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Cuento para niños - El regalo de la ardilla

Cuentos para dormir

El regalo de la ardilla

Dita T.9 de agosto de 20265 min de lecturapara preescolar

Era otoño. El sol ya no calentaba tanto. La brisa suave ayudaba a las hojas de colores a caer al suelo, y entre ellas jugaba una niña. Se llamaba Amalia. Recogía hojas de colores, las iba entrelazando y hacía con ellas una larga serpiente de otoño. 

«Mira, mamá, qué dragón tan largo he hecho con hojas», dijo Amalia, entusiasmada. 

Echó a correr. Y, mientras corría, una larga cadena de hojas ondeaba detrás de ella. 

«Qué bonito, te ha quedado muy bien», la felicitó mamá, mirando aquella maravilla otoñal. 

De repente, Amalia se paró. En el suelo, delante de ella, había una nuez. En ese momento se olvidó de la serpiente de hojas, cogió la nuez y salió corriendo hacia su madre.

«Mamá, mamá, mira lo que he encontrado».

«Uy, ¿y sabes qué es?», preguntó mamá.

«Claro, es una avellana. ¿Puedo romperla y ver si tiene dentro una pepita?».

«Claro que puedes».

Amalia puso la avellana sobre una piedra. Miró a su alrededor buscando con qué romperla. Pero allí no había ninguna otra piedrecita. Así que se fue un poco más allá a buscar algo con lo que pudiera abrir la avellana. ¿Qué se esconderá dentro? ¿Y si es una de las avellanas mágicas de Cenicienta? 

Quizá dentro haya un vestido precioso. O unos leggings con faldita. Pero de esos ya tiene un montón en casa. Al final, Amalia decidió que lo que más ilusión le haría sería que hubiera un rico fruto, para poder comérselo.

Cuando encontró una piedra con la que podría romper la cáscara dura, echó a correr de vuelta al sitio. ¡Pero qué raro! ¡La avellanita no estaba allí!

«Mamá, ¿dónde está mi avellanita?».

«No lo sé», negó con la cabeza su mamá. «¿No se habrá caído al suelo?».

Amalia buscó por la hierba, pero la avellana no estaba allí. 

«Alguien ha tenido que llevársela», dijo después. «Pero ¿quién? ¡Si aquí no hay nadie más!».

Amalia se quedó pensando un momento, pero como no se le ocurría nada ingenioso, decidió buscar otra avellana. 

Se fue corriendo un poco hacia el jardín, donde, en un rincón junto a la valla, crecía un avellano. Este año tenía pocas avellanas. Amalia estuvo mucho rato buscando entre la hierba, hasta que por fin encontró una avellana. Enseguida salió corriendo con ella de vuelta hacia la piedra. La dejó en el suelo y quiso romperla. Pero ¿dónde había vuelto a poner la otra piedra? 

Ah, claro, se la había dejado a mamá para que se la guardara. Fue a buscarla. 

«Amalia, shhh. Quieta, y date la vuelta», dijo mamá de repente.

Cuando la niña se dio la vuelta, vio a una ardilla coger la avellana que había dejado allí preparada para romperla.

Se fue dando saltitos hasta el bancal y allí la enterró en la tierra.

«Así que la ardilla me quita las avellanas», susurró Amalia asombrada, mientras miraba a aquella ladronzuela peluda y adorable.

«¿Debería volver a desenterrarla?».

Mamá negó con la cabeza.

«Yo creo que la ardilla la ha escondido para el invierno».

«Ah. Pues se la dejo; será un regalo de mi parte», sonreía Amalia, contenta de que, gracias a ella, la ardilla fuera a estar bien durante el invierno. 

Pasaron los meses, el invierno terminó, llegó la primavera y todo empezó a verdear. Cuando Amalia volvió a jugar en el jardincito, se fijó en que, en el lugar donde la ardilla había enterrado la avellana, estaba saliendo algo de la tierra. 

«Mamá, mira. Aquí ha crecido algo».

«Es un avellano. La ardilla dejó allí la avellana, y ahora de ella crecerá otro avellano».

«¡Ay, qué bonito! Tendremos más avellanas. Es un regalo de la ardilla. Por haberle dejado aquella avellana».

Amalia fue corriendo a buscar una regadera, la llenó de agua y regó la ramita, que algún día, si la cuidaba bien, crecería hasta convertirse en un arbusto enorme. Ya estaba deseando comer las avellanas que seguro crecerían en él. Y, desde luego, las compartiría encantada con la ardilla.

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1 comentario

  1. Amanda

    Mi pequeña amó este cuento!

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