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El gallo que no sabía cantar – cuento para dormir

Cuentos para dormir

El gallo que no sabía cantar

Dita T.16 de julio de 20265 min de lecturapara preescolar

Un granjero tenía una granja muy grande y tantos animales que se pasaba el día corriendo de uno a otro para cuidarlos bien a todos. Pero le faltaba un gallo.

«Pues sí, alguien tendría que vigilar a las gallinitas. Y además —pensó el granjero—, el gallo me despertará por las mañanas. Así nunca me quedaré dormido».

Fue a la ciudad y compró el gallo más bonito y más grande que tenían. Lo soltó en el corral y ya se veía levantándose tempranito con su quiquiriquí. Un gallo tan bonito seguro que tendría una voz potente y bien sonora.

Pero por la mañana no se oyó nada. El granjero no se levantó hasta casi la hora de comer y se enfadó mucho. Enseguida fue corriendo a regañar al gallo.

—¿Un gallo tan caro y tan guapo, y no canta? Mañana por la mañana más te vale cantar, o te llevo de vuelta a la ciudad.

El gallo se asustó. No quería volver, le gustaba mucho el corral del granjero. Tenía que hacerse oír por la mañana, eso le habían dicho. Pero el gallo no sabía cómo se hacía eso. Escuchó los ruidos a su alrededor y se le ocurrió una idea.

En cuanto el sol asomó por el horizonte, al granjero lo despertaron unos fuertes ladridos. El granjero se asustó, pensando que habían venido ladrones. En pijama y descalzo saltó de la cama y corrió al corral. Se quedó muy extrañado al no ver a nadie por ninguna parte. Ni siquiera al perro que ladraba tanto. Miró hacia la valla, de donde venían los ladridos. Casi se le cae la mandíbula al suelo. ¡Era el gallo el que ladraba! ¡No podía ser!

—¡Gallo! ¡Tú no eres un perro! ¡Los gallos no ladran! —le gritó el granjero, y se volvió a casa. El gallo se calló. Se pasó todo el día paseando triste por el corral. ¿Cómo iba a anunciar la mañana al día siguiente? En el granero, por fin se le ocurrió algo. Y como no le salía muy bien del pico, decidió ensayarlo por la noche.

El granjero dormía como un tronco. Pero de pronto lo despertó un chillido. ¡Ratones! ¡No! ¡Les tenía pánico! De repente el granjero estaba completamente despierto. Se subió de un salto a la cama, se abrazó a sí mismo y miró a todos lados buscando por dónde correteaban los ratones. Como el chillido no paraba, enseguida adivinó quién hacía ese ruido tan loco. Salió corriendo al gallinero.

—¡Gallo! ¡De noche no se canta! ¡Y además, eso no es cantar!

El gallo se quedó muy disgustado. Si eso tampoco era cantar, entonces ¿qué era? Se pasó el día dándole vueltas y mirando al granjero, cansadísimo, que traía con el tractor balas de paja. Y se le ocurrió otra idea estupenda. Esta vez lo haría bien, se prometió.

Esa mañana, en cuanto apareció el primer rayo de sol, se oyó el rugido de un tractor. El granjero justo se estaba lavando los dientes. Al oír el tractor, se asustó pensando que algún ladrón se lo estaba robando. Salió corriendo con el cepillo de dientes en la boca, pero el tractor estaba en el garaje. ¡Esto ya era el colmo! ¿Un gallo que ruge como un tractor? ¿Pero qué es esto?

De repente, al granjero se le encendió la bombilla. A lo mejor fue el sol, que en ese momento subía al cielo. Cuando llegó junto al gallo, este ya esperaba que el granjero volviera a enfadarse con él. Pero esta vez el granjero lo acarició y le dijo: —Gallo, ¿es que nadie te ha enseñado a cantar?

El gallo negó con la cabeza y gruñó como un cerdo. El granjero se echó a reír.

—Pues escucha cómo se hace. —El granjero tomó aire y se puso a cantar para todo el pueblo—: ¡Quiquiriquí! ¡Quiquiriquí! ¡Quiquiriquí!

Los vecinos y las vecinas empezaron a acercarse a su valla para ver qué gallo cantaba tan de maravilla. Tenía que ser un gallo de una raza muy rara. Pero en lugar de un gallo, vieron al granjero sentado en la valla, en pijama y con el cepillo de dientes en la mano, cantando a pleno pulmón. La gente se reía, la gente se asombraba y pensaba que el granjero se había vuelto loco. Pero el granjero no les hizo caso, porque sabía que lo que estaba haciendo estaba bien hecho.

A la mañana siguiente se vio que tenía razón. En cuanto el sol asomó por el horizonte, se oyó un fuerte «¡Quiquiriquí!» que despertó a todo el pueblo. La gente volvió a acercarse para ver por qué el granjero cantaba tan temprano, pero esta vez sí que era el gallo. Se pavoneaba orgulloso en la valla y cantaba sin parar. ¡Y cómo no! Estaba contentísimo porque el buen granjero le había enseñado.

16 de julio de 2026

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