jardinito, jardinito, la bruja Escarcha se llevó a Valeria al bosque. Le vendó los ojos para que ya no encontrara el camino de vuelta. La llevó por el bosque de un lado a otro para que se perdiera. Jardinito, ya no volverás a ver a Valeria.»

El jardinito se entristeció. «Así se vengó la bruja Escarcha de Valeria por ser tan hermosa.»

La bruja Escarcha volvió a ir a sentarse junto al manantial. Vio en él el sol y volvió a pensar que era ella.

«Qué guapa soy», se dice muy contenta. «Y mira, ya es mediodía. Y la niña no aparecía por ninguna parte; por fin me he librado de ella. ¡No hay nadie más hermosa que yo!

Pero Valeria no estaba nada mal en el bosque. El bosque fue bueno con ella y le preparó una camita de musgo. Los árboles entrelazaron sus ramas para que no lloviera sobre Valeria. Los animalitos del bosque jugaban con Valeria. También las mariposas, los abejorros y las abejitas jugaban encantados con Valeria. A veces el bosque organizaba un baile para Valeria. Y allí era tan feliz que pronto se olvidó de la vieja Escarcha y del huerto.

Una noche, Valeria soñó con su jardincito. Tanto, que hasta sintió una punzada en el corazón. Se despertó y suspiró.

«¿Qué estará haciendo mi querido jardincito?»

El jardincito se marchitaba; no tenía a nadie que lo cuidara. Y la vieja Escarcha, como siempre, fue hasta la fuente para contemplar su propia hermosura. Pero cuando llegó el otoño, el sol del mediodía ya no brillaba tanto. Aquel día, la vieja Escarcha vio en la fuente su verdadero rostro: arrugado y pálido como la luna. Le dio tanta rabia que dio una palmada en el agua, y en ese mismo instante volvió a ver aquella nubecita dorada y, dentro de ella, a Valeria. La bruja Escarcha arrojó una piedra al agua para espantar aquella hermosa imagen. Se puso tan furiosa que se precipitó a la casita y empezó a destrozar todo lo que Valeria había dejado allí. Destrozaba todas las cosas, la vajilla y los muebles; todo lo hacía trizas y lo rompía. Y entonces se acordó del jardincito. ¡Si era lo que más quería aquella chica!

La enfurecida bruja Escarcha llamó en su ayuda a sus fieles servidores. Y los duendecillos se lanzaron al huerto. Uno daba azadazos a diestro y siniestro, otro cogió un pico, el tercero una pala, el cuarto un hacha y se puso a talar árboles, el quinto unas tijeras y cortaba flores, y los demás llevaban sierras y serraban todo lo que encontraban. 

Valeria estaba sentada en el bosque, sobre el musgo, y le daba vueltas la cabeza. Como si presintiera que algo le estaba pasando al huerto. 

«Ay, queridos animalitos, ¿qué está pasando? Me encuentro un poco rara.»

«Los hielitos y la vieja Doña Invierno están destrozando el huerto», dijeron tristemente los animalitos.

«Ay, queridos animalitos, me encuentro un poco mal. ¿Qué está pasando?»

«En el jardincito, la vieja Escarcha ha derribado todos los árboles.»

«Ay, queridos animalitos, se me están cerrando los ojos; creo que dentro de un momento me dormiré.» «¿Qué le ha pasado a mi jardincito?», susurró Florecita.

«Del jardincito no ha quedado absolutamente nada.»

Y Florecita se durmió. Del cielo empezó a caer nieve y lo cubrió todo. También el bosque se quedó dormido. 

Mientras tanto, la vieja Escarcha se relamía en la casita, contenta de que hubiera vuelto el frío. Y, para celebrarlo, organizó una fiesta en su casita con Ventisca, Escarcha y Meluzina. Juntas bailaron y brincaron tanto que hasta los restos de la casita se estremecían. 

Pero después de cada invierno llega la primavera. Los carámbanos se derriten, la nieve se va y todo lo que vive vuelve a despertarse. Y todo el bosque volvió a despertar; los animalitos se acercaban a Valeria, pero no conseguían despertarla. Así que el bosque se reunió con el solecito, el viento, los pájaros y los animalitos. Todos decidieron llevarle hasta allí el jardincito a Valeria. Pero ¿cómo? Pero si del jardincito no quedó nada. 

«Pero algo sí quedó», dijo el viento, y enseguida empezó a traer semillas, huesos y pepitas, y a esparcirlos alrededor de Valeria. 

La lluviecita de primavera ayudó a regar las semillas, el solecito ayudó a las flores a crecer, y enseguida empezaron a brotar flores y arbolitos frutales. Era una escena bien curiosa: un jardín tan hermoso en medio del bosque. 

Valeria se despertó y se alegró muchísimo. Y así volvió a pasar allí una temporadita feliz. Aun así, algo la tenía preocupada.

«¿Qué te pasa, Valeria, que hoy sonríes tan poco?», le preguntó el jardincito.

«Jardincito, tengo miedo. Otra vez se acerca el otoño. Y cuando llegue el invierno, volverá a llevarme la bruja del Invierno.»

Pero el jardincito no sabía qué hacer. ¿Quién podrá ayudar a Florecita?

Hoy el bosque está muy animado. Todavía es verano, y en verano los niños van a bañarse al estanque del claro, junto al bosque. Y luego, con sus jarritas, se adentran en el bosque para recoger dulces fresas, frambuesas, moras y arándanos. También Jeníček fue hoy al bosque, pero con el calor se quedó dormido allí un ratito. Y cuando se despertó, vio una palomita blanca posada en su rodilla. Quiso alargar la mano hacia ella, pero ella se apartó de un salto. Quiso volver a atraparla, pero ella dio otro saltito un poco más allá. Y así se metió en el bosque tras ella, decidido a atraparla. 

Pero de repente vio que a su alrededor crecían flores y árboles frutales. Y en medio estaba sentada una niña muy triste. La blanca palomita se posó en el regazo de la niña, volvió la cabeza hacia Jeníček y le dijo: «Valeria no tiene con quién jugar. Así que no te escapes, Jeníčku.»

Jeníček se puso rojo. Se sentó junto a Valeria en la hierba. Valeria le contó todo lo que le había pasado. Jeníček sonrió.

«¡Eh, niños, venid con nosotros!», llamó Jeníček hacia el bosque.

Y enseguida llegó el resto de los niños. Los niños escucharon aquella triste historia y enseguida le cogieron cariño a Valeria. La acogieron entre ellos y se pusieron a jugar juntos. 

«Valeria, ¿por qué estás siempre tan triste?», le preguntaban los niños.

«Tengo miedo del invierno y de la vieja Escarcha. Seguro que un día me encontrará y acabará conmigo.»

«No tienes que tener miedo de nada», decía Jeníček. «Nosotros estamos contigo. Te vendrás a casa con nosotros.»

«Pero ¿y mi huertito?»

«Tu huertito no se va a ir volando. Te esperará aquí, y nosotros vendremos a ayudarte con él. Y tú también podrás ayudarnos a nosotros. Nosotros también tenemos huertitos.»

«¿De verdad? No lo sabía. Pero ¿qué pasará cuando llegue el invierno y las heladas?»

«No tengas miedo, Valeria. El invierno es bonito y amigo de los niños. Juega con nosotros: hacemos muñecos de nieve, montamos en trineo y patinamos. ¡Y tú también lo harás!»

Y así, los niños se llevaron a Valeria con ellos. 

«Ay, perdonadme, antes no sabía nada de vosotros.» «He vivido aquí sola, no sabía que existían niños ni personas», sonrió Valeria.

«Ahora ya estás con nosotros, ya no volverás a estar sola.» «Porque a quien está solo no le pueden ir bien las cosas», decía Jeníček.

Los niños habrían seguido bailando en el bosque, pero la palomita les recordó que ya era de noche. Era hora de volver a casa. Valeria se fue con Jeníček. Y así todo acabó bien. Pero un momento. ¿Qué pasó con la vieja Escarcha y la casita?

Junto a la casita todo estaba desierto, y el huerto se había convertido en un campo de malas hierbas. Allí, entre las ortigas, se escondía la bruja Escarcha para que el solecito no la encontrara. Ya no iba a la fuente, porque había descubierto que el agua le enseñaba su cara horrorosa. De pronto oyó a unos niños que iban cantando. Venían del bosque. La bruja Escarcha se tapaba los oídos, pero las alegres cancioncillas de los niños sonaban cada vez más fuerte. La bruja corrió a meterse en la casita, pero ni siquiera allí logró esconderse de ellos. No tendría que haber destrozado las ventanas y las puertas; ahora ni siquiera podía encerrarse para no oír el canto. 

Entre las voces oyó también a Valeria, que cantaba alegremente para sí. Eso ya fue demasiado para ella. Y así, la vieja Escarcha se derritió con aquel alegre canto infantil como un carámbano en primavera. La casita se hundió en la tierra. Hoy ya nadie sabe dónde estuvo. Pero el bosque sigue acordándose de Valeria. Cuando en primavera todo despierta y empieza a cantar de alegría, entona justamente una canción sobre Valeria.

Y vosotros, niños, recordad que donde las personas se tratan con bondad, donde el fuego arde en la estufa, donde se construye y no se destruye, donde hay risas y se canta con alegría, allí la vieja Escarcha nunca entrará. Y si aun así pasa, acabará mal.

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