
Cuentos para dormir
Los disfraces que eligieron a los niños
Verónica y Víctor son hermanos y viven en un pueblecito escondido entre montañas. Al pueblo lo rodean árboles que justo en otoño enseñan su precioso velo de colores. Faltaba poco para que terminara octubre, y en la calle de los niños se iba a celebrar Halloween.
Eso quería decir que niños, jóvenes y mayores se iban a vestir de miedo. Cuando terminaba la fiesta y la ronda de caramelos por las casas, todas las familias iban juntas al cementerio a encender velas por los que ya no estaban con nosotros. Era una tradición de toda la vida en el pueblo. Y como la fiesta de Halloween estaba a la vuelta de la esquina, Verónica y Víctor estaban deseando ir a la tienda de alquiler de disfraces. No les había dado tiempo a hacerse nada en casa y, la verdad, tampoco tenían muchas ganas. ¡Tenían que llevar el mejor disfraz de todos!
Estaba anocheciendo, las calles estaban llenas de adornos de miedo y los niños corrían por ellas con sus disfraces. Como Víctor y Verónica todavía no habían elegido disfraz, se fueron deprisa con sus papás a la tienda de alquiler. Iban por las calles, con las hojas caídas crujiendo bajo sus pies, hasta que llegaron a la primera tienda. Pero estaba cerrada. Y hasta la tienda donde vendían disfraces estaba cerrada ese día.
—Me parece que hoy no vamos a conseguir nada —dijo Verónica muy triste, y se colocó bien el gorrito. Pero mamá la animó: —Conozco otra tienda. Es de un viejo conocido nuestro, el señor Alberto. Vamos a mirar allí —les dijo mamá con una sonrisa. Y allá que fueron, hasta que llegaron a una tiendecita escondida en un callejón, en una esquina de la plaza. En el escaparate vieron una fila de disfraces que daban miedo de verdad. Pero cada uno era distinto: había un Hulk verde terrorífico, una bruja, y hasta un disfraz que parecía un vampiro de verdad. Tampoco faltaban disfraces graciosos y alegres, como una calabaza naranja muy simpática, un unicornio rosa o un robot.
Desde detrás del mostrador, el dueño, el señor Alberto, sonreía con cariño a sus clientes mientras veía con qué ilusión miraban cada disfraz. —Todos los he hecho yo mismo —les contó el señor Alberto. Los niños admiraban sin poder creérselo cada una de sus obras. —¿Necesitáis ayuda? —preguntó, cuando Víctor se puso el disfraz de vampiro y Verónica el de calabaza. Estaban muy graciosos, pero no era eso lo que buscaban.
—Nos gustaría un disfraz súper especial. Algo que vaya con nosotros —le explicó papá al dueño con una sonrisa. —Mmm —se quedó pensando el señor Alberto—, pues algo sí que tendría para vosotros. Algo que va con vosotros —dijo al fin, y llevó a la familia a la trastienda.
—A ti te encantan las princesas. Así que tú vas a ser esta princesa —dijo, y le dio a Verónica un vestido rosa y una máscara. Verónica miró asombrada al anciano. ¿Cómo lo habría adivinado?
—Y tú, Víctor, a ti te encantan los monstruos, así que para ti he elegido el disfraz de este monstruo. Vais a ser como la Bella y la Bestia —sonrió el señor Alberto, y le dio al niño el disfraz para que se cambiara. —Y para ustedes, queridos papás, tengo algo especial —añadió el dueño de la tienda, y les dio sus disfraces. Mamá iba disfrazada de doctora terrorífica, y papá, de pirata. Y les iba como anillo al dedo: mamá era médica de verdad, y a papá le encantaban las historias de piratas desde que era pequeño.
Los niños no se podían creer que el señor Alberto lo hubiera adivinado todo. —Pero ¿cómo lo sabía? —le preguntaron los niños. —Es mi pequeña magia. En Halloween siempre sé qué disfraz darle a cada uno. Nosotros lo sabemos todo —les guiñó un ojo el señor Alberto, y sonrió a los papás. Cuando volvían a casa por la noche, la fiesta ya estaba en pleno apogeo. Los niños todavía no se creían que el señor Alberto hubiera acertado con todos los disfraces. Bueno, a lo mejor había algo de magia en todo aquello. Quién sabe si se lo contaron los papás… Eso ya depende de nosotros, de si creemos en la magia o no.
Y así, la familia salió a pedir caramelos en Halloween y celebró la fiesta con los vecinos. Los niños no ganaron el premio al mejor disfraz, pero sabían que había sido el disfraz el que los había elegido a ellos, aunque no supieran cómo. Y al terminar la fiesta, la familia fue a recordar con cariño y respeto a los que ya no están con nosotros, y les encendieron a todos unas velas preciosas que iluminaron el pueblo como nunca antes.
Cuentos cortos Cuentos para preescolar Cuentos sobre niños




¿Qué te pareció el cuento?