
Cuentos para dormir
El granjero avaricioso y la semilla de calabaza
Cerca de un pueblecito había una aldea pequeña donde vivían dos granjeros. Uno de ellos era muy pobre, pero lo daba todo por los demás. Aunque tenía poquito de todo, compartía hasta ese poquito. El otro granjero, el rico, era justo lo contrario.
Tenía, eso sí, una granja preciosa y elegante, que iba viento en popa, pero jamás ayudó a nadie que lo necesitara. En la aldea, y también en el pueblecito de al lado, todos sabían que era un avaricioso.
Un día, el granjero pobre vio en su huerto un pajarito que se había caído del nido y se había roto un ala. No se lo pensó dos veces y se lo llevó a casa. Le vendó el alita herida, le dio de comer y jugó con él. En cuanto el pajarito se curó, le deseó mucha suerte y lo dejó volver a volar por el mundo.
El pajarito voló a su nido y volvió con una semilla para el buen granjero, que la plantó enseguida. A los pocos días ya podía recoger las calabazas que habían crecido de aquella semilla. Cuando su mujer quiso hacer una sopa con una de ellas para la comida, descubrió que la calabaza estaba llena de monedas de oro. El granjero salió corriendo y repartió las monedas por todo el vecindario, a todos los que las necesitaban.
El granjero avaricioso se fijó en todo aquello. Se puso rojo de envidia, así que fue al nido y, a propósito, hirió al pajarito para poder curarlo después. Lo cuidó igual que lo había cuidado el granjero pobre. Pero claro, el pajarito no habría tenido que sufrir nada si él no le hubiera hecho daño adrede. Cuando el pajarito se curó, pensó que aquel granjero no se merecía ninguna semilla. Pero el granjero se la exigía. Así que el pajarito se quedó pensando y decidió regalarle una semilla, sí. Solo que era una semilla distinta.
Cuando el granjero avaricioso la sembró en su huerto, creció un tallo tan alto que llegaba hasta las nubes. Pero no tenía ni una sola calabaza. El granjero le dio vueltas y vueltas, y al final pensó que las calabazas seguro que crecían allá arriba, en las nubes, donde llegaba el tallo. No le quedó más remedio que trepar por la planta hasta más allá de las nubes.
Trepó y trepó, hasta que llegó a la mismísima luna. Pero en cuanto puso el pie en ella, el tallo empezó a marchitarse y se cayó al suelo. Ya no había forma de volver. El granjero avaricioso se quedó atrapado en la luna, y allí, al cabo de un tiempo, se dio cuenta de que allí arriba toda su riqueza no le servía de nada y prometió que, a partir de entonces, sería más humilde y más amable con los demás. Entonces las nubes se abrieron y apareció una escalera, y por ella el granjero pudo bajar a la tierra.
Después de aquella aventura, el granjero rico y avaricioso cambió muchísimo. Regaló una parte de su riqueza a los pobres y se hizo amigo del granjero pobre. Desde entonces se daban consejos el uno al otro, y no solo sobre cómo cultivar la fruta y la verdura de sus granjas.
Cuentos cortos Cuentos para primaria




¿Qué te pareció el cuento?