Junto al ancho río, en el borde del bosque, vivían los indios. Por la mañana, la niebla se alzaba de la hierba del bosque y el aire olía a humo de las hogueras apagadas, que durante toda la noche habían dado calor a toda la gente de la tribu. Allí tenían sus casas, sus familias y sus animales. Cada uno de los indios tenía dos nombres: uno se lo daban sus padres nada más nacer y el otro lo recibía del chamán de la tribu después de cumplir ocho años. Y ese nombre reflejaba lo que al indio le gustaba hacer, en lo que era bueno y cómo era verdaderamente.
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