
Cuentos para dormir
El barquito de papel, la mosca y la saltamontes
En el estanque apareció un barquito de papel. Una mosca lo vio y se posó encima.
—¡Hala, seré la capitana y cruzaré este estanque! —zumbó.
La oyó una saltamontes que estaba tomando el sol en la orilla, muy cerquita de allí.
—¡Espérame, mosca, que necesitas una marinera! —gritó, y saltó al barquito.
El barquito se tambaleó, pero siguió navegando sin miedo. No iba deprisa, solo se mecía sobre el agua.
—¡Estupendo! Ya tengo tripulación —se alegraba la mosca—. ¡Pues rumbo a la otra orilla!
Las dos estuvieron un ratito jugando a capitanes y marineros, cuando las oyó una carpa que pasaba nadando por allí.
—¡Ay, qué barquito tan bonito tenéis! Yo también quiero ser capitán —murmuró la carpa y, antes de que la mosca y la saltamontes pudieran avisarle, saltó del agua y se dejó caer de golpe sobre el barquito.
La mosca salió volando y la saltamontes saltó a la orilla. El barquito de papel se aplastó del todo bajo la carpa, tan mojada y tan pesada. La carpa se volvió a hundir con un chapuzón, junto con el papel empapado que antes había sido un barquito.
La mosca se echó a llorar cuando vio que ya no tenían barquito.
—No llores —la consolaba la saltamontes—. A mí también me da pena que ya no tengamos barquito. Pero no nos iba a durar para siempre. Así por lo menos hemos jugado muy bien y tenemos algo bonito que recordar. A lo mejor algún día encontramos otro en algún sitio.
—Tienes razón, saltamontes —reconoció la mosca, y se sonó la nariz con una hoja de junco—. No vamos a dejar que una carpa despistada nos estropee el viaje.
Nada más decirlo, la carpa llegó nadando a la orilla. Sacó la cabeza y dijo: —Perdonad, chicas, no quería estropearos el juego. Pero ¿sabéis lo que he visto? Un poco más allá, junto al estanque, están jugando unos niños. Hacen barquitos de papel de colores y los echan al agua. Si os dais prisa, todavía os podéis subir a alguno de esos barcos de papel.
La mosca y la saltamontes le dieron las gracias a la carpa y se fueron corriendo un poco más allá. La carpa tenía razón. Dos niños estaban echando barquitos al estanque.
—¡Yo me pido el azul! —zumbó la mosca, y salió volando hacia el barquito que estaba más lejos de la orilla.
—Yo seré la capitana del negro. ¡Porque yo voy a ser pirata! —gritó la saltamontes, y saltó desde la orilla a la cubierta.
Y así navegaban las dos. La mosca decidió cruzar el estanque hasta la otra orilla. La saltamontes buscaba alguna isla donde pudiera haber un tesoro pirata escondido.
—¡El viento es bueno! —gritaba la mosca—. ¡Pronto estaré en el otro lado!
—¡Cuidado, vienen patos por la derecha! ¿No tendrán ellos preferencia? —gritaba la saltamontes.
—Seguro que los patos me esquivan. ¿O no? Ya casi estoy en la otra orilla. ¿Qué podría salir mal?
—Pues, por ejemplo, que se pusiera a llover —graznó una pata al rodear el barquito de papel.
La mosca miró al cielo. Era verdad, se había nublado. Del cielo empezaron a caer las primeras gotas, que agitaron tanto el agua que los barquitos se balanceaban.
—¡Tormenta en alta mar! —gritaba la mosca.
No le gustaba nada la lluvia, porque con las alas mojadas no se puede volar. Pero aquellas olitas la llevaron casi hasta la orilla.
—¡He llegado a la meta, y ahora a ponerme a cubierto! —zumbó la mosca.
La saltamontes todavía no había llegado a la orilla, pero su barco ya estaba tan empapado que se estaba hundiendo.
—¡Abandonen el barco! —gritó la saltamontes, y de un salto enorme llegó a la orilla junto a la mosca.
Las dos se escondieron en una rama, debajo de las hojas, donde no les caía la lluvia. Miraban la lluvia y se alegraban de lo bonito que les había salido el día. Porque el tiempo de lluvia también es precioso. Y cuando vuelva a hacer bueno, seguro que irán a mirar si hay niños echando barquitos al agua. Porque eso es divertidísimo.
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