Por el cielo flotaban tranquilamente varias nubecitas. Entre ellas había una esponjosa, de un blanco radiante, a la que llamaban Gota. Y la llamaban así porque, cuando iba flotando por el cielo, tenía exactamente esa forma: como una gran gota de agua.
A esta nubecita le gustaban mucho las personas, los animalitos y las florecitas. Mientras cruzaba el cielo, miraba todo lo que había debajo de ella. Le gustaba ver lo felices y sonrientes que estaban las personas cuando hacía buen tiempo y no llovía.

A Gota no le gustaba la lluvia ni un poquito. Cada vez que aparecían las nubes Clara y Paula, de las que siempre caían enormes chorros de agua, Gota se ponía muy triste.
«Vamos, Gota, ven a llover con nosotras», le gritaban las gordas nubes de lluvia Clara y Paula, mientras soltaban agua a más no poder.
«No voy. Yo no quiero llover. Entonces la gente no me querría. Igual que a vosotras. ¡Si con vosotras siempre acaba todo hecho una inundación!», refunfuñaba Gota.
Y así, Gota decidió que no volvería a llover nunca más. Incluso apartaba a Clara y a Paula para que no llovieran a su alrededor. Y así siguieron las cosas, día tras día, hasta que ya casi llevaba un mes sin llover.
Hasta que un día Gota se dio cuenta de que su blanco color estaba desapareciendo, de que empezaba a volverse gris.
«¡Socorro! ¡Me estoy poniendo gris!» Me estoy convirtiendo en una nube de lluvia. Oh, no, eso no puede pasar. «Nadie me va a querer», lloraba Gota.
Y cuando empezó a llorar, de ella comenzaron a caer hacia la tierra pequeñas gotitas. No era una lluvia fuerte, solo una refrescante lluvia de verano. Pero Gota estaba muy triste; casi le daba miedo mirar hacia abajo, a la tierra. Y menuda sorpresa se llevó cuando por fin reunió valor para mirar debajo de sí.
«¡Hurra, por fin llueve!», gritó una abuelita. «Qué alegría, así no se me secarán las verduras.»
«¡Yupi, llueve! ¡Vamos a chapotear y a pisar fuerte en los charcos!», se alegraban los niños.
Y no solo las personas mostraban su alegría porque por fin había refrescado un poco. Los caballos corrían felices por los prados, las ranas salieron de los estanques para ver la lluvia, e incluso los peces, bajo el agua, se alegraban de que al estanque le llegara más agua de la lluvia.
Todas las flores, los árboles y los arbustos susurraban muy bajito su agradecimiento a aquella nubecita, que por fin los había limpiado del polvo con una suave lluviecita y les había dado agua para beber.
«Me quieren, aunque llueva», se asombró Gota. «¿Cómo puede ser?»
«Porque, si no, se secarían», se acercó Chaparrón, dispuesto a dejar caer él también un poco de lluvia. «Las personas, los animales y las plantas necesitan agua.»
«Pero yo vi que se enfadaban porque llovía», dijo Gota.
«La gente siempre se enfada por algo», dijo Chaparrón, apartando con un gesto la puntita de su nube. «O se quejan del calor que dura demasiado, o de la lluvia que no se acaba nunca.» A esos no hay quien los contente. Sé sencillamente como eres, Gota. Y haz lo que tienes que hacer. ¿Y qué más da lo que digan ellos? No te preocupes por eso. No intentes ser alguien distinto para gustarle a todo el mundo. Eso no lo conseguirás nunca. Entonces, ¿qué te parece? ¿Llovemos juntos?
«Claro que sí, Clara. Eso tiene sentido», dijo Gota muy contento.
Desde aquel día, Gota ya nunca volvió a tener miedo de llover. Sabía que así era como debía ser, que en la naturaleza las cosas son así. También sabía que nadie iba a dejar de quererlo por eso. Porque hasta el tiempo lluvioso hay quien sabe disfrutarlo de verdad. Por ejemplo, los niños cuando chapotean en los charcos.
Gracias por estos cuentos!!! Cortos y entretenidos
Cuento muy tierno y que deja una buena enseñanza🥺🤍