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Rosalía, la costurera – cuento para niños

Cuentos para dormir

Rosalía, la costurera

Había una vez un pueblo donde vivía una joven costurera que se llamaba Rosalía. Cosía vestidos con su madre en su pequeña tiendecita, pero lo que más le gustaba era inventarse vestidos nuevos. —¡Un vestido tiene que llevar las medidas justas y sus encajes, o no lo compra nadie! —la regañaba a menudo su madre, que no la entendía. Pero Rosalía tenía mucha imaginación y le encantaba jugar con las telas y los colores.

Así que, cuando terminaba los vestidos para las criadas del castillo de al lado, se ponía a coser los suyos propios. Vestidos preciosos y distintos, llenos de color. —Esos vestidos no te los va a comprar nadie —le decía su madre. Eran muy diferentes de los que la gente del pueblo o del castillo estaba acostumbrada a ver.

Un día, mientras Rosalía canturreaba y trabajaba en sus vestidos, sonó la campanilla de la puerta de la tienda. En la entrada había una muchacha joven, vestida con un abrigo viejo y roto, con capucha. —¡Aquí no queremos mendigos! —soltó su madre, y ya estaba a punto de darle con la puerta en las narices.

—Espera, mamá, deja que al menos la escuche —dijo Rosalía con voz amable. —Como quieras, pero nuestros vestidos no se los vas a vender. No le llega el dinero —refunfuñó su madre. Y así, Rosalía llevó a la muchacha, sucia y andrajosa, a su taller. —Aquí tenemos vestidos sencillos para las criadas, y aquí, otros un poquito más elegantes —le iba contando Rosalía mientras le enseñaba toda clase de vestidos. La muchacha paseaba en silencio y admiraba cada vestido. Pero se fijó en un vestido escondido al fondo de la habitación. Estaba tapado con una sábana, aunque asomaba un trocito de tela. —¿Puedo ver ese, por favor? —habló por primera vez la muchacha, con una voz muy dulce.

Rosalía dudó. Ese era uno de sus vestidos, de los que cosía como no se debía: sin seguir ninguna regla, ni lo que decía su madre. —Puede verlo, pero seguro que no le gusta. Es un invento mío —se rio Rosalía, y se echó tímidamente hacia atrás la trenza castaña y despeinada. Levantó la sábana y, de repente, apareció delante de ellas un precioso vestido azul con encaje blanco y brillitos amarillos. Las dos se quedaron sin aliento.

—Esto sí que es un vestido para un baile real —dijo la muchacha, y se quitó la capucha. Delante de Rosalía estaba nada menos que la princesa Elvira, la del castillo. «Seguro que se ha tapado para que nadie la reconozca en el pueblo», pensó la joven costurera.

—Alteza —dijo Rosalía con una reverencia, muy emocionada—, ¿de verdad le gustan mis vestidos? ¿Una princesa en su taller, y encima queriendo sus vestidos tan raros? Tenía que ser un milagro.

—Es el vestido más bonito que he visto nunca. Te pagaré diez monedas de oro por él. Y te pagaré también cada mes si me coses vestidos tan bonitos como este —contestó la princesa. Rosalía la miraba a los ojos sin poder creérselo. ¿Tanto dinero por uno de sus vestidos?

—¡Claro que sí, alteza! —respondió la joven costurera, sorprendida. La princesa le hizo una reverencia, pagó el precioso vestido y se lo llevó al castillo. Su madre se quedó tan pasmada que no dijo ni pío.

Y así fue. La noticia de aquel vestido tan bonito en el baile corrió por toda la comarca, y a Rosalía no le faltó trabajo nunca más. Por fin su madre entendió el talento que tenía su hija. Y la joven costurera cosía vestidos no solo para la princesa, sino para toda la comarca, que ya no quería solo esos grises tan sosos, sino también un poquito de color. Así, Rosalía por fin se sintió comprendida, y ella y la joven princesa se hicieron muy buenas amigas.

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