Del cochecito que quería elegir su color

Había una vez un cochecito pequeño de color gris que salió a dar un paseo, pero estaba muy triste.

«¿Por qué tengo que ser gris? Es un color tan aburrido… Me gustaría tener un color bonito y alegre», se quejaba el cochecito. 

Estaba tan ensimismado pensando cómo podría cambiar de color, que casi se salió de la carretera.

«¿Adónde miras?», le gritó un camión, asustado porque el cochecito casi se chocó con él.

Cuento de buenas noches - Del cochecito que quería elegir su color
Del cochecito que quería elegir su color

«Perdona, es que estaba pensando en cómo podría cambiar de color.»

«Eso es fácil», se rio el camión. «Ve a la ciudad. Allí hay un taller de pintura. Es un sitio donde les cambian y arreglan la pintura a los coches».

«Gracias por el consejo, ahora mismo voy para allá», dijo contento el cochecito.

«Y ten cuidado por el camino», le gritó el camión.

Pero el cochecito ni siquiera volvió la vista atrás; solo pensaba en que por fin podría elegir otro color.

Cuando llegó al taller de pintura, enseguida dijo: «Buenos días, me gustaría ser azul como un cielo despejado».

Al poco rato, el cochecito gris ya era azul. Salió del taller de pintura muy contento. Pasó junto a un parque, donde vio florecer las rosas.

«¡Anda, qué color tan bonito! ¡Yo quiero ser rojo!».

Y allá fue otra vez al taller de pintura. Al poco rato, el cochecito azul ya era rojo. 

«Qué bonito soy», pensó el cochecito mientras pasaba junto a un jardín donde un señor estaba cortando el césped.

«¡Anda, qué verde tan bonito! Seguro que será aún mejor», se dijo el cochecito, pisó el acelerador y en un momento ya estaba de vuelta en el taller de pintura. 

Al poco rato, de la cabina de pintura salió un cochecito verde. Pasó por delante del colegio y vio allí a una niña con una cartera morada. 

«Anda, qué color tan bonito. Seguro que a mí también me quedaría muy bien. Será mejor que el verde; de ese ya hay bastante en la naturaleza. Pero morado, eso no lo tiene nadie».

El cochecito volvió a la cabina de pintura, donde lo cambiaron del verde al morado. Salió y disfrutó de lo bonito que estaba. Pero entonces levantó la vista hacia el solecito.

«¡Oh, qué bonito brilla. «Yo quiero ser amarillo como el solecito, para brillar así de bonito yo también», pensó el cochecito.

Volvió al taller de pintura, donde otra vez lo pintaron de amarillo después de haber sido morado.

«Soy como un diente de león con cuatro ruedas», se alegraba el cochecito. 

Pero entonces vio a una señora con un sombrero naranja. 

«No, yo quiero ser una naranja con cuatro ruedas», se empeñó, y ¡hala!, de vuelta al taller de pintura.

«Pero ¿qué color quieres de una vez?», se enfadó el señor del taller de pintura, porque se pasaba el día repintando una y otra vez el mismo coche.

«Naranja», dijo el cochecito, pero en ese mismo momento soltó: «No, amarillo. No, mejor ¡verde! O azul. Pero no, violeta.» «Ay, hay tantos colores bonitos en el mundo… ¿cómo voy a elegir solo uno?», preguntó apenado el cochecito, con lágrimas ya asomándole a los ojos.

El señor se dio una palmada en la frente: acababa de tener una idea.

«Ya sé cómo resolver tu problema. Ven, vamos a pintarte».

Al poco rato salió del taller de pintura un cochecito como nadie había visto jamás en la carretera. Era arcoíris. Llevaba juntos todos sus colores favoritos. Por fin estaba contento. Y le sentaban de maravilla. 

Y así, el cochecito, tan contento, se fue a casa para dormirse después de aquel largo día. Ya no era aburrido y gris, ni de un solo color, sino de colores del arcoíris. Y estaba deseando alegrar a todos los que lo miraran. 

Califica esto post

2 Comentarios

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *