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El príncipe encantado – cuento para dormir

Cuentos para dormir

El príncipe encantado

Más allá de montes y valles se alzaba un castillo maravilloso. En aquel castillo había tantas riquezas como en ningún otro lugar: estatuas de oro, lámparas relucientes y cofres llenos de monedas de oro. Pero, aunque el rey era muy rico, todo aquello no lo hacía feliz ni le sacaba una sonrisa. Era desdichado. Y es que sobre su hijo, el príncipe Carlos, pesaba una terrible maldición que le había echado una vieja bruja.

Y no había sido por casualidad. El joven príncipe era muy guapo, sí, pero también muy orgulloso y malo. Presumía de lujos y riquezas y se burlaba de los pobres del pueblo. Su padre, el rey, ya no sabía qué hacer con él, así que le pidió ayuda a la bruja. Le rogó que le pusiera en el corazón un poco de amor y de humildad. Pero cuando la bruja vio lo creído que era el príncipe, se enfadó tanto que lo hechizó. Y así, el joven y guapo príncipe Carlos se convirtió en un oso temible.

El rey tenía a su hijo escondido del mundo e intentaba encontrar a alguien que lo ayudara, pero nadie sabía cómo romper la maldición. Y Carlos, debajo de su pelaje de oso, seguía siendo orgulloso y además estaba enfadado. El rey tenía que llevarle la comida y cuidarlo él mismo, para que nadie lo viera.

Un día, el príncipe Carlos, sentado en su habitación, vio por la ventana algo fuera de lo normal. Era una muchacha joven que recogía frambuesas junto al castillo mientras tarareaba muy alegre.

«Qué feliz es», pensó el príncipe, y soltó un suspiro muy fuerte.

Y así, cada día, miraba desde su habitación a la muchacha que iba a por frambuesas.

Llevaba un vestido rojo hecho jirones y una vieja cesta de paja, pero en la cara tenía una sonrisa y mucha bondad.

«Mmm, es feliz aunque sea pobre», pensó el príncipe, sorprendido. «Pero por lo menos no está encerrada aquí», gruñó.

Mientras la miraba recoger frambuesas tan contenta, vio algo en el bosque de al lado. Era una manada de lobos grises… ¡y iban derechos hacia la muchacha!

El príncipe Carlos se asustó y gritó:
—¡Cuidado! ¡Lobos!
Pero la muchacha no lo oyó. Estaba demasiado lejos, y él, muy alto en su habitación.

Algo se movió dentro de Carlos. Un sentimiento que llevaba mucho tiempo buscando. Por primera vez en muchos años no pensaba en sí mismo: solo pensaba en que tenía que ayudarla. Sin dudarlo, echó abajo la puerta de su habitación, y sus grandes patas de oso retumbaban por todo el castillo.

Todos en el castillo se llevaron un susto tremendo al ver a un oso corriendo por los pasillos. Nadie sabía que estaba allí, solo el rey.

El príncipe Carlos cruzó el jardín corriendo, saltó la valla alta y se metió en el bosque. Usó su fuerza y su velocidad de oso, y corrió hacia la voz todo lo deprisa que pudo.

—¡Socorrooo! —se oía por el bosque. Los gritos de la muchacha lo llevaron hasta ella. Carlos se asomó entre los arbustos y vio a la manada de lobos dando vueltas a su alrededor. Se puso de pie sobre las patas de atrás y rugió con tanta fuerza que temblaron los árboles. Daba miedo. Los lobos se asustaron, gruñeron y salieron huyendo.

La muchacha se cayó al suelo del susto y se echó a llorar. —Por favor, no me hagas daño —susurró asustada.
¿Y si el oso quería comérsela, igual que los lobos?

—Yo solo quería protegerte —contestó Carlos, que seguía escondido en su temible forma de oso.

A la muchacha le sorprendió que el oso hablara, pero le estaba agradecida de verdad. No lo miraba con asco, sino con cariño.

—Gracias —le dijo de todo corazón, y le acarició el pelaje. Se dio cuenta de que no había querido hacerle daño.

¡Y en ese momento pasó!

Sobre el castillo salió el sol, más brillante que nunca. La tierra tembló y a Carlos lo bañaron unos rayos dorados de una luz muy especial. Y de repente, delante de la muchacha, que estaba sentada en el suelo junto a las frambuesas desparramadas, ya no había un oso… ¡sino un príncipe de verdad!

Desde aquel día todo cambió, y la maldición por fin se rompió. ¡El rey no cabía en sí de felicidad! El príncipe Carlos no solo volvía a ser una persona, sino que ya no era ni orgulloso ni malo.

Carlos empezó a pasar todos sus ratos libres con la muchacha, que se llamaba Elena. Paseaban juntos por el bosque, recogían frambuesas o admiraban las flores del prado. Incluso ayudaban juntos en el pueblo a la gente pobre, a la que antes el príncipe tanto despreciaba.

Y cuando un día Carlos le pidió matrimonio a la bella Elena, ella no le dijo que sí porque fuera un príncipe rico, sino porque había creído en él… incluso cuando era un oso.

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