
Cuentos para dormir
Vaciamos calabazas en el cole
El otoño ya estaba en todo su esplendor y, además de la brisa fresquita, adornaban las calles las hojas de colores que crujían bajo nuestros pies. En las ventanas de los coles y de las escuelas infantiles iban apareciendo poco a poco calabazas naranjas recortadas, hojas pintadas y erizos. Olivia tenía muchísimas ganas de que llegara aquel día de cole.
Y es que aquella tarde en el cole iba a ser distinta a las demás. En su clase se celebraba el día de las familias. Cada papá o mamá tenía que ir al cole después de las clases para vaciar calabazas junto con los niños. Luego las calabazas se pondrían en la ventana de la clase, y las más bonitas irían a parar delante de la entrada principal del cole. Era una actividad de otoño muy bonita, para que los niños y sus papás pasaran un buen rato juntos.
Ese día, a Olivia le iba a ayudar con la calabaza su papá. El papá de Olivia trabajaba mucho, pero justo ese día se lo había tomado libre para pasarlo con su hija. Las horas se le hacían eternas, hasta que por la tarde sonó el timbre y se acabaron las clases. Delante de la clase de Olivia, 4.º B, ya esperaban los papás en fila. Entraron muy ilusionados y se sentaron con los niños alrededor de las mesas. Cada uno tenía delante una calabaza naranja enorme, y también había herramientas para vaciarla, acuarelas, pinceles y cuenquitos de plástico para ir echando las pepitas. Olivia casi no podía estarse quieta: su papá no llegaba y ella estaba sentada sola en su pupitre. Todos los demás vaciaban y pintaban muy contentos. Era la primera vez que vaciaba una calabaza en el cole, y su papá seguía sin aparecer. Así seguro que no ganaban. Mientras sacaba las pepitas de la calabaza, muy triste, oyó una voz justo detrás de la oreja: —¿Preparada para hacer la mejor calabaza del mundo? —le preguntó papá con una sonrisa. Olivia dijo que sí con la cabeza, toda contenta: —¡Has venido! —Y le dio un abrazo. —Pues claro, no iba a dejaros tristes ni a ti ni a la calabaza —dijo papá sonriendo, y se sentó al lado de su hija.
—Quiero que dé muchísimo miedo. ¡Le ponemos una sonrisa enorme con dientes afilados! —sonrió Olivia, y se pusieron manos a la obra. La clase se llenó de risas cuando las manos desaparecían dentro de las calabazas y sacaban la pulpa pegajosa y llena de hebras. Olivia soltó una risita al sacar un puñado de pepitas y aplastarlas entre los dedos. —¡Puaj, qué viscoso! —se rio con cara de asco, y echó las pepitas en el cuenco. Y así siguió la tarde. Con la ayuda de papá, Olivia recortó una sonrisa llena de dientes y unos ojos triangulares. Luego le pintaron un borde negro alrededor de la sonrisa. La calabaza daba miedo de verdad.
A su alrededor, las demás familias también terminaron sus calabazas: unas daban miedo, con el ceño fruncido, y otras tenían sonrisas torcidas y ojos grandes y redondos. Dani, que estaba sentado al lado, había hecho con su mamá una calabaza alegre de color amarillo. Y su amiga Mía había recortado la suya con forma de gato. La seño miraba encantada las obras que habían hecho los niños con sus papás. Al final del día pusieron todas las calabazas en fila y les metieron dentro unas velitas pequeñas. Cuando se apagaron las luces, la clase quedó iluminada solo por las calabazas terroríficas. Todos se quedaron callados, admirando su trabajo. Los niños estaban radiantes de orgullo, y los papás miraban a sus hijos con una sonrisa llena de cariño.
—Como todas las calabazas son preciosas y todos os habéis esforzado muchísimo, ¡todas van a ir a la exposición delante del cole! —dijo la seño con una sonrisa. Y así fue. Todas las calabazas adornaron la entrada del cole, y los niños estaban muy orgullosos de sus obras.
—¡Ha sido el mejor día del mundo! —exclamó Olivia de camino a casa. Estaba feliz de haber pasado por fin, después de tanto tiempo, un buen rato con su papá, que trabajaba tanto. Fue un día precioso, de esos que la niña no olvidará así como así.
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