
Cuentos para dormir
El huevo de dragón robado que cambió a la gente
Hace mucho, mucho tiempo, en un reino muy lejano, vivía una princesa llamada Sofía. Estaba enamorada del caballero Adán, y él de ella. Pero había un problema: el padre de Sofía, el rey, decía que la princesa debía casarse con alguien de noble cuna, a ser posible con un príncipe. No con un simple caballero.
Pero Sofía quería de verdad a Adán y le pedía a su papá una y otra vez que les dejara casarse. Le costó, pero al final el rey cedió. Dijo que, si Adán conseguía un huevo de dragón como prueba de su amor por Sofía, no solo les dejaría casarse, sino que además les prepararía la boda más grande y más bonita de todas, una boda tan bonita que pasaría a la historia. Que así reconocería que Adán era valiente, fuerte y digno del corazón de su hija.
Adán no lo dudó ni un segundo y, aunque su amada estaba preocupada, se fue a la cueva del dragón, en lo alto de una montaña cercana. Encontró a la dragona justo cuando estaba dormida. El huevo descansaba a su lado. Adán se acercó sin hacer ningún ruido, tomó el huevo con cuidado y volvió a salir de puntillas. «No ha sido nada difícil», pensó, y emprendió el camino de vuelta al reino.
Cuando el rey vio que Adán lo había conseguido, se quedó bastante sorprendido, pero cumplió su palabra y empezó a preparar para Sofía y Adán la boda más bonita del mundo. Los dos estaban felicísimos. Pero había alguien que no estaba nada feliz: la dragona. Había perdido a su dragoncito, que aún no había nacido, y sentía tanta tristeza y tanta desesperación que no sabía qué hacer. Pero cuando consiguió calmarse un poco, captó el olor de Adán. Y fue tras él.
No fue nada fácil recorrer todos aquellos caminitos estrechos de los humanos y los puentecillos de madera, tan endebles que se deshacían bajo su cuerpo de varias toneladas. La dragona no sabía andar por los caminos de las personas; nunca había ido por ellos. Tampoco había estado nunca en una ciudad de personas. Ella creía que, si no se metía con la gente, la gente tampoco se metería con ella. Por lo visto, se había equivocado. Sin ningún motivo, le habían robado a su dragoncito antes de nacer y ahora a saber qué estaban haciendo con él.
La dragona, llena de rabia, desesperación y miedo, cruzaba la ciudad echando vapor caliente por la nariz. La gente huía gritando y se encerraba en sus casas. La dragona ni la miraba. Solo seguía el olor de aquel ladrón.
Llegó hasta el patio del castillo, que era enorme y estaba todo adornado con flores y telas claras. Por él corría gente con flores, comida y otras cosas que estaban preparando para la boda. Pero en cuanto vieron a la dragona, salieron huyendo. La dragona soltó un rugido lleno de dolor, que ponía los pelos de punta, y dijo: —¿Dónde está mi huevo? ¡Yo nunca os he hecho nada! ¡Vivía tranquila en mi cueva y esperaba a que naciera la mayor alegría de mi vida! ¡Y vosotros me lo habéis quitado así, sin más! Rugió tan fuerte que le salió fuego de la boca. Y el fuego prendió un gran arco blanco que estaba preparado para la boda.
Del castillo salieron al patio el rey y Adán, los dos dispuestos a defenderlo. Adán preguntó, no muy seguro: —¿Echas de menos a tu dragoncito?
—¡Pues claro que lo echo de menos! ¿Acaso tú no echarías de menos a tu propio hijo, humano miserable? ¡Devolvedme mi huevo y os dejaré vivir! —contestó la dragona, furiosa.
Todos se quedaron sin palabras. No tenían ni idea de que los dragones tuvieran sentimientos como las personas. De que pudiera hacerles sufrir tanto perder a su cría. Del castillo salió corriendo Sofía y les pidió a los dos que le devolvieran el huevo a la dragona. Que ella no quería ninguna prueba de amor. El rey dudó un momento, pero Adán estuvo de acuerdo con Sofía.
Todos desaparecieron dentro del castillo y al momento volvieron a salir con un dragoncito pequeño que ya había salido del huevo. Se veía que estaba asustado, pero en cuanto vio a su mamá, echó a correr hacia ella. La dragona se echó a llorar de emoción, porque su cría estaba viva y sana. ¡Y además ya había salido del huevo! Le dio pena haberse perdido el momento en que rompió la dura cáscara y salió al mundo, pero estaba feliz de que estuviera bien.
Se llevó al dragoncito lejos de las personas, a un lugar seguro. Gracias a ella, la gente del reino se dio cuenta de que los demás seres vivos sienten igual que las personas. De que deberían tratarlos mejor y respetarlos, como si de verdad fueran personas. Desde entonces, nadie volvió a atacar sin motivo a un dragón ni a ningún otro ser inocente. Y aunque no era precisamente lo que el rey tenía pensado, justo por eso la boda de Adán y Sofía pasó de verdad a la historia.
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