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Halloween en nuestro cole – cuento infantil

Cuentos para dormir

Halloween en nuestro cole

En el cole de la calle de las Frambuesas iban a celebrar Halloween muy pronto. Y eso quería decir que todo el cole se había vestido de miedo. ¡Y una niña que se llamaba Sara no podía esperar más! Tenía muchísimas ganas de la fiesta de su clase, donde ella y sus compañeros se iban a disfrazar de fantasmas y de monstruos terroríficos.

Pero no se le ocurría de qué fantasmita disfrazarse. Lo que más ilusión le hacía eran las golosinas de miedo, las chuches con forma de serpiente o de araña y los cuentos que les contaba la seño.

¡Halloween era ese mismo viernes! Eran finales de octubre y, además de las hojas de colores caídas en el patio, todo el cole estaba decorado con calabazas talladas y fantasmas de papel que los niños habían hecho con las maestras. La clase de 3.º B estaba llena de fantasmas de papel y de telarañas hechas con cortinas viejas. Pero lo que más miedo daba eran las arañas negras que habían hecho. ¡Con sus ocho patas y su barrigota! ¡Uy, qué miedo daban! «Pero si solo son de papel pinocho y las patas son limpiapipas negros», pensaba Sara. Y por fin, la niña del pelo castaño se decidió. ¡El viernes iría de bruja! Es que se había pasado todo el fin de semana, después de hacer los deberes, viendo las películas de Harry Potter.

Sonó el despertador de Sara y saltó de la cama. —¡Hoy es Halloween! —gritó emocionada. Se lavó, se puso un vestido negro lleno de telarañas y en la cabeza un sombrero de bruja. ¡Luego mamá la maquilló como una bruja de verdad! Y, claro, no podían faltar la escoba y la varita. Papá le preparó unas tortitas con forma de calabaza. —¡Huy, qué susto me has dado! —se rio el papá de Sara al verla, y le dio las tortitas. A la niña le hizo mucha gracia; se las comió todas y se fue al cole. Ese día solo tendrían dos horas de clase. ¡Y luego, a la fiesta! En el cole no había niños estudiando, ¡sino monstruos y fantasmas de verdad! Había brujas, esqueletitos, fantasmas, calabazas ¡y hasta un lobo! De pronto, los niños empezaron a discutir sobre quién tenía el mejor disfraz.

—¡El mejor es el mío, que soy un lobo terrible! —dijo Berto burlón. —¡No, el mío! —gritó Sara, y señaló su varita. Y se fueron sumando más y más compañeros. Y justo entonces se apagó la luz de la clase, y solo quedaron encendidos unos farolillos colgados junto a las telarañas. —¿Qu-qué ha sido eso? —le preguntó Sara asustada a su compañero Berto. Él solo negó con la cabeza, sin poder creérselo. —¡Tengo miedo! —gritó su compañera Elena. Los niños se apretujaron unos contra otros y se dieron la mano. Temblaban de miedo.

—¡No está bien discutir! —tronó de repente una voz terrible desde el rincón, junto a la puerta—. ¡Todos tenéis un disfraz precioso! Los niños se abrazaron más fuerte que nunca. —¡Prometemos que no vamos a discutir más! —dijeron todos a la vez.

Y de allí salió la seño, vestida de bruja. ¡Qué pinta tan terrible tenía, y qué vozarrón! Llevaba en las manos una bandeja llena de dulces de miedo y una sonrisa en la cara. Los niños se echaron a reír: —¡Seño, qué susto nos has dado! —gritaron, y se lanzaron a por los dulces y el zumo de fresa. Mientras merendaban, la seño les explicó de dónde viene Halloween y cuál es su historia. Y luego empezó lo mejor: ¡la disco! Y ya nadie volvió a discutir sobre quién tenía el mejor disfraz. Todos bailaron juntos y se lo pasaron en grande.

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