Cómo la ratoncita quiso cambiar de color

En un bosque vivía una pequeña ratoncita gris. A la ratoncita le gustaban mucho los colores, le encantaban las flores, pero lo que más le gustaban eran los pájaros. Sus favoritos eran los petirrojos.

Ellos tenían unas plumas rojas preciosas. La ratoncita se las envidiaba mucho. Ella era solo gris, y ese es un color bastante común. Deseaba muchísimo tener también un pelaje tan rojo como las plumas de los petirrojos.

Historias para dormir - Cómo la ratoncita quiso cambiar de color
Cómo la ratoncita quiso cambiar de color

Así que fue a ver a la lechuza sabia.

“Lechuza sabia, me gustaría ser roja como los pájaros. Dime, ¿dónde puedo encontrar un color así para teñir mi pelaje?», preguntó la ratoncita.

“Ratona, tu pelaje es bonito. Cada uno de nosotros es como es, y eso siempre es por una buena razón», respondió la sabia lechuza.

Pero esa no es la respuesta que la ratoncita quería escuchar.

“Quiero ser roja. Y haré lo que sea para poder teñir mi pelaje», decía la ratoncita.

“Está bien. Intenta preguntarle a la urraca. Ella vuela cerca de las personas, tiene el nido lleno de cosas; quizá alguna de ellas pueda ayudarte», le aconsejó finalmente la lechuza y se quedó dormida.

La ratoncita llegó hasta el árbol donde vivía la urraca.

—Urraca, por favor, asómate. ¿No tienes algo que pueda cambiar el color de mi sencillo pelaje gris? —llamó la ratoncita.

La urraca se asomó desde el nido y negó con la cabeza.

—No, aquí solo tengo adornos. Si quisieras un anillo o un pendiente, eso sí tendría. Pero nada de mis tesoros puede cambiar el color de tu pelaje. Pero he escuchado entre las personas un cuento sobre nueces mágicas. Prueba a preguntarle a la ardilla si conoce alguna.

La ratoncita le dio las gracias y corrió hacia la ardilla.

“Ardilla, ardilla, ¿no tienes una nuez mágica? No quiero ser una ratoncita gris y corriente, quiero ser una ratoncita roja”.

Pero, ratoncita —dijo la ardilla—, las nueces mágicas solo existen en los cuentos. No pueden cambiarte el color del pelaje. Si te viera un azor…

El azor me ayudará, eso es. ¡Adiós y gracias! —interrumpió la ratoncita a la ardilla y ya salía corriendo a buscar al azor.

—Espera, ratoncita, no vayas por ahí —le llamó la ardilla, pero la ratoncita ya estaba lejos y no escuchó su llamado.

La ratoncita llegó corriendo al camino junto al campo y miró al cielo. Entonces vio a un azor que volaba orgulloso por el aire.

—¡Azor! ¡Azor! Yo quisiera ser roja —gritó la ratoncita.

—Vaya, la cena —exclamó el azor, y quiso atrapar a la ratoncita para comérsela.

La ratoncita se dio cuenta de que el azor no quería ayudarla, sino que quería comérsela, así que saltó al polvo del camino y se agazapó. El azor la pasó de largo porque ya no la veía. El pelaje de la ratoncita era tan gris como el sendero junto al campo. El azor entonces se fue volando a casa sin nada.

La ratoncita corrió a su agujero. De camino se encontró con la lechuza.

—¿Y bien, ratoncita, ya has averiguado cómo cambiar el color de tu pelaje? —preguntó la lechuza.

—No lo he averiguado. Pero ya no quiero ser roja. Me alegro de ser como soy. Tenías razón, lechuza. Hoy mi pelaje gris me ha salvado la vida. Si fuera roja, no habría podido esconderme del azor.

“Muy bien, ratoncita. Cada uno somos como la naturaleza nos ha creado. Y lo hizo así por una buena razón», felicitó la lechuza a la ratoncita y volvió a dormirse en su rama favorita.

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