A Adam le gustaba ir a la casa de campo de su abuela durante las vacaciones. A veces ayudaba a su abuela en el jardín recogiendo frambuesas o regando las flores; por la tarde corría al aire libre, por el bosque y por los prados cercanos, y al anochecer se sentaba con ella en la pérgola, desde donde tenían unas vistas preciosas del bosque.
Seguir leyendoMartin K.
La familia de erizos busca un hogar
El otoño fue adentrándose poco a poco en el bosque, en silencio, pero ya no cabía duda de su fuerza. Por la mañana, la niebla flotaba sobre el musgo, el rocío brillaba en la hierba y el viento jugaba con las hojas de colores. El sol ya solo calentaba por poco tiempo y todos los animalitos sabían que había llegado la hora de prepararse para el invierno.
Seguir leyendoCómo Adélka recibió su nombre indio
Junto al ancho río, en el borde del bosque, vivían los indios. Por la mañana, la niebla se alzaba de la hierba del bosque y el aire olía a humo de las hogueras apagadas, que durante toda la noche habían dado calor a toda la gente de la tribu. Allí tenían sus casas, sus familias y sus animales. Cada uno de los indios tenía dos nombres: uno se lo daban sus padres nada más nacer y el otro lo recibía del chamán de la tribu después de cumplir ocho años. Y ese nombre reflejaba lo que al indio le gustaba hacer, en lo que era bueno y cómo era verdaderamente.
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