Sobre los Cerditos del viejo establo

Al borde del pueblo había un viejo establo, que desde lejos desprendía aroma a heno y a calor. En él vivían tres Cerditos. Cada Cerdito era completamente distinto, pero aun así, o quizás precisamente por eso, se llevaban tan bien. 

El Cerdito mayor quería tenerlo todo bajo control. Cada mañana daba una vuelta por el corral, empujaba la puerta con el hocico y comprobaba si había algo que no estuviera en su sitio. Y lo que más le gustaba era cuando había algo para comer; entonces la alegría era inmensa. 

Cuento de buenas noches - Sobre los Cerditos del viejo establo
Sobre los Cerditos del viejo establo

El Cerdito del medio era más tranquilo; pasaba los días tumbado a la sombra o, por el contrario, tomando el sol. El resto del día buscaba algo sabroso para picar. ¿Y el más pequeño? Ese no paraba quieto ni un momento. Todo le llamaba la atención y el mundo más allá de la valla le parecía increíblemente tentador. 

Cada día era un poco distinto; a veces llovía, otras veces afuera era ruidoso, pero en la pocilga los Cerditos siempre se sentían bien y a salvo. Sabía dónde estaba el cuenco, dónde la paja calentaba más y dónde tumbarse cuando querían estar tranquilos. Y por eso era tan importante que todo se quedara en su sitio. 

Pero una tarde, el granjero se olvidó de cerrar la portilla. Entonces bastó poco y el viento la abrió un poco con facilidad. El Cerdito más joven se detuvo. —Mirad —susurró asombrado, pensando en qué podría inventar después. —No le hagas caso —gruñó el mayor. —La portilla debe quedarse cerrada. Y salir fuera sin el granjero no es una buena idea.” 

Pero la curiosidad era más fuerte. El Cerdito asomó el hocico, luego la patita y, de repente, ya estaba en el camino. El mundo allí parecía más grande, pero sin duda era más ruidoso y estaba lleno de olores. Cruzó el camino y fue a mirar al primer bosque. 

De repente, pasó junto a él una gran caja a la que la gente llamaba coche. Pero pasó tan cerca que el Cerdito se asustó mucho y corrió rápidamente de vuelta a la pocilga con sus amigos. Pero allí la puerta ya estaba cerrada. Mientras tanto, el viento cambió de dirección y cerró la puerta por completo. 

En la pocilga reinó el silencio. Luego se oyó un resoplido nervioso. —¿Dónde está? —preguntó el mediano. El cerdito mayor no se inquietó. Rodeó la valla, examinó el suelo y escuchó atentamente. Desde lejos se oyó un débil gruñido. 

Juntos rodearon el corral hasta que, junto a la valla, vieron a un cerdito asustado intentando volver a pasar. Tardaron un rato, pero al final lograron entreabrir la puerta de nuevo. El más pequeño entró corriendo y estaba feliz de estar de nuevo en casa. 

—Ya no quiero ir a ningún sitio más —suspiró. —Eso lo dices siempre —respondió el mediano y se acomodó a su lado. 

Por la noche, los tres Cerditos yacían tranquilamente, el chiquero estaba cerrado y fuera ya había oscurecido. La madera vieja crujió, pero dentro todo era seguro. Los Cerditos se iban quedando dormidos poco a poco y el mundo tras la valla podía esperar tranquilamente hasta otro día. 

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