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Rosa silvestre – cuento para dormir

Cuentos para dormir

Rosa silvestre

Había una vez, hace mucho tiempo, un castillo en el que vivía un viejo rey que tenía una hija. Ella tenía un don especial: sabía controlar el tiempo. La princesa guardaba cuidadosamente sus poderes y durante mucho tiempo rechazó a todos los pretendientes. Una noche, el rey la llamó y le dijo: «Querida hija, ya estoy viejo y enfermo. No quiero que te quedes sola en el mundo. Para poder entregarte el reino, debes encontrar un buen hombre que sea un rey sabio. Pero elige con prudencia».

La princesa no estaba entusiasmada con la idea, pero respetó el deseo de su padre. Pensó un buen rato en cómo poner a prueba a sus pretendientes. Acababa de terminar su plan cuando llegó al castillo un príncipe del reino vecino. Hizo una reverencia y dijo: «Distinguida princesa, soy el príncipe Eduardo. Nuestro país es rico y nuestro pueblo feliz. He esperado mucho tiempo este momento, porque no hay mujer más hermosa en el mundo. He venido a pedirte la mano y haré cualquier cosa para conquistarte».

«Si realmente eres tan intrépido y digno de ser un gobernante fuerte, entonces tengo un encargo para ti —respondió la princesa—. Muy lejos, más allá del mar, hay una isla donde crece una rosa silvestre, la más rara del mundo. Tiene pétalos azules y espinas rojas. Si me la traes, me convertiré en tu esposa». El príncipe aceptó, la princesa le dio un mapa y él se puso en camino.

Eduardo se dijo que aquel viaje no podía ser tan difícil. Sin embargo, no sospechaba qué trampas le había preparado la princesa. Montó en su caballo y partió a través de las altas montañas. Mientras las atravesaba, el viento era cada vez más frío y se desató una fuerte ventisca. El príncipe se extrañó de que en primavera empezara a nevar tan intensamente, y empezó a helarse por completo. Hacía tanto frío que incluso su caballo apenas podía seguir adelante. Al final llegaron a una vieja cabaña. El príncipe decidió pedir ayuda. Llamó a la puerta y, al poco rato, le abrió una abuelita. «Buenos días, abuela. Soy un príncipe de un reino cercano y voy de camino, pero este tiempo me ha pillado desprevenido. ¿Puedo calentarme en su casa?», preguntó cortésmente. «¡Pues claro, pase usted, que se va a quedar helado, muchacho!», dijo la abuela, y lo dejó entrar.

El príncipe se calentó allí, comió y la abuela incluso le dio un viejo abrigo de piel del desván. El príncipe dio las gracias y emprendió de nuevo el camino. Cuando cruzó las altas montañas, le esperaba de nuevo algo nunca visto: un largo y ardiente desierto. El príncipe se quitó toda la ropa que llevaba, pero el calor era insoportable. Lo que más le habría venido bien era agua, pero no había manera de conseguirla. Entonces se encontraron con un caminante que pasaba por allí. «Buenos días. Soy un príncipe de un país lejano y voy de viaje a tierras muy lejanas. Pero no contaba con este calor y nos hemos quedado sin agua. ¿No tendría usted unas gotas para que no nos muramos aquí?», le preguntó el príncipe con educación. «Sí, tengo agua de sobra y te daré unas cuantas botellas. Pero a cambio me vendría bien tu abrigo de piel, porque voy hacia unas tierras donde hace muchísimo frío», le contestó el caminante. Así que hicieron el cambio y el príncipe continuó a través del desierto.

Después del desierto ya estaban muy cerca del lugar donde debía crecer la rosa silvestre de la princesa. Solo les quedaba atravesar el bosque, pero allí se desató un aguacero terrible con tormenta. Aun así, el príncipe dijo que ya no faltaba mucho y que irían al galope lo más rápido posible. Al final, calados hasta los huesos, llegaron a un prado con un mar de rosas azules de espinas rojas. El príncipe arrancó una y emprendió el camino de vuelta.

De camino a casa, toda la adversidad se desvaneció: las montañas estaban soleadas, el desierto desapareció y las lluvias cesaron. Cuando llegó al castillo, se arrodilló ante la princesa y le entregó la flor.

«Eres valiente, príncipe. Has superado el frío, el calor y la tormenta. Creo que serás un buen esposo y mereces mi mano», declaró la princesa. Pronto hubo boda y el rey fue feliz al ver que su hija había encontrado el amor. Y vivieron felices y comieron perdices.

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