La casita perdida

A las afueras de la ciudad había una casita muy bonita. Ya estaba un poco destartalada, claro, pero era porque hacía mucho tiempo que nadie vivía en ella. Por eso la casita también estaba triste. Deseaba con todas sus fuerzas que alguien volviera a instalarse en ella y la cuidara. Y si además venía con niños, aquello sería de lo más alegre, se decía.

Un día apareció delante de la casita el señor alcalde con unos obreros. La casita se quedó un rato mirando cómo aquella gente repasaba un montón de papeles, y luego oyó que el señor alcalde decía: «Mañana esta casa será derribada. Aquí van a construir un supermercado».

Cuento de buenas noches - La casita perdida
La casita perdida

¡Pero bueno! La casita se asustó. ¿Derribarla? Eso, de ninguna manera. ¡Si ni siquiera le entra agua! Todavía sigue siendo muy bonita. ¿Y derribarlo solo porque estorba? Eso no lo puede consentir.

La casita esperó a que anocheciera. Después se impulsó desde los cimientos y ¡hop, hop, hop! fue dando saltos por el paisaje silencioso, alejándose de la ciudad. Saltando, saltando, llegó hasta el bosque. Allí tuvo que descansar. Al fin y al cabo, las casitas no están hechas para un esfuerzo tan grande como eso de andar saltando.

Mientras la casita descansaba junto al bosque, la vieron unos bandidos.

—Mira, menuda casucha más bonita. —Ahí podríamos esconder nuestro botín —masculló el bandido del sombrero más grande.

La casita no había tenido ni tiempo de reponerse cuando ya se le había metido dentro un ladrón. Escondió allí los doblones que había robado quién sabe dónde. 

«¿Y si nos quedáramos a vivir aquí?», pensó uno de aquellos bribones.

«Eso sí que no», se dijo la casita. «Sería una pena acabar en manos de semejantes canallas y malhechores.»

En cuanto el ladrón salió, la casita dio un brinco y desapareció. 

Siguió saltando por el bosque. Y fue a acomodarse en lo más espeso del bosque de abetos. 

«Aquí seguro que por fin estaré tranquila.»

Pero no contaba con lo que iba a pasar. Justo por allí pasaba una bruja. Vio la casita y dijo: «Mira, qué cabañita tan bonita. Ahora le haré aparecer una patita de gallina y me iré a vivir en ella.»

Y en seguida se puso a agitar los brazos, dispuesta a convertir la casita en una cabaña sobre una pata de gallina. La casita se asustó y se fue dando saltitos a toda prisa. 

Saltando, salió del bosque y ya se acercaba a una aldea. Tenía miedo de quedarse en un sitio donde la gente pudiera verla, no fuera a ser que quisieran derribarla otra vez. Así que se quedó a las afueras de la aldea, justo al lado de un prado. Le gustaba porque allí crecían muchas florecitas de colores.

Entonces pasó por allí una mamá con dos niños y un perrito. Todos parecían muy tristes. 

«Mira, mamá, esta casita antes no estaba aquí», dijo el niño.

«Yo tampoco me había fijado nunca en ella», admitió la mamá. «Pero seguro que será de alguien».

La casita sentía mucha curiosidad por saber por qué aquellos tres estaban tan tristes. Hasta el perrito parecía muy apenado; ni siquiera movía la colita. Y así la casita se atrevió a preguntar: «Hola, hola, ¿qué os pasa?».

«¡Uy, la casita habla!», exclamó la niña pequeña.

«El agua se llevó nuestra casita», dijo mamá cuando se repuso del susto. 

«Pues venid a vivir conmigo. Aquí no hay agua. Y si la hubiera, me iría dando saltitos con vosotros».

Y así, mamá, los niños y el perrito se quedaron a vivir en la casita. Ya no estaban tristes. Ahora estaban contentos. Y la casita también volvió a estar contenta. Ya nadie quería derribarla. Ahora era útil y por fin tenía unos habitantes alegres. Se quedaron muy sorprendidos al encontrar dentro de la casita un tesoro más. Con él arreglaron y acondicionaron la casita, y vivieron en ella felices y comieron perdices.

La casita ya no volvió a decir nada, pero quienes vivían en ella sabían que los había elegido. La cuidaban bien y ella, a cambio, les daba un techo bajo el que vivir.

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