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Historias para dormir - Cómo la ratoncita quiso cambiar de color

Cuentos para dormir

Cómo la ratoncita quiso cambiar de color

En un bosque vivía una ratoncita gris muy pequeñita. A la ratoncita le encantaban los colores; le gustaban mucho las flores, pero lo que más le gustaba eran los pájaros. Sus preferidos eran los petirrojos.

¡Tenían unas plumitas rojas tan bonitas en el pecho! A la ratoncita le daban mucha envidia. Ella era gris y nada más, y el gris es un color de lo más corriente. ¡Cuánto le habría gustado tener el pelo tan rojo como las plumas de los petirrojos!

Así que se fue a ver a la sabia lechuza.

—Lechuza sabia, me gustaría ser roja como los pájaros. Dime, ¿dónde puedo encontrar un color así para teñirme el pelo? —le preguntó la ratoncita.

—Ratoncita, tu pelo es muy bonito. Cada uno es como es, y siempre hay una buena razón para ello —le contestó la sabia lechuza.

Pero eso no era lo que la ratoncita quería oír.

—Yo quiero ser roja. Y haré lo que haga falta para teñirme el pelo —insistía la ratoncita.

—Bueno, está bien. Prueba a preguntarle a la urraca. Ella vuela cerca de las personas y tiene el nido lleno de cosas; a lo mejor alguna te sirve —le aconsejó por fin la lechuza, y se quedó dormida.

La ratoncita llegó al árbol donde vivía la urraca.

—¡Urraca, asómate, porfa! ¿No tendrás algo que pueda cambiar el color de mi pelito gris de siempre? —la llamó la ratoncita.

La urraca se asomó por el borde del nido y negó con la cabeza.

—Qué va. Aquí solo tengo adornos. Si quisieras un anillo o un pendiente, eso sí que te lo podría dar. Pero ninguno de mis tesoros te puede cambiar el color del pelo. Eso sí, una vez oí contar a la gente un cuento sobre unas nueces mágicas. Pregúntale a la ardilla, a ver si sabe algo.

La ratoncita le dio las gracias y se fue corriendo a ver a la ardilla.

—Ardilla, ardilla, ¿no tienes una nuez mágica? No quiero ser una ratoncita gris y corriente, quiero ser una ratoncita roja.

—Pero, ratoncita —le dijo la ardilla—, las nueces mágicas solo existen en los cuentos. No te van a cambiar el color del pelo. Y si te viera un azor…

—¡Eso es, el azor me ayudará! ¡Adiós y gracias! —la cortó la ratoncita, y salió corriendo a buscar al azor.

—¡Espera, ratoncita, no vayas! —le gritó la ardilla, pero la ratoncita ya estaba lejos y no la oyó.

La ratoncita llegó corriendo al camino que bordeaba el campo y miró al cielo. Allí vio a un azor que planeaba orgulloso por el aire.

—¡Azor! ¡Azor! ¡Que yo quiero ser roja! —gritó la ratoncita.

—¡Anda, la cena! —exclamó el azor, y se lanzó a por la ratoncita para comérsela.

La ratoncita se dio cuenta de que el azor no quería ayudarla, sino comérsela, así que saltó al polvo del camino y se hizo una bolita. El azor pasó de largo, porque ya no la veía: su pelito gris era del mismo color que el camino. Así que el azor se volvió a casa con las garras vacías.

La ratoncita volvió corriendo a su agujero. Por el camino se encontró con la lechuza.

—¿Qué tal, ratoncita? ¿Ya sabes cómo cambiar el color de tu pelo? —le preguntó la lechuza.

—No. Pero ya no quiero ser roja. Me alegro de ser como soy. Tenías razón, lechuza. Hoy mi pelo gris me ha salvado la vida. Si hubiera sido roja, el azor me habría visto enseguida.

—Muy bien, ratoncita. Cada uno es como la naturaleza lo ha hecho, y lo hizo así por una buena razón —le dijo la lechuza, muy contenta, y se volvió a dormir en su rama preferida.

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1 comentario

  1. Estefi

    Hermoso! Gracias ☺️

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