Ya nadie recuerda exactamente cuándo Lucía empezó a reírse de todo y a todas horas. Mamá dice que Lucía ya se reía cuando aún era un bebé. Papá cree que aquellas risitas las heredó del bisabuelo, que también era la mar de alegre.
Eso sí, él no se reía a todas horas y sin parar como Lucía, pero a lo mejor a la niña se le pasa cuando crezca. El abuelo, en cambio, cree que Lucía empezó a reírse así, tan fuerte y sin parar, después de su primer cumpleaños.

Entonces, además de la tarta, le encargaron también un payaso. Cuando el abuelo se acuerda de aquel payaso, todavía le tiemblan las rodillas, le da un tic en el ojo derecho y le entran ganas de esconderse debajo de la mesa. Y eso fue justo lo que hizo en la fiesta, pero a Lucía el payaso le gustó. Se rió muchísimo. Y ya no se le pasó.
Lucía se reía siempre y de todo. Incluso mientras comía. Incluso por la noche se reía dormida. Se reía tanto de las cosas alegres como de las tristes. Pero poco a poco ya no era una risa encantadora, sino una carcajada horrible. Los vecinos se quejaban de que no les dejaban dormir por la noche, así que la familia tuvo que irse con Lucía a vivir a un lugar apartado. Eso les aseguró que ya no habría nadie que pudiera quejarse. Bueno, nadie aparte de ellos mismos. Aun así, procuraban aguantar.
Pero los años pasaron y apareció otro problema. Sus padres lo temían. Porque Lucía tenía que empezar a ir al colegio. ¿Qué iba a hacer su niña en el colegio? ¡Si no puede estarse callada ni un momento! ¿Qué maestra iba a aguantar que una niña se pasara toda la clase riéndose? ¿Y sus compañeros, qué? Con esto hay que hacer algo.
Mamá tuvo una idea. Había que curar a Lucía de tanta risa. Seguro que es una enfermedad, porque no es normal que alguien se pase todo el día y toda la noche riéndose sin parar. Y así fue como mamá y papá encontraron a un especialista. Se llamaba doctor Eric. Era un señor muy serio, que sonreía muy poco, pero sobre todo era especialista en la risa y el llanto de los niños.
El doctor Eric examinó a Lucía de la cabeza a los pies. Lucía, por supuesto, se pasó todo el tiempo soltando risitas; en cuanto vio la expresión seria del doctor, rompió a reír a carcajadas. El doctor Eric no hizo más que asentir con la cabeza.
«Es un caso muy serio», dijo luego.
Luego se puso a enseñarle a Lucía unas imágenes muy tristes. Le enseñó a un niño llorando porque se había hecho una rozadura en la rodilla, a unos gatitos que alguien había dejado abandonados en una caja junto al bosque, y luego añadió un perrito triste y una niña llorando. Después se le acabaron las imágenes, así que le enseñó también la factura de la luz de su casa. Lucía se reía tanto que se agarraba la barriga.
El doctor Eric se rascó la cabeza. Después se puso a cantar canciones tristes. Mamá y papá se echaron a llorar, y el abuelo se metió tapones en los oídos, diciendo que no estaba dispuesto a escuchar semejante aullido. Pero Lucía se reía y, además, se puso a bailar muy alegre.
El doctor Eric dejó de cantar. Probó a soltarle un par de «¡Buh!» a la niña para asustarla, pero Lucía se reía todavía más.
«¿Decían ustedes que empezó a reir cuando vio al payaso?», preguntó el doctor a los padres y al abuelo.
«Sí, el abuelo cree que fue así, pero yo pienso que ya nació con ello», dijo mamá.
Pero el abuelo no decía nada. No oía, porque llevaba tapones en los oídos. Tenía cara de estar la mar de feliz y contento.
—Si lo ha provocado un payaso, seguro que un payaso también podrá deshacerlo —dijo el doctor Eric. Luego pidió que le enseñaran una foto de la fiesta de cumpleaños y salió corriendo a cambiarse para disfrazarse del mismo payaso.
En cuanto apareció en la puerta disfrazado de payaso, del susto al abuelo se le salieron disparados los tapones de los oídos. Gritó algo y se escondió debajo de la mesa. Hasta mamá se sobresaltó un poco; los payasos no le gustaban nada. Pero Lucía aplaudía y se reía de todo aquello con una risa tan fuerte y chillona que casi hacía daño en los oídos.
Al final, el doctor Eric renunció a todos sus intentos de quitarle la risa a la niña. Incluso dejó su trabajo y sus tratamientos, y prefirió ponerse a fabricar preparados para repostería. Los padres no sabían qué hacer, y su Lucía seguía con sus risitas, tan fuertes que ya no había quien las aguantara.
«¿Sabes qué, mamá?», dijo un día papá. «Vamos a ir al zoo. Lucía se quedará mirando a los animales, eso la distraerá y a lo mejor se olvida de la risa por un ratito.»
Y se fueron de excursión. En cuanto la familia llegó al zoo, resultó que la idea de papá no había sido la mejor. Lucía empezó a reírse a carcajadas por todo el zoológico, tanto que los animales salían corriendo a esconderse y los visitantes abandonaban el zoo a toda prisa.
«Al menos aquí no hay mucha gente», comentó mamá, diciendo quizá lo único que podía servir de consuelo.
Pero aquello no duró mucho. Los cuidadores no podían permitir unas carcajadas que asustaban a los animales. ¡Hasta podían ponerse enfermos!
«Por favor, está prohibido soltar a los animales fuera de los recintos», gritó el cuidador, acercándose corriendo a los padres, que no entendían nada.
«Pero si aquí no hay ningún animal», se extrañó papá. Pues cómo iba a haber alguno, si todos habían salido corriendo delante de las carcajadas de Lucía.
«Esta es una especie muy rara de hiena. Por esas carcajadas, cualquiera se da cuenta», dijo el cuidador del zoo, señalando a Lucía.
Sus padres le explicaban que era su hijita y que se reía así todo el tiempo. También se acercó el director del zoo. Al final, pusieron a Lucía en el pabellón de las hienas. Lucía se reía a carcajadas de tal manera que las hienas se tapaban los oídos. Por eso, en el zoo construyeron un pabellón nuevo solo para Lucía; bueno, en realidad, para una especie muy especial de hiena: la hiena risueña.
Lucía estaba muy contenta allí. Los cuidadores la cuidaban, le daban de comer, sus padres iban a verla y, de toda aquella gente que pegaba los ojos al cristal para mirarla, nunca parecía cansarse de reírse. Y así la hiena risueña, o sea, Lucía, se quedó tan contenta en el zoológico. La risa nunca se le pasó del todo. Se le fue calmando un poco al hacerse mayor, porque en el zoológico tenía que trabajar y limpiar lo que dejaban los animales. Pero siempre encontraba algo que le hacía gracia.
Y vosotros, queridos niños, reíd y sed felices y contentos. Solo tened cuidado de que esa risa no se convierta en una carcajada que no se calle ni un momento. Porque entonces alguien podría confundiros con una hiena que no para de reír.
¡Buenas noches!