
Cuentos para dormir
Sobre el amuleto mágico
En un reino muy lejano gobernaba un rey sabio. Tenía también una reina sabia que siempre le daba buenos consejos, y por eso a la gente de aquel reino le iba muy bien. Pero un día el rey pensó que ya era hora de dejarle el trono a su hijo, el príncipe Valiente.
El príncipe quería casarse con una princesa, pero no sabía con cuál. Y el rey tampoco sabía qué aconsejarle, así que decidió ir a pedirle consejo a un viejo mago.
El mago era ya viejísimo y su cabaña estaba cubierta de musgo. Además, estaba un poco sordo, así que el rey, por si acaso, aporreó la puerta con el puño para que lo oyera. La puerta, vieja y gastada, chirrió… y se cayó al suelo, levantando una nube de polvo.
—Perdone —se disculpó el rey, y empezó a arreglar la puerta.
—No pasa nada, majestad. ¿Qué le trae por aquí? —preguntó el mago.
—Verá, necesito que mi hijo sea un buen rey.
—Sí, sí… ¿Que se le ha perdido un buey? —repitió mal el mago, que estaba algo sordo.
—¡Que no! Que mi hijo va a reinar —probó el rey de otra manera.
—Sí, sí… ¿Que se le ha olvidado peinar?
—¡Que no! —el rey se llevó las manos a la cabeza y se tiró de los pelos, desesperado—. Mi hijo es príncipe. Y le voy a dar la corona.
—Sí, sí, ya lo dice el refrán: aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
—¡Que no! ¿Y si mejor se lo escribo en un papel? —preguntó el rey.
—¿Qué decía la abeja de la miel? —preguntó el mago, mirando al rey con el ceño fruncido.
Al rey ya se le había acabado la paciencia. Cogió un papel y una pluma y se puso a escribir. El mago lo leyó, sonrió y dijo: —Ya sé cómo te voy a ayudar: a la princesa buena vas a encontrar, y para eso algo te voy a dar.
—Pues venga, habla —le apremió el rey.
—Este collar te ayudará a descubrir cuál es la buena. ¿Ves? En la punta lleva un colgante mágico con forma de corazón. Ahora parece un cristal normal y corriente. Pero si se lo pone la elegida del príncipe, brillará de color rojo. ¡Ay, pero si se lo pone alguien con malas intenciones! Entonces se pondrá blanco y empezará a arder.
El rey no salió de casa del mago hasta la mañana siguiente. La conversación había sido larguísima, pero a cambio se llevó un collar mágico. De momento parecía de lo más normal, pero al día siguiente había un baile y allí el rey podría comprobar si la joya era mágica de verdad.
Al día siguiente se celebró el baile. El príncipe Valiente se fijaba con atención en cada una de las princesas. Todas eran guapas, eso sí, pero ninguna le gustaba tanto como para pedirle la mano. Aun así, decidió ponerlas a prueba a todas.
Primero, el príncipe se acercó a la princesa del vestido dorado. Llevaba tantas joyas de oro que brillaba más que un árbol de Navidad. El príncipe le preguntó: —Princesa, ¿qué es lo que más le gusta en el mundo?
—El oro. Me encanta el oro y quiero tener todavía más. Queda precioso y con él se consigue todo lo que a una se le antoje —respondió ella.
—Pero, querida princesa, el oro no se come. Y tampoco da la felicidad —dijo el príncipe. Negó con la cabeza y se fue a ver a la siguiente princesa.
La segunda princesa parecía que se había olvidado de vestirse para el baile. Llegó toda sucia, con el vestido lleno de pelos y con paja asomándole por el pelo.
—Princesa, ¿qué es lo que más le gusta de todo?
—Mi manada de perros salvajes —dijo la princesa—. Siempre estoy con ellos y vivo con ellos como un perro más. Y sé que ellos también me quieren.
El príncipe Valiente suspiró: —Así que esta princesa quiere más a los perros que a las personas. A mí tampoco me querría más que a ellos.
La tercera princesa llegó vestida toda de negro. Iba con la nariz tan levantada que casi tocaba el techo, de lo creída que era.
—¿Y a usted, princesa, qué es lo que más le gusta en el mundo?
—Usted, príncipe, y todo su reino —respondió con total sinceridad.
—Qué amable. ¿Y qué cree que es lo que más necesita nuestro pueblo? —siguió preguntando el príncipe.
—Mano dura. Que paguen sus impuestos. Y que sirvan a su señora y le tengan miedo, porque si no, los castigará con sus hechizos.
El príncipe solo negó con la cabeza, y a la princesa eso le sentó fatal.
—¿Así que me rechaza? Pues le va a salir caro. ¡Me vengaré! —dijo la princesa, furiosa, y se marchó del baile hecha una fiera.
La última princesa no se parecía en nada a las anteriores. Parecía sencilla, sabia y amable. Pero el príncipe quiso ponerla a prueba también a ella.
—¿Qué es lo que más le gusta en el mundo, princesa?
—El cariño y la comprensión, hacia las personas y hacia la naturaleza —respondió con dulzura.
El príncipe sonrió y asintió. Esa era la señal para que el rey le pusiera el collar. El colgante en forma de corazón se iluminó de rojo. ¡Esa era la princesa buena! El rey mandó preparar la boda en ese mismo momento.
La princesa le devolvió el collar al rey y, mientras el rey y el príncipe preparaban la boda, dijo que iba a dar un paseo por el jardín para ver las plantas. Pero cuando volvió, estaba completamente cambiada. De repente quería que la boda fuera esa misma noche, y la naturaleza ya no le importaba lo más mínimo. Quería ver el mapa para saber lo grande que era el reino y cuánto oro guardaba el rey en la cámara del tesoro.
—Padre, esta no es ella —dijo el príncipe.
—A mí también me da mala espina —asintió el rey. Cogió el collar y fue a ver a la princesa—: Princesa Jazmín, sería un honor para mí que se pusiera este collar en la boda de hoy.
—No, gracias, majestad, no pega con mi vestido —contestó la princesa.
—Es que en nuestra familia es tradición —se inventó el rey.
—Lo siento, pero no. No lo quiero —dijo con firmeza.
Pero el rey no se dio por vencido. Cuando la princesa estaba despistada, se le acercó por detrás y le abrochó el collar sin más. En ese momento, el colgante se puso blanco, empezó a arder y a echar humo. La maldad que llevaba dentro aquella mujer derritió el colgante hasta dejarlo hecho papilla. Y el humo mostró el verdadero aspecto de la falsa princesa: ¡era la bruja vestida de negro!
—Con permiso —dijo el viejo mago, que estaba invitado a la boda. Apartó al rey y le lanzó un hechizo a la malvada princesa.
La malvada princesa se convirtió en piedra. Una piedra negra como la noche y tan pesada como las malas acciones y las malas intenciones de aquella bruja. El rey mandó tirarla al lago más profundo del reino, y el lago también se volvió negro.
¿Y dónde estaba la princesa de verdad? La pobre princesa Jazmín estaba tumbada en el jardín, dormida. Bastaron unas gotas de agua para que se despertara. Y la boda pudo seguir adelante con la princesa de verdad.
Y así el reino tuvo un nuevo rey sabio y una nueva reina sabia. El viejo rey estaba tan orgulloso de haber elegido a la princesa buena que mandó pintar en la pared del salón del trono toda la historia, para que todo el que visitara el castillo viera que las malas acciones siempre se descubren y reciben su merecido.
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