
Cuentos para dormir
El topo Leo, que estaba triste
En un prado precioso había una granja. Y en aquella granja tan grande vivían el granjero y sus animalitos. Allí podías encontrarte caballitos pequeños, cerditos rosas y alegres, gallinitas que cacareaban y conejitos grises que saltaban.
También vivía allí un topo dormilón que se llamaba Leo. Cada día los animalitos de la granja saltaban juntos, jugaban al escondite o cantaban canciones. El granjero los quería mucho y le alegraba ver lo bien que se llevaban y lo mucho que jugaban juntos. Bueno, todos menos el topo Leo. Porque el topo Leo dormía de día.
Leo era muy dormilón, sobre todo de día. Muchas veces soñaba que él también jugaba con los demás animalitos fuera, al sol. Esperaba que algún día se hiciera realidad. Pero que Leo tuviera tanto sueño de día tenía su motivo. De día le dolían mucho los ojitos, sobre todo cuando brillaba el sol. Y por eso muchas veces estaba triste. Cuando Leo estaba despierto por la noche, se aburría, porque sus amigos animales dormían, y no podía ni charlar ni jugar con ellos. A veces se ponían a hablar con él por la noche, pero luego se quedaban dormidos de cansancio.
Una mañana, cuando los pajaritos ya cantaban alegres en el tejado de la casa del granjero y el sol asomaba por detrás de los arbolitos anunciando que llegaba el día, Leo volvió a acostarse en su camita, en su casita. Se tumbó despacito y susurró con tristeza: —Ay, ay, ¿por qué no puedo jugar yo también de día? ¿Por qué me duelen los ojitos? Ojalá no me dolieran —dijo triste, y poco a poco se fue al mundo de los sueños. Cuando se durmió, tuvo un sueño precioso en el que jugaba con los demás animalitos en el patio. ¡Y de pronto lo despertó un ruido tremendo! «¡Pum, pum!», se oía no se sabía dónde… Como si algo golpeara su casita.
—¿Qué es eso? ¿Qué pasa? —gritó el topo Leo medio dormido. Se asomó con cuidado desde su escondite y vio que era solo una lechuza que, en el árbol de al lado, se estaba construyendo su casita, su nidito.
—Hola, soy Leo —se presentó el topo con los ojos entornados. El sol le molestaba mucho. La lechuza se dio la vuelta y respondió: —Hola, soy tu nueva vecina y me llamo Lucía. A ti sí que no te había visto nunca por aquí —dijo la lechucita. Lucía era una lechuza muy lista, tan lista que ¡sabía leer! Por eso le encantaba leer libros y ya había leído muchísimos. Así que el topito le contó su problema. Le dijo que estaba triste porque no tenía con quién jugar: todos los animalitos del patio dormían cuando él estaba despierto, y jugaban cuando él dormía. La lechuza pensó y pensó cómo ayudar al pequeño Leo. Le daba pena que estuviera triste. Así que se pasaba los días leyendo y pensando cómo podía ayudar a su nuevo amigo. Hasta les pidió consejo a otros animalitos, como las gallinitas o los conejitos. Pero ellos solo negaban con la cabeza; no lo sabían.
¡Y de repente se le ocurrió una idea estupenda! —¡Leo, Leo! —llamaba al topo una noche de verano, cuando la lunita ya brillaba en el cielo y las estrellas centelleaban como chispitas sobre una hoguera. El topo salió corriendo de su casita, lleno de energía después de dormir todo el día, y la lechuza ya lo esperaba en una ramita con un libro entre las garras. —¡Te voy a leer cada noche! —dijo la lechuza Lucía. Leo se puso contentísimo: —¡Bieeen, ya no estaré solo y no me aburriré!
¿Y por qué es así? Pues porque la lechuza también es un animal nocturno, y además muy sabio. Sabe que ningún animalito debería estar solo, y menos aún triste. Porque todo el mundo necesita un amigo. Y así, de día el topo y la lechucita dormían, y por la noche leían juntos historias emocionantes, y a veces a sus cuentos nocturnos se unían también los demás animalitos curiosos de la granja.
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