Sobre la sirenita que no sabía cantar 

Bajo la superficie del mar, donde la luz se rompía en las olas y los pececitos de colores nadaban entre los corales, vivía la pequeña sirena Liliana.

Todas sus amigas cantaban desde pequeñas: por la mañana, cuando el mar despertaba, y por la noche, cuando la corriente se calmaba. Solo a Lili no se le daba muy bien cantar. Cuando cantaba, incluso los cangrejos se escondían discretamente en la arena para no tener que escucharla. 

Cuento de buenas noches - Sobre la sirenita que no sabía cantar
Sobre la sirenita que no sabía cantar

Ella no se avergonzaba de ello. Sabía que no era precisamente su punto fuerte y que sabía hacer otras cosas. Solo le entristecía no sonar nunca como las demás, porque todas las demás sirenas cantaban de maravilla. 

Cada martes, las jóvenes sirenas se reunían junto a la gran concha. La profesora de canto les enseñaba canciones antiguas que, según decían, antes calmaban el mar. Lili intentaba mantener el tono, pero después de unas pocas palabras ya estaba claro que, ni hoy, el canto iba a mejorar. 

Le gustaba mucho más nadar y observar el mar en la bahía poco profunda que cantar. Las corrientes de agua llevaban las conchas hasta la orilla. Y la arena formaba pequeñas olas y montículos. Así, Lili se dio cuenta de que, cuando el agua fluye demasiado rápido sobre algo, se crea un remolino. Y cuando el remolino choca contra el acantilado, puede ser bastante peligroso. 

Una tarde, un remolino así arrastró a varios pececitos hasta una hondonada entre las rocas y no podían salir. Lili estaba recogiendo conchas cuando oyó sus débiles llamadas. 

Nadó hasta ellos y trató de tranquilizarlos: «No os preocupéis, os sacaré de aquí». Lili no era precisamente la reina del canto, pero se dio cuenta de que había una corriente que iba hacia el fondo. Bastó con apartar una concha más grande, y la corriente cambió al instante. El agua empezó a fluir en otra dirección y los pececillos salieron nadando. 

Las demás sirenas llegaron más tarde. —Lili, ¿cómo se te ocurrió? —le preguntó una de ellas. —No es tan complicado cuando te has fijado bien en el mar. Sé por dónde se desvía la corriente —se encogió de hombros. 

En los días siguientes, todos se dieron cuenta de que Lili siempre sabía hacia dónde se dirigía la corriente, cuándo llegaría una ola más fuerte y dónde sería seguro nadar. Ayudaba a las crías de caballito de mar, les enseñaba el camino y las advertía sobre los arrecifes. Poco a poco, incluso las sirenas mayores empezaron a acudir a ella cuando querían saber dónde el agua se movería más ese día o si se esperaba algún remolino más fuerte en algún lugar. Lili lo tomaba como algo natural: simplemente mantenía los ojos bien abiertos y le encantaba observar la superficie del mar bajo el agua. Y cuanto más lo comprendía, más útil se sentía. 

También lo notó la profesora de canto, que la felicitó con alegría: «Cada una de nosotras aporta algo al mar.» Unas la voz, otras la fuerza… y tú nos das seguridad a todas.» 

Aunque Lili nunca aprendió a cantar como las demás, descubrió en qué era buena. Incluso el propio mar se dio cuenta de ello, porque sabía que esa pequeña sirenita lo comprendía mejor que nadie. Juntas tarareaban y cantaban su propia canción submarina. 

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